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Los rostros perdidos

Por Hermann Bellinghausen

— Un año enmascarados en público. Definitivamente las calles no son lo que eran. Se redujeron los márgenes para la sutileza, la improvisación, el riesgo, la diversión, el hedonismo, la seducción, el humor. En cambio se ampliaron los límites de lo que es acoso, lo que es vil antojo, pues con la sana distancia las fronteras interpersonales están a metro y medio o son una agresión que podemos denunciar.

Las reglas rifan diferente en el transporte público, ahí sí el hacinamiento está de vuelta en la multitud enmascarada que batalla por sustituir el Metro por camionetas para traslado de policías o en autobuses y metrobuses como latas de sardinas. Sorry, se nos quemó un fusible. Las fiestas están más o menos prohibidas pero ocurren. Pues total, si en los transportes, los centros de trabajo y los mercados las leyes de la gravedad dominan sobre las necesidades preventivas, qué más da mezclarse y revolverse en un huateque entre desconocidos. Mientras, los dados siguen rodando.

Empezaron los fríos que predisponen a la bufanda y el abrigo. ¿Dónde quedaron los rostros? ¿La portentosa multitud de rostros irrepetibles que cada día nos deparaban las calles y los espacios de la ciudad? Éramos una enciclopedia de rostros, nos leíamos unos a otros, nos guiñábamos, nos ignorábamos, nos interpelábamos peatonalmente. Veíamos cientos de rostros en un día. Y muchas decenas de ellos eran nuestros conocidos y conocidas, familiares o nuestra gente, los colegas, las rutinas extramuros.

En ese concierto de rostros transcurríamos, con un desapego poco común en otras grandes ciudades del mundo. La Ciudad de México era muy flexible para checarse un segundo unos a otros sin necesidad del reojo al abordar el vagón o cruzar almacenes y avenidas, saludarse en el tianguis, apelotonarse a ver a los payasos en las explanadas o comer tacos en todas sus manifestaciones culinarias. Qué decir de los bares, las cantinas. O las escuelas desde chiquitos, verdadero surtidor de rostros, caras, ojos y gestos con los que construimos nuestros sueños y navegamos vigilias. Un salón de clase es un museo de rostros, eso lo sabían todos los maestros: que los niños acumulaban ya su colección de rostros con nombre y apellido. Pero poco a poco lo están olvidando, acostumbrados al minimalismo humano en línea, inodoro e insípido, a salvo de proximidades contagiosas.

Si las presencias tienen un aura, un aliento común, como intuía Broch, un lugar en la respiración, y si poseen rostros y voces propias que emiten luz o sombra, desdén o miedo, curiosidad, sorpresa, agrado o su contrario, entonces en la ausencia pandémica hemos perdido las auras de los otros, a cambio de la futilidad y el sopor de las videoconferencias.

Como tantas otras funciones del cuerpo social, tomará tiempo recuperarlas. Muchas ya no las recuperaremos, se habrán ido en la ausencia, en el largo periodo de cubrebocas y caretas de vinilo translúcido sin jolgorios ni velorios. El pasamontañas, aprendimos de los zapatistas de Chiapas, subraya los ojos, los ilumina. En cambio el fastidio de los cubrebocas, aún si agarran estilo artesanal o de comic, difumina los ojos y difícilmente los podremos recordar si lo intentamos.

Qué lejos aquel museo de caras y rostros, reducidos a snap shots de transmisión instantánea y videos donde aprendemos que la cara desnuda de la gente sin casco ni mascarilla está pixelada, sus ojos son grises y la voz les resuena como dentro de una cazuela. Para levantar la mano aprietas una tecla. Uno silencia o bloquea lo que no le late, castiga en desagrado sin gastar saliva, elimina los seres vivos como aprendió en los videojuegos.

Con suerte uno navega en alta definición y recupera detalles de las caras que asoman, si les creció el pelo o la barba, y a los chiquillos el cuerpo. Es curioso, por primera vez en la historia, la humanidad puede verse y extrañarse a la vez. Uno pasa filtros y cuarentenas para cambiar de localidad, abordar un avión, emprender un destino remoto. Más que el pasaporte, lo que importa es nuestra temperatura. Hoy debemos ir al banco enmascarados; antes estaba prohibido, uno tenía que identificarse plenamente. Y luego que las transacciones ya no necesitan de dinero ni tarjeta física. Al banco no le interesa tu rostro, sólo tu número. Por eso los bancos se han entendido tan bien con la pandemia.

Un condón emocional domina las almas. Así, ¿cuándo volveremos a asistir al polifónico concierto de caras y rostros, sin resquemor en el aliento, libres para circular nuestras auras y ponerlas en juego con intenciones buenas o malas, pero transparentes, con nuestros verdaderos ojos y rostros, cara a cara como en los viejos tiempos?

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