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Los fabulosos veinte


Por Francisco Ortiz Pinchetti

— Este viernes inicia cabalmente la década de los veinte del siglo XXI, que irá del año 2021 al 2030. Hace un siglo, el mundo salía de una guerra que involucró a 70 países y que arrojó más de nueve millones de soldados y unos siete millones de civiles muertos, y de una pandemia (la llamada Influenza Española de 1918-1919) que costó entre 50 y 100 millones de vidas, sin que se haya establecido nunca una cifra cierta. Los Estados Unidos entraban en un período de prosperidad económica que acabaría abruptamente en 1929. Y México conocía por fin, luego de inacabables guerras intestinas, años de estabilidad, paz y hasta alegría.

Eran los fabulosos veinte.

Años que, nos cuenta en un ensayo el arquitecto y urbanista Edgar Tavares López  (publicado en el número 9 de Relatos e Historias en México), marcaron el nacimiento del México contemporáneo. “La ciudad capital experimentaba el espíritu alegre y desenfadado que caracterizó esa época reflejado, entre otros aspectos, en las academias de baile, los Dancing Halls y los divertidos concursos al ritmo del charleston, fox trot y el danzón. Uno de los lugares preferidos por los capitalinos fue el Salón Rojo (Madero esquina Bolívar, en el Centro Histórico) donde había dancing de las seis de la tarde a las 11 de la noche, la entrada costaba un peso y se podía disfrutar la música de los Diablos del Jazz, la Marimba Chiapaneca y la Orquesta Salón Rojo”.

Como en todas las épocas, agrega Tavares López, no todos disfrutan los bailes modernos. Por ejemplo, don Manuel Palavicini, quien pagó un gran desplegado en El Universal el 23 de octubre de 1922 para afirmar: “El baile de nuestros tiempos, es algo horrible desde el punto de vista moral. Las gentes se agitan musicalmente en contorsiones de lascivia y mal gusto… nos estremecemos sólo de oír los primeros chirridos de una reunión de forajidos, conglomerados en lo que ha dado en llamarse ‘jazz band’. Las hemos visto (parejas) abrazarse, cerrando los ojos con deleite, apretándose las manos sudorosas y lanzarse rabiosamente al movimiento descompasado, duro, brutal”.

Y al final, Palavicini dictaba sentencia: “Es necesario acabar con ese baile, con esa música, con esa inmoralidad ladrante de los modernos bailes, que da a lo lejos, la sensación de llegar a los infiernos y escuchar los coros diablescos y de cerca, la de ver una danza frenética de brujas enloquecidas por la presencia de su señor y dios”.

Otro texto con el que me topo al escudriñar sobre aquellos años es el de la escritora Viviana Cohen, que acompaña a una veintena de fotografías de la época, obviamente en blanco y negro, recogidas por el sitio MXCity. Ella describe pinceladas de la vida y las costumbre de la época en Ciudad de México.

En 1920 –cuenta– el país tenía más 14 millones de habitantes. Los capitalinos pasaban sus días recorriendo las avenidas de la ciudad. Las mujeres empezaron a intervenir en ámbitos de la vida que antes estaban cerrados para ellas. Ahora leían libros de feminismo y amor, usaban faldas debajo de las rodillas y se cortaban el pelo. Las más revolucionarias usaban cigarreras, collares largos, se perfumaban y hablaban hasta de tener derecho de votar.

Los hombres por su parte, usaban (los que tenían los recursos) sofisticados y aparatosos trajes europeos y sombreros hechos a la medida. Los más elegantes llevaban un bastón y un pañuelo blanco asomándose del bolsillo derecho de su saco. Algunos comenzaron a vestir pantalones cortos, con calcetines largos y calzado de charol, como estaba de moda en otras ciudades.

Los jóvenes conservadores de los años 20 pasaban sus tardes en Chapultepec. Se paseaban por los jardines con cierto aire burgués. Las parejas católicas se sentaban en las bancas a hablar mientras sus  familias organizaban  días de campo y hablan con nostalgia de Don Porfirio. En tanto, los jóvenes intelectuales iban en las tardes a una librería en el Alameda; hablaban de filosofía, de literatura y de la Revolución Rusa. En las noches estos rebeldes, escuchaban Jazz en la Juárez, y cuando la madrugada llegaba bailaban charleston.

“Los ricos se la pasaban en el Autódromo en la Condesa, apostando”, relata Cohen. “Los de menos recursos iban a las carpas a ver a los actores del momento mofarse de la vida política de México. Los más tímidos se la vivían en los cines recién inaugurados, iban a ver películas del cine mudo. Los padres de familia ponían hora de llegada a las ´señoritas´ y los más ancianos decían que todo se estaba pervirtiendo”.

Por sólo mencionar algunos eventos importantes que sucedieron en esa década, podríamos decir que en los 20 aterrizó en México el primer avión. En los 20, Manuel. M Ponce y Carlos Chávez refrendaron el nacionalismo con su música. En los 20 se seguía construyendo el Palacio de Bellas Artes. En los 20 la gente no tenía radio y se informaba por el Universal o por el Excélsior, fundados respectivamente en 1916 y 1917.

En resumen, finaliza la investigadora, algo pasó en los años veinte que de pronto todo cambió. Poco a poco se fueron apagando las velas del XIX y una nueva vida se reflejaba en las ventanas de las casas de esta metrópoli. La prueba de ello está en las hermosas fotografías de nuestra ciudad que se tomaron en aquellos años.

Los veinte que se avecinan no parecen ser precisamente fabulosos. Para nada una época de tranquilidad, certidumbre y  prosperidad. Por lo pronto, a las pandemias sanitaria, económica y social que padecemos, se sumará en unas cuantas semanas una más: la epidemia político-electoral  2021. ¡Que Dios nos coja confesados! Válgame

DE LA LIBRE-TA

BARTLETT, EL INTOCABE. Ante el apagón que afectó a más de 10.5 millones de mexicanos y que de manera oficial fue atribuido “al incendio de un pastizal”, el Presidente salió de nuevo en defensa de Manuel Bartlett Díaz. “Hay un grupo que no lo quiere”, dijo. Y luego, de plano: lo que quieran con él, conmigo. ¿Qué le debe Andrés Manuel al expriista de los fraudes electorales y las 23 casas escondidas? De todos modos, con amor y con rabia, ¡feliz Año Nuevo!

@fopinchetti

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