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Mis muertos

Por Francisco Ortiz Pinchetti

—Con más de 90 mil fallecidos (que podrían ser 139 mil según la propia autoridad sanitaria) causados por la pandemia de la COVID-19 y por la errática e indolente estrategia del Gobierno federal para enfrentarla, la celebración anual del Día de Muertos, el próximo fin de semana, tiene esta vez un significado histórico y francamente macabro.

Permítanme, sin embargo, abstraerme de esa tragedia para recordar a mis muertos personales, entre los cuales por cierto afortunadamente no hay todavía ninguno víctima del coronavirus. Sin olvidar por supuesto a mis familiares, empezando por mis inolvidables padres Emily y José, quiero referirme esta vez a mis amigos muertos.

Y es que por algún extraño infortunio he sufrido a través de los años la pérdida de varios de mis mejores amigos, todos ellos periodistas. Todos ellos buenos amigos y buenos periodistas. Y la mayoría muertos de manera prematura.

El primero de mi lista es Francisco Ponce Padilla. A Paco Ponce, como se le conoció en el medio, sociólogo de profesión, lo conocí cuando trabajamos juntos en el área editorial del Instituto Mexicano de Estudios Sociales (IMES), dirigido por Luis Leñero, hermano de Vicente. Fue luego reportero de deportes en el periódico Excélsior, donde nos volvimos a encontrar. Seguimos juntos en el semanario Proceso. Ahí  fue jefe de la sección deportiva y  cada semana publicaba  su columna “Marcador”, célebre por sus amenas aportaciones a la Sociología del deporte. Era de mi edad, justo. Murió en 1999, a los 55 años.

Nacho Ramírez se inició como reportero en El Heraldo de México y llegó a Proceso en los primeros años del semanario. Se especializó en reportajes sobre los movimientos guerrilleros, sobre todo en Guerrero. Fue célebre su trabajo sobre el Partenón del Negro Durazo en la playa La Ropa de Zihuatanejo, cuando apenas estaba en construcción. Para describir su interior con lujo de detalles, se disfrazó de albañil y se coló como uno de ellos. Compartimos vivencias inolvidables en su casa del Ajusco. Murió en Acapulco luego de prolongada enfermedad.

Egresado de la escuela Carlos Septién, mi amigo Óscar Hinojosa Maciel empezó a reportear en El Día y el semanario Crucero. Nos encontramos en Proceso en 1977 y participamos juntos en la Unión de Periodistas Democráticos (UPD) bajo la presidencia de don Elías Chávez. Nuestra amistad se vio interrumpida absurdamente, pero se reanudó en 2001, cuando era subdirector editorial de El Universal. Ahí me publicó en tres entregas el último reportaje que he escrito, sobre el movimiento de Atenco contra el aeropuerto internacional. Fue luego director de El Gráfico y falleció de un infarto en diciembre de 2003.

Compañero de mi primo Clemente Cabello Pinchetti en Pachuca, pasante de mi hermano José Agustín y amigo de la familia, a Miguel Ángel Granados Chapa debí mi ingreso a Excélsior, en 1973,  cuando me presentó con Julio Scherer García. Él era entonces subdirector editorial del diario y se convirtió para fortuna mía en mi “manager” y amigo generoso. Juntos fuimos en 1976 fundadores de Proceso, del que fue director gerente. A partir de su salida del semanario nos encontramos esporádicamente, pero siempre con un gran afecto mutuo. El cáncer acabó por matarlo, hace justamente nueve años.

A Víctor Wario lo conocí en Guadalajara por intermediación de Felipe Cobíán, mi admirado corresponsal de Proceso. Víctor hizo todo en el periodismo, además de ser maestro universitario. Fue reportero, corrector, jefe de información, editor, director de medios impresos, entre ellos El Informador, además de conductor y comentarista de radio y televisión  y jefe de la coordinación regional de Occidente de la agencia Notimex cuando la dirigí. Falleció en noviembre de 2011.

Guillermo Rivera Juárez fue mi alumno en la Universidad Iberoamericana. Me lo encontré, ya como reportero, en Guanajuato, cuando cubrí la campaña electoral de 1991 por la gubernatura del estado. Desde entonces nuestra amistad superó sus cambios de residencia, primero a Guadalajara (donde trabajó en el periódico Mural) y luego a la capital. Fue corresponsal de Proceso, editor del suplemento Enfoque de Reforma, jefe de prensa institucional y asesor en Comunicación. Simpático como pocos, bromista y cariñoso, son centenares las anécdotas y los chistes que podríamos compartir. Murió, muy joven, hace cuatro años.

En Ciudad Juárez conocí a Elías Montañez Alvarado cuando era director editorial de Diario de Juárez y de alguna manera líder profesional de un valioso grupo de reporteros tanto en esa ciudad fronteriza como en Chihuahua capital, con quienes conviví varios meses –y muchas veces después–, a partir de las históricas elecciones estatales de 1986, el famoso Verano Caliente. Entre ellos están hasta la fecha varios de mis mejores amigos. Los acompañé cuando Elías fue expulsado del Diario y con él renunció el equipo completo en solidaridad, en la fundación del semanario Ahora, una experiencia periodística que hizo historia en aquella entidad. Elías falleció en octubre de 2004.

Uno de esos compas chihuahuenses entrañables fue Juvencio Estrada López, reportero de Diario de Chihuahua en aquellos años. El Juve, siempre ocurrente, es inolvidable no solamente por su manera desbordada  de compartir la amistad sino también por sus habilidades musicales, como maestro del “peinófono” y creador de la canción “Guachochi, Guachochi”, cantada magistralmente en inglés a la manera de  Frank Sinatra. Con él viajé, en compañía de mi tocayazo Francisco Xavier Ortiz y un hermano suyo, a la sierra Tarahumara para conocer Uruachi, la tierra de mi abuela materna, un pueblo minero enclavado en el fondo de la barranca del Cobre. Falleció repentinamente el 20 de noviembre de 2005.

Chihuahuense también era Emilio Hernández Muñoz, “El Tirapolvos”, reportero de la sección deportiva de Proceso durante 10 años. Célebres fueron sus reportajes sobre Fernando Valenzuela, que implicaron viajes a Etchohuaquila, Sonora, la tierra del astro de los Dodgers. “Fernando se fue como la lluvia: poco a poco…”, escribió en el inicio de uno de sus trabajos. Durante algunos meses vivió en la casa con Armando Ponce y conmigo y fue amigo recio y solidario. Regresó luego a León, Guanajuato, donde residía su familia, y ahí fue jefe de prensa del Ayuntamiento y profesor de periodismo en dos universidades. Justamente este viernes 30 de octubre se cumplen por cierto ocho años de su muerte, acaecida en 2012.

Y Vicente Leñero, claro está, con quien trabajé en Revista de Revistas de Excélsior y luego en Proceso, del que fue subdirector durante 20 años hasta su retiro en 1996. Dramaturgo, novelista, guionista y periodista, además de ingeniero civil, fue mi amigo y maestro y con él compartí lo mismo nuestra mutua afición beisbolera que incontables incidentes periodísticos en la redacción. En sus últimos años de vida tuvimos conversaciones inolvidables, siempre en el Sanborn’s de avenida San Antonio, su lugar favorito. Nos dejó, a sus 81 años de edad, el 3 de diciembre de 2014. Él y todos mis amigos muertos descansen en paz. Válgame.

@fopinchetti

Nota del editor. En la imagen que ilustra este artículo aparece el autor del mismo, Francisco Ortiz Pinchetti, en los funerales del jesuita obispo de la Tarahumara, José A. Llaguno SJ, celebrados en Sisoguichi, Chihuahua, el 28 de febrero de 1992.

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