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El divino placer

Por Ernesto Camou Healy

— Una constante en la pedagogía religiosa de la Iglesia Católica, desde hace varios siglos, ha sido una sospecha casi unánime frente a lo placentero. Lo que causa goce o deleite, se afirmaba, es probable que resulte dañino o, peor aún, pecaminoso o peligroso porque puede derivar en falta grave, o colocar al sujeto en una especie de resbaladilla hacia quién sabe qué riesgos morales; en el menos comprometido de los casos porque puede acostumbrar a la persona a no esforzarse, a optar por una vida muelle.

En el fondo ha privado una concepción de la persona humana, derivada de una antropología filosófica, que la concebía como una especie de combinación de dos elementos, materia y espíritu, o alma y cuerpo, no demasiado bien integrados; con rasgos complicados que, se decía en esa tesitura de pensamiento, hacían necesario proteger a una de la otra, al alma del cuerpo, por ejemplo.

En una concepción tal la persona estaba escindida y sujeta a una lucha interior en la cual los sentidos corporales la amenazaban constantemente, y podían llevarla a su perdición. Y eso nos enseñaban en el catecismo sabatino, hace no demasiadas décadas. Y tal escuela tenía una muy antigua raíz: San Agustín de Hipona, en el siglo IV, fue un pensador brillante y profundo, desarrolló una teología cristiana en diálogo con el pensamiento platónico, pero en alguna medida se vio influido por las doctrinas maniqueas, secta a la que había pertenecido antes de su conversión.

Las ideas del persa Manes postulaban que el universo estaba regido por dos principios, el del Bien y el del Mal, y que estos estaban en permanente lucha, y que en el interior del humano peleaban entre sí; la vida es una batalla interna constante.

Y algunos cristianos de esa época, influidos por el idealismo platónico, comenzaron a asimilar el principio del Bien con la capacidad espiritual, el alma que Dios infunde al cuerpo al nacer; pero la forma corpórea, que pone límites al pensar y a la imaginación, sólo podía ser, para quienes seguían esta línea, si no el Mal en sí, por lo menos un obstáculo para el desarrollo del espíritu.

San Agustín influyó en el desarrollo del pensamiento cristiano durante el primer milenio del cristianismo. Tuvo discípulos y seguidores excelentes, que se inscribían en la corriente platónica, y concebían al ser humano como un compuesto no muy armónico, de cuerpo y alma.

Y esa escuela sigue presente hasta nuestros días. La insistencia catequética en que debemos salvar el alma, sin mencionar casi, o nunca, a la persona completa, es una consecuencia de ese modo de pensar al hombre y la mujer. Se insistía en que las cosas del alma tienen primacía sobre las físicas.

En un tiempo se estilaron castigos corporales para domeñar las tendencias del cuerpo: Penitencias, ayunos, azotes con látigos, cilicios que eran un adminículo construido de metal, cuerdas ásperas o espinas, que se amarraban al torso o piernas, para recordar con dolor constante lo débil de la carne, y someterla.

De esta manera el dolor sometía el cuerpo a la voluntad del alma, pensaban. Y por lo mismo, inversamente, el placer corporal podía debilitar o subordinar al espíritu, por lo que había que cuidarse de él. Y se predicaba que pasar hambre, ayunar, era virtud; que hacer penitencia, incluso torturarse corporalmente, era algo que Dios quería; que sentir placer era al menos problemático, con tufo de autocomplacencia y egoísmo.

No hace muchas generaciones eso enseñaban, y muchos crecieron con la convicción de que ser católico era vivir una lucha constante contra la concupiscencia y que todo lo que tuviera que ver con los goces del cuerpo debería reprimirse.

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