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Adaptarse o innovar

Por Lilia Cisneros Luján

— Cambiar de espacio vital, enfrentar diversas modificaciones al entorno familiar o social, sobre todo cuando estas circunstancias irrumpen de forma violenta o no esperada, es la clave para sobrevivir. Con la gente de mi generación hemos vivido, huelgas, marchas, epidemias, desastres naturales, crisis financieras y hasta amenazas de seguridad de todo tipo ¿Tu familia debió enfrentar retos después de la desaparición, asesinato o muerte repentina de algún familiar? ¿Perdiste tus bienes por un incendio, inundación, agresión del crimen –organizado y de cuello blanco– sin tener ningún tipo de respaldo financiero para afrontarlo?

Quizá en México no lo habíamos sufrido con la crudeza de los últimos tres años, pero imagina lo que han debido sortear pueblos enteros víctimas de bombas, atentados entre países vecinos, discriminación aun en tu entorno interno, odio de tus supuestamente iguales en la colonia, el poblado, la ciudad o el estado donde residías con cierta estabilidad por años.

Agrega a estas circunstancias –que quizá las conocías por los espacios de noticias y últimamente con la crudeza de ser alguien muy cercano quien murió por la pandemia o la agresión de un perverso criminal– no saber qué pasó con tu familiar lejano o no, con tu empresa la cual te permitió formar una familia y salir adelante con los gastos de hijos, padres, a veces hasta hermanos o sobrinos y de alguna manera los de cuando menos 20 o 30 familias que de tu trabajo han dependido.

Todo ello te enfrenta a muy diversos estados de ánimo que incluyen, la frustración, el enojo, el miedo, el deseo de venganza, de los cuales podemos o no salir, dependiendo de la elección que hagamos entre adaptarnos, es decir de alguna manera conformarnos con lo que nos ocurre y continuar como si nada pasara o mantener nuestros valores y esencia y en todo caso renovarnos e incluso fortaleciendo aquello que nos sustenta.

Cierra tus ojos e imagina que eres un joven con ciertos privilegios –porque has comido en suficiencia, tienes educación razonable y tus padres te aman– que de pronto terminas en la orfandad, con tu casa en ruinas, sin ninguna persona afín que esté dispuesta a  apoyarte y siendo parte de un grupo de gente de tu edad que se moviliza a tierras ajenas gobernadas por gente sin escrúpulos responsable de la tragedia que a temprana edad estás viviendo ¿Dirás que se trata de los menores de edad que viajan para migrar a los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Cuántos de los menores no acompañados en este trance, reflexionan con madurez y pensando en la justicia, sobre lo que puede haber en el interior de un gobernante que se dice cristiano, que juró servir con la mano en la biblia y que no se conduele de esta ya muy repetida historia?  ¿Has tenido la curiosidad de saber qué pasa con todos ellos? ¿Cuántos mueren, cuales son víctimas de abuso –sexual, laboral y físico– y que cantidad de estos son expulsados a peores condiciones que las de quienes de inicio les retuvieron?

En principio tienes razón, pero ¿sabes? esto ya ocurrió en los años 604 a 562 antes de Cristo cuando Israel fue atacado por Nabucodonosor II rey de Babilonia y un joven con similares características llamado Daniel, de la noche a la mañana debió sufrir los maltratos de gente sin educación –generalmente así son la mayoría de los soldados y los agentes de seguridad– pero a final del día sobrevivió más de 80 años y su vida fue instrumento de paz, para muchos de sus iguales y aun de los que solo le odiaban. Si asumimos como verídicos los cuatro reinos del mundo de los gentiles de entonces, este joven en la orfandad[1], culto y apegado a sus valores, vivió y aprendió lo que hoy llamamos “globalización” ¿Por qué abundan los incultos y mediocres que intentan borrar el pasado o aplicarlo a su manera según, sus particulares intereses? Pero si eres de los que te incomodas con todo lo que, además de lo histórico contenga una enseñanza espiritual, averigua que pasó –a fines del sigo XX– con muchos jóvenes guatemaltecos, cuyos padres fueron baleados frente a sus infantiles ojos y solo por la generosidad de personas buenas de otros países terminaron rescatados de la barbarie.

De un grupo de varios hermanos, su peor tragedia después de perder a sus padres fue la separación; unos fueron a dar a Canadá, otros llegaron hasta los países nórdicos y ¿qué crees? uno de ellos llegó a México, seguramente le conoces, escribe, denuncia barbaridades que ocurren en nuestra ciudad y sobrevive. Se adaptó sin cambiar sus valores, cambió su odio por denuncia fundada, su miedo se tornó en valor, ha educado a sus hijas y hace lo imposible por apoyar a su esposa, mexicana, por cierto, víctima también de los efectos de políticas engañosas y nada eficaces.

¿Estaríamos sin horizonte si todos los jóvenes reaccionaran de esta manera a pesar de todas las dificultades o seríamos como otros que habiendo gozado del privilegio de salir de su origen para superarse en tierras ajenas siguen criticando, hostigando y defenestrando lo que ni siquiera entienden ni viven por la lejanía? ¿Cuantos mexicanos, asentados en Europa o en el norte de América, dicen que no volverán porque les da miedo México? ¿Puede entender a aquellos con más de una década fuera de país, en el que se formaron o permitió a sus padres facilidades institucionales para el nacimiento y crecimiento que por su adoración o condena irracional a quienes ni conocen vociferan a favor de cambios que en realidad fueron para reversa? Cuando escucho a estos jóvenes que parecen no haber rebasado la etapa adolescente pienso en los prominentes activistas contra el consumo de refrescos y golosinas que prohíben a su hijo de cuatro años comer productos “chatarra”, como si el afán prohibicionista fuera el remedio para todo y es que así como muchos sujetos ambivalentes, que se oponen al prohibicionismo si se trata de drogas, pero lo ejercen con mayúscula fuerza en otros temas, porque estos improvisados sin sustento son afectos a remplazar cosas funcionales por otras “que suenen bien” efecto muy común en las masas seguidoras de los populistas de todos los extremos ideológicos.


[1] Libro de Daniel, antiguo testamento de la biblia cristiana acerca de la vida de un reconocido profeta, escrito en arameo –lengua entonces de Siria- que al igual que Saulo de Tarso aun siendo de esencia judía logró comunicación con los gentiles, hablando con autoridad, aunque evitando la confrontación y la altanería.

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