Por Hermann Bellinghausen

— Dichosos los que no conocemos el hambre. Podemos frecuentar palabras como apetito, gusto o antojo para aludir el acto alimentario, y sazonarlas con hartazgo, satisfacción, deleite y corazón contento. Sin embargo, muchas personas, demasiadas, de hecho, la padecen de manera cotidiana en el largo plazo. Hambre crónica. Tiene muchos rostros, y sólo en el extremo de la marginalidad y el abandono consiste en estómago vacío, cuerpo emaciado, un deterioro celular que salte a la vista. Quienes la experimentan pueden ya ni darse cuenta. Aquellos proverbiales niños de Biafra se repiten en Sudán, Yemen, Haití, las montañas de Chiapas y Guerrero. Como tema fotográfico, es uno de los más desgarradores, aun si alcanza la altura del arte, como en Sebastiao Salgado y otros reporteros de la miseria, atrapados en la contradicción de embellecerla al denunciarla. El mirar el dolor de los otros de Susan Sontag. Una contemplación necesaria, obligatoria incluso, pero de poca utilidad como no sea para ganar certámenes internacionales. La culpa no es del fotógrafo, sino de los responsables del hambre.

En un mismo cuerpo pueden coexistir obesidad y hambre, pues una condición posible del hambriento es consumir materia que hace daño o simplemente ataranta a la lombriz sin aportar ningún nutriente. Chaplin comiéndose los zapatos prefigura la chatarra que hoy es masiva, omnipresente y engañosa. Cuántos hambrientos en los campos y las ciudades distraen la necesidad de alimento con frituras derivadas del peor maíz y el petróleo, con azúcar apócrifa, grasas tóxicas, harinas degradadas y saborizantes artificiales. Con ello logran olvidar, se sienten ahítos y duermen tranquilos.

Un cuerpo desnutrido se devora a sí mismo hasta la consunción irreversible, atrofia músculos, erosiona mucosas y mata neuronas. La sangre que les corre es casi pura agua. El hambre extrema produce sopor, pereza o alucinaciones. Con la poca fuerza que le queda, el hambriento quizá robe para comer algo, quizá mate sin ser un verdadero criminal. El hambriento de Knut Hamsun describe al detalle la búsqueda inútil y la indiferencia necesaria para que el tiempo transcurra. Y cuántos criminales confiesan que en el origen de sus fechorías están los recuerdos de una infancia con hambre y la determinación de nunca más tenerla costara lo que costara. Los políticos en campaña y los gobiernos conocen bien el efecto pan y circo.

El hambre voluntaria o autoinfligida se debe a carencias afectivas o distorsiones en la percepción corporal. El artista del hambre de Franz Kafka puede sentirse perfectamente satisfecho de su ayuno en ejemplar autocastigo, tema definitorio en una obra poblada de procesos, condenas y colonias penitenciarias. A veces el hambre es un arma en el límite, como en los presos que se declaran en huelga, dispuestos a morir.

Aún la desnutrición sin esperanza puede agudizarse. Regiones enteras, campamentos de desplazados, barrios depauperados en México, América Latina, África o Asia caen en hambruna, antesala del exterminio. La sequía, el deterioro de suelo y agua y la guerra son madrinas de la inanición extrema.

Ahora mismo, mientras usted lee estas líneas, hay familias enteras en los Altos de Chiapas, chabolas y favelas, los campos devastados de Matto Grosso do Sul y la Sierra Nevada en condiciones de hambruna. Son datos que abruman estudios y proyecciones de instancias internacionales, organismos civiles y centros académicos De algún modo, al devenir información o estadística, desnaturalizan la urgente gravedad del hambre.

Los poderes ahítos y prósperos son los beneficiarios del hambre, tanto como son sus responsables. La administran. La deciden. Condenan al hambre y la muerte a millones de seres humanos. Los sacrifican pues lo consideran necesario. Recuerdo al inquietante Thiago Cintra, sabio sin inocencia, cuando me describió cómo las potencias habían concluido que el futuro, para como va, sería insostenible, y que los consejos de accionistas ya habían decidido: no salvarían a grandes franjas de África y otras áreas del sur. Su sacrificio, su hambre, resultaría indispensable para sostener la riqueza. Se dirá que siempre fue así, pero sólo es ahora que el planeta se aproxima a un sálvese quien pueda donde se argumenta, falsamente, que no alcanza para todos.

Estamos ante una farsa genocida, en un mundo donde más de la mitad de los alimentos acaban en la basura pues lo que importa es el mercado, no la distribución justa. El colapso medioambiental, la destrucción de selvas, el derretimiento de los polos, la devastación de ríos, el envenenamiento de los océanos y la insaciable extracción minera y petrolera prevalecen sobre millones de personas que, según frase atribuida al Jefe Seattle, saben que el dinero no se come. Sobre todo porque no lo tienen, se los quitan así como les arrebataron la tierra.

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