Enseñar

Por Ernesto Camou Healy

— Ayer fue Día del Maestro. Una fecha que se vive, ahora, lejos del salón de clases, en reclusión y desperdigados por el barrio o ciudad. En algunos casos con un contacto insólito, a través del Internet, que es todavía una utopía para la mayoría que no puede acceder a una computadora en casa, pueblo o aldea. Día del educador oculto y alejado porque el mero contacto habitual podría ser una amenaza. Tiempos extraños en que la presencia, la cercanía y la calidez, pueden ser dañinas.

He tenido en mi vida muchos maestros y maestras. Desde aquella buena monjita que nos lidió con paciencia en la clase de “parvulitos”, no había kínder en ese tiempo, hasta mi amiga y mentora, Shoko, que junto con Bolívar, me instruyeron cómo hacer entrevistas y observación de campo en un paraje de la hondonada central chiapaneca, hace ya algunas décadas.

Agradezco el esfuerzo preciso y riguroso del buen padre Valenzuela, “Valitas”, que por algunos años me puso a escribir, a mano, con buena letra y dos veces por semana, y que llegaba puntualmente al salón de clases cargando un titipuchal de cuadernos corregidos, para leernos, con paciencia y buen humor, cachos de nuestros escritos y destacar los errores en composición y ortografía, ofrecer consejos sabios y divertirnos con una mascota imaginaria que devoraba sin piedad cualquier pasaje mal redactado.

Tuve algunos maestros excelentes, que proponían lecturas, ejercicios de pensamiento y nos descubrían horizontes de comprensión y de humanidad. Un Alberto Navarro, que nos abrió a la metafísica como si nos explicara poesía, y nos permitió atisbar la autoluminiscencia del ser… O Jorge Manzano, maestro ilustre que nos sentaba en la mesa con Kierkegaard, nos dejaba olfatear sus vinos y su discurrir existencial; o nos convidaba a las cumbres hegelianas con su voluntad de trastocar todo el pensar que le antecedió.

En antropología me abrieron caminos y panoramas las visiones profundas y eruditas de Angel Palerm, Arturo Warman o Andrés Fábregas que me retaron a pensar y comprender la historia y sociedades desde una perspectiva académica, personal y humana. 

Pero hubo algunos que intentaron instruirme, a veces de mala manera: Un intento de maestra en segundo de primaria, en aquellos años cincuenta, armada de un metro de madera, nos hacía repetir una y otra vez las operaciones de suma, resta, multiplicación y división, sin ejemplos y sin apelar a la comprensión; como si fuera una cuestión de memorizar: No ayudaba a pensar, sólo nos remachaba en que uno más uno es dos, o siete más cinco, doce…

A los 6 años, y con la inminencia del reglazo, la mínima sobrevivencia nos aconsejaba porfiar en recordar el dígito correcto y repetirlo en voz alta cada vez que blandía aquel tablón numerado. Esa experiencia no nos educó: Nuestras respuestas eran intentos angustiosos de legítima defensa.

Con la convicción interna de que las multiplicaciones y las reglas de tres eran un ejercicio memorístico temible, pasé por la escuela y hasta la preparatoria, más dos años de una carrera no demasiado sugerente, hasta que pude acercarme a las letras y la filosofía y encontré que la lógica y la epistemología, la teoría del conocimiento, me proponían métodos más creativos e interesantes para lograr un entendimiento recto y llano de aquellas operaciones fundamentales y otras más complicadas.

Una cosa aprendí en esos meses infantiles frente al garrote inminente: Nunca esperes que alguien te entienda, aprenda y camine hacia adelante en la vida, si lo amenazas, ya sea con una cachiporra, exámenes inauditos o con malas maneras. Durante mis décadas como antropólogo he sido maestro muchísimas veces: Casi no pasó un año sin que diera al menos un semestre de clases, sobre todo en posgrados. Y siempre traté de evitar a mis alumnos la experiencia angustiosa de sentirse culpables por no saber: Si al aula iban a aprender, yo trataba que lo fueran logrando, y que disfrutaran el aprendizaje. Quizá alguna vez lo conseguí.

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