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La verdad del virus en las veredas

Por Hermann Bellinghausen

— Para los pueblos originarios el reto de la pandemia pone a prueba su experiencia existencial y la sabiduría ancestral que les atribuyen el lugar común y la taxidermia etnológica. Si algo han aprendido en su persistencia a través de los siglos es que para ellos las calamidades generales son siempre peores. También aprendieron las lecciones del armadillo y el puercoespín: ante la incertidumbre y la amenaza se cierran en sí como el primero y luego se erizan como el segundo. Campesinos, manufactureros o recolectores, sobrevivir para ellos sólo puede ser un triunfo colectivo.

La modernidad occidental los ha sometido a toda clase de despojos y servidumbres. O bien recluyéndolos en las áridas reservaciones del norte, o arrojándolos, los nuevos “americanos” a los cerros y los desiertos de las “regiones de refugio“; enseguida los sitian las mineras y las constructoras, voraces y agresivas. Sus ríos son robados en favor de las ciudades y la energía eléctrica para usufructo ajeno. Sus selvas y bosques son desmontados, les arrebatan costas y altiplanicies. La pobreza material los obliga a migrar y trabajar ajeno. Es común que extravíen sus raíces. Y aún así son dueños y pobladores de buena parte de las tierras agrícolas y selváticas en México, Ecuador, Bolivia y Guatemala. Quién dijera: el tesoro sigue siendo suyo.

Tan sólo en nuestro país, durante las semanas recientes los pueblos y regiones indias se han resguardado de manera enérgica para contener la plaga intangible que azota las ciudades.

En el extremo, la tribu diné/navajo, la más grande y poblada de Estados Unidos, sufre la pandemia “de manera desproporcionada“, según reporta Amy Goodman, con una de las más altas tasas de infección en su país y cerca de un centenar de fallecimientos. Ello, a pesar de haber tomado enérgicas medidas de confinamiento y toque de queda. No obstante, carecen de servicios de salud y el acceso al agua es “muy complicado“. Su caso significa una dramática advertencia.

Los indios del continente son y no son los condenados de la Tierra. Hoy que toda la Tierra parece condenada, a lo mejor serán quienes queden, hasta donde no se desintegren como civilización.

En muchos lugares no ha sido fácil convencer a la población rural y suburbana de cuidarse en acuerdo con las normas médicas preventivas. Y no están equipadas para resistirla. Enfrentan una plaga como lo fueron antes las enfermedades de los otros mundos del mundo.

La siempre actual novela de Peter Matthiessen, Jugando en los campos del Señor (At Play in the Fields of the Lord, 1965), y su memorable versión cinematográfica (Hector Babenco, 1991) se antojan una necesaria parábola para la hora actual de los pueblos originarios, y también para el gran teatro del mundo. Suerte de actualización de la conradiana Una avanzada del progreso (1897), desnuda el factor gringo en la aniquilación de las Américas. Transcurre en la selva amazónica de Brasil y presenta brutalmente el choque de los nativos con los intereses ajenos en una tierra donde son invisibles, no contactados, dueños de apetecibles locaciones de la jungla profunda. Sobre el escenario de un Brasil tercermunista y autoritario, en el último puesto de la “civilización“, dominado por la corrupción, la sevicia y el racismo absoluto, se dejan caer dos clases de gringo igual de calamitosos.

En una avioneta, un par de mercenarios cínicos, Lewis Moon y Wolfie (formidables Tom Berenger y Tom Waits), aterrizan en la Amazonia para contratarse como “bombarderos” contra la tribu niaruna (ficticia). Al mismo tiempo llega la avanzada familiar misionera de pastor Martin Quarrier, imbuido de fanatismo evangélico para redimir las almas de los salvajes, por encima del deprimente catolicismo del cura en aquel rincón amazónico.

Moon, veterano de guerra y medio indio él mismo, es un gringo con las identidades borradas. En un “viaje” descontrolado de ayahuasca decide cambiar de bando, desploma su avioneta en la floresta y se convierte en uno más de los niaruna (como un nuevo Gonzalo Guerrero). Se casa, procrea, les ayuda a mejorar su capacidad defensiva. Pasa el tiempo. Un día, en una incursión al mundo exterior, sostiene un bucólico encuentro sexual con la mujer de uno de los misioneros (irresistible Daryl Hanna en la película), quien a la hora de los besos y el coito le contagia un resfriado común. Lo que Moon no hizo con la dinamita lo hará con el virus. La epidemia diezma a la tribu, lo deja viudo y la avanzada del progreso, piratas y predicadores, completa su misión. Sí, Bolsonaro y Trump son todo menos nuevos.

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Oserí. Chihuahua, México 2020
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