Nostalgia del futuro

Por Hermann Bellinghausen

— ¿Se puede sentir nostalgia por algo que no ha ocurrido? Xavier Villaurrutia la tuvo de la muerte, que para todos los vivos reside en el futuro, sin considerar necrofilias ni fantasías morbosas, incluyendo las del poeta, que vivía en su muerte y desde allá mandaba despachos en forma de verso, sintiéndose inmune a las amenazas de la Muerte, pues no hay hora en que yo no muera, dice. Siento que estoy viviendo aquí mi muerte, / mi sola muerte presente, / mi muerte que no puedo compartir ni llorar, / mi muerte de que no me consolaré jamás. Y luego, ¿qué vida sería la de un hombre / que no hubiera sentido, por una vez siquiera, / la sensación precisa de la muerte, / y luego su recuerdo, / y luego su nostalgia.

El futuro sólo será conocido por el que viva. Nunca falta quién lo haga. Lo malo es que nunca sabemos si seremos nosotros. Es el sentimiento que deja la frase final de Blade Runner en la versión original de 1982 (mi favorita, pero no de Ridley Scott, quien la suprimiría en los cortes posteriores). Deckard y una Rachel despampanante huyen sobrevolando los valles, lagos y montañas que toda la densa película nos había negado, y la voz en off de Harrison Ford a la Bogart recuerda que a su novia replicante cuando mucho le pronosticaban cuatro años de vida, como los demás replicantes ya retirados. Estaban equivocados. El fabricante Tyrrel le había revelado que Rachel era especial, sin fecha de término. Al volante de su patrulla voladora, Deckard admite: Yo no sabía cuánto tiempo tendríamos juntos. Una pausa, y agrega: ¿Quién lo sabe? Se consuela en una nostalgia del futuro que casi huele a esperanza. No son lo mismo; creer que sí constituye un delirio que se persigue de oficio o se afilia a alguna religión.

Decir mañana extrañaré no equivale a extrañaré (el) mañana. Existen formas de haber estado en el futuro que no necesariamente son una experiencia tranquilizadora. Resplandores no pedidos, ni deseados, ni justificables. Debió pasarle al joven Rimbaud y ya ven, jamás se repuso. La religión, el chamanismo y la poesía coinciden en llamarlos iluminaciones.

En la célebre frase del Johnny Carter cortazariano en El perseguidor, esto ya lo toqué mañana, no escuchamos una premonición, ni el trasunto de Charlie Parker se siente profeta. No hay delirio ni visión, aunque sí vértigo. Simplemente él se escucha tocar más adelante, donde los recuerdos no han nacido y la memoria sigue en trámite.

El capricho calendárico del cambio de año proporciona una convención general para vérnoslas con el pasado y el futuro de repente, un corte de caja simultáneo a proyectos y listas llenas de propósitos que quién sabe si se cumplirán. Qué arduo sale hacer planes para días que quizá no veremos llegar. El apotegma de Deckard nos acompaña en cada segundo que sigamos vivos, cada segundo de gracia por el resto de nuestros días.

También nacen de madre personas que odian el futuro, los horroriza. Ya lo vieron. Como el coronel Kurtz en su ataque de profunda lucidez filosófica que roza lo estúpido pues él es un asesino y sabe de qué habla. O bien, ahí está el desconcertante verso de Leonard Cohen: The future is murder.

No se trata de esos relatos fantásticos tan del gusto de Hollywood, donde un personaje actual viaja al pasado y puede, o no, influir en el futuro de ese mundo pretérito al que fue a parar. Tampoco del que viaja al futuro para encontrar las respuestas de salvación humana, hoy que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El futuro ya no es como antes, y preferimos culpar a Casandra y a Pandora por revelarnos la verdadera naturaleza de la esperanza. Allí está el caso de Julian Assange, condenado al no-futuro por desnudar el futuro dictatorial que nos alcanzaría inevitablemente. A él lo alcanzó primero, a la vista de todos, y nadie tiene cómo evitarlo.

Vivimos en la era humana de las predicciones científicas, las proyecciones, las investigaciones y los negocios a futuro. Según la ciencia, el progreso hegeliano ya no está garantizado, pero este conocimiento elaborado empata con la simpleza negacionista de los creyentes en un dios único o en el dinero, impermeables a cálculos y evidencias, consolados por la promesa de una vida eterna fuera del tiempo. La suma y resta que protagonizan ambas posturas define la verdadera estatura humana, incapaz de frenar la avalancha del presente. Somos más estúpidos como especie que los animales; ellos por lo menos conservan el instinto básico, aunque ignoren el futuro, que para fines prácticos no existe, es instantáneo.

Salir tras el tiempo perdido hasta recobrarlo fue la búsqueda de Marcel Proust. Ahora en cambio debemos apresurarnos para recuperar el futuro perdido. Nos estamos tardando.

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