Caer hacia el cielo

Por Guadalupe Ángeles

—Se dice que todo relato debe ser como ese famoso río del que no se sale (luego de sumergirse en sus aguas) siendo el mismo. Esa transformación sucede en este libro, y aplica no sólo para el lector, si no también para el personaje principal del mismo, hablo de “Diario negro de Buenos Aires”, escrito por Federico Bonasso y publicado en 2019 por Reservoir Books, filial de Penguin Random House Grupo Editorial.

Vemos aquí a un hombre que hunde las manos en la tierra, camina y contempla un mundo a un tiempo entrañable y extraño, cruel en personas y lugares; experimenta así la indiferencia, cuando al parecer lo que buscaba era un refugio o estrechar lazos con el pasado, pero demasiada muerte se lo impide; ya decía Simone Weil que cuando alguien muere quedamos con la energía dirigida hacia ese amor (a una persona, a un lugar) sin saber qué hacer con ella, de ahí nuestro desamparo. Es ese cierto aire de extrañeza el que respiramos con el personaje que no tiene nombre pero tampoco importa, puede ser simplemente el Pibe que junta monedas con un camarada para comprarse un refresco, se burla de sí llamándose el Mexican o se confronta a sí mismo cuando experimenta una suerte de cobardía que no logra perdonarse.

Viaje iniciático sin duda, el destino es el fondo del río, pues sólo en sus aguas, en lo profundo, allá donde no habrá canciones ni abrazos (pero no se está del todo mal), es posible soltar lo más amado que tampoco se nombra y es adivinado por el lector, lo cual es virtud estilística, naturalmente.

Rodean a este idealista una serie de personajes variopintos, desde un radical de la autodestrucción que de su insania hace escuela, administrando el dolor ajeno y sus consecuencias; hasta un muy protagonista Tacho a quien hay que alimentar correctamente, pero ni por gracia de la voluntad de su madre vicaria por humanizarlo, escapa a su naturaleza pavloviana.

Uno pudiera preguntarse cuál es el punto central de la novela, elijo al azar sólo algunos: el exilio, la nada o la muerte, la fuerza o ausencia de carácter, la ilusión; pero que esa pregunta quede sin respuesta, no significa un fracaso porque todo hecho humano es trascendente, incluso posar la mano e intentar escuchar y comprender que se está “frente a ese diseño que perdía su razón original”.

Queda un agridulce sabor en el pensamiento, una sensación de cosa cumplida aunque el personaje no se lo crea del todo o se afirme dueño de sus actos y sabiamente suelte, ¿no dice El Tao que lo mejor es ésto?

Cierro con una cita del libro: “…la gente no se detiene a cada tropiezo de uno para preguntar si estamos bien. Me recordás a los pibes chiquitos que te llevan al límite para comprobar si los querés a pesar de todo, si tu amor es más grande que tu paciencia… él y todos ellos son parte de un ring, y no te van a tirar besitos o a conmoverse con ese interior tuyo… nadie va a venir a rescatarte de tu propia susceptibilidad.”

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