Por Lilia Cisneros Luján   

El caso de una mujer –Laura Karen– madre de tres hijos, que en la búsqueda de trabajo se dio la licencia de “irse de pinta”, inventando la comisión de un delito para cubrir sus horas de diversión, da lugar a una serie de reflexiones que si bien en algunos casos son la expresión de la intolerancia y la crítica misógina, nos deberían obligar a ir al fondo de una conducta que se considera normal: la mentira, sin siquiera pensar en las consecuencias de ésta.

Psicólogos, psiquiatras y terapeutas, han llenado de tinta infinidad de hojas, para explicar que: La mentira es normal en la primera infancia; que hasta denota cierto grado de mayor inteligencia en los niños que la utilizan; entre los dos y los cinco años el porcentaje de uso de las mentiras aumenta; también se asume que las mentiras se aprenden y se practican por imitación pues ellos ponen más atención en lo que los padres y educadores hacen y no tanto en los que se les dice[1]; ¿Se puede intentar disciplinar con fiereza a un niño que hizo trampa en el examen, si todo el tiempo ha escuchado como sus familiares se perfeccionan en evadir impuestos?

Pasar de la “normalidad” de la mentira individual, a las diversas formas de mentir en las diversas sociedades, se convierte en un tema mucho más complejo. No tiene el mismo peso la mentira en una sociedad que por miedo y protección aprendió que el mentir le daba posibilidades de sobre-vivencia que en otra donde la moralidad de su comportamiento considera a la mentira casi como un delito. Históricamente en los Estados Unidos de Norteamérica,  presidentes ha sido señalados no por la gravedad del acto realizado sino por haber mentido sobre el mismo –Clinton y su romance extramarital- sin que la mentira de muchos presidentes latinoamericanos haya sido causa de juicio, persecución o destitución.

Más allá de lo innato y natural de la mentira como una forma de desarrollo –sano o enfermizo- los estudiosos serios han abundado en las consecuencias que propician en el mundo real los mentirosos patológicos.  A la señora Laura Karen la vimos sin mucha expresión de culpa “pidiendo disculpas” en la televisión, sin que podamos asegurar que  además de haberse divertido por varias horas tomando con sus amigos, de descubrir cuanto la aman sus familiares y de que tamaño fue la respuesta social por su presunto secuestro sea difícil asumir que ella evitará en el futuro mentir ¿Sus tres hijos mienten en la casa y en la escuela? ¿Hay mentirosos patológicos con éxito? ¿Por qué esta variedad de farsantes avanza y gana espacios? ¿Hay consecuencias para los embusteros que han triunfado justo con sus afirmaciones contrarias a la verdad?

El narcisista, egoísta, mitómano y agresivo patológico exitoso es también un tanto cuanto maquiavélico,  pues considera que el fin –en la mayoría de los casos el poder o el dinero- justifica sus mentiras. Este tipo de psicopatía se centra en el desprecio por el otro, quien puede darles la custodia de todo su patrimonio o transferirles su poder democrático. ¿Conoce a personas que pusieron su dinero en manos de organizaciones cuyos operadores, triunfaron por el uso de trampas? ¿Tiene idea de porqué los delitos de fraude y violación se denuncian poco? ¿Será la vergüenza por haber sido engañados o la culpa de haber sucumbido a la manipulación de un ser falso? Además de abusar de sus víctimas –clientes o pueblos- ¿auto-justifican sus mentiras?

Nadie puede mentir eternamente, tarde que temprano se descubre la verdad y la primera consecuencia es el deterioro de la credibilidad y la confianza ¿Cuántas personas se han alejado del Dios en el que creían al descubrir la falsedad de algunos de sus líderes? Si a final del día el engaño deteriora las relaciones ¿es ese el factor más importante de pérdida de militantes en los partidos, de socios en los clubes o las ONG y de consortes en el matrimonio? Las víctimas siempre son más que el mentiroso y lo son porque en su personalidad hay fuertes dosis de sensibilidad, empatía, afecto, generosidad y sobre todo ven en el vividor un anhelo de algo que desearían ser o tener

Si como dicen algunos textos, todos mentimos -para caer bien, para impresionar, por inseguridad, por humanidad, por ayudar a alguien, por ser superior a aquel que yo envidio- ¿podemos decir que son las mentiras convertidas en manipulación la fuente más importante de nuestro sufrimiento? ¿Somos mentirosos abusivos o víctimas? Quien es más culpable ¿el menor de edad que roba la casa, un negocio y un auto o los padres que les enseñan a ser parte del delito y luego mentir?[2]

De una u otra manera los padres si queremos unos hijos creativos y listos –como se supone que son los que mienten- pero lo ideal es que aprendieran también a ser jurídica y moralmente reacios a la deshonestidad ¿Cómo lo logramos? Se puede alanzar esa meta si los que gobiernan, educan y en general nos rodean ¿no lo son?

Más allá de la diversidad de mentiras –hasta se justifica a las que son piadosas- los niños, nuestros colaboradores, los vecinos, debieran aprender a ser auténticos; si no lo son cada quien debe enseñarles que es o que significa eso, sin sucumbir al encanto de las apariencias, la imagen y en general incongruencia. Le invito a reflexionar en ello esta Navidad.


[1] El clásico “si es fulanito dile que no estoy”  los ladrones son malos pero luego ensalzan sus métodos para “enredar” a sus clientes” etc.
[2] Al tiempo de la detención de un ratero en pandilla de un establecimiento el que llevaba las cosas robadas simplemente se “amachó” en que “yo no robé nada solo soy cargador” o aquel que nunca concluye su compromiso porque “estoy muy ocupado, no he tenido tiempo o no me han prestado el escáner”

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