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Moisés

Por Jesús Chávez Marín

—La vida de Moisés Ordaz es múltiple, como la de todos los artistas. Vive en el sonido armonioso de su violín, que en sus manos, sus dedos, su cuerpo, en las cuerdas, la fina madera, los músculos, parecen el artista y el instrumento un solo ser misterioso que expresa bellamente sentimientos, sensaciones, pensamientos que solamente la música puede comunicar con su lenguaje místico.

Quienes escuchamos tocar a Moisés Ordaz vamos sintiendo una purificación extraña, una claridad pacificadora, y nos quedamos pensando que la vida es alegre, la felicidad existe en algún lugar de este mundo y podríamos llegar a esa región si seguimos los caminos luminosos de aquel sonido. Por eso las colectividades humanas sienten un amor instintivo por los artistas. Por eso la fotografía más clásica de Moisés Ordaz es la de un hombre elegantemente vestido, con su violín al hombro, su noble cabeza ligeramente inclinada hacia el instrumento y sus manos hábiles pulsando las cuerdas y el arco.

Otra de las vidas de este artista nuestro es la del maestro, profesor, director, educador. Desde joven inició con su padre estudios musicales y nunca ha dejado de acercarse a los buenos maestros. Ha sido amigo personal de grandes músicos, de los cuales aprendió verdades del arte y ejercicios prácticos del oficio. Ha pulido su profesión artística con paciencia, disciplina y constancia. Y ha sido extraordinariamente generoso con sus conocimientos. Muchos músicos se han formado con el maestro Moisés Ordaz.

En los inicios de la Universidad Autónoma de Chihuahua, su presencia fue siempre distinguida, primero como discípulo y luego como profesor de la Escuela de Música, después como maestro de Bellas Artes y fundador del Cuarteto Clásico de la Universidad de Chihuahua; en 1960 funda la Orquesta Clásica, y pocos años después la actual Orquesta Sinfónica de la Universidad, de la cual es director.

Parte fundamental de la vida cultural de Chihuahua son los conciertos didácticos que ha ofrecido en las ciudades de esta vasta región: en templos, plazas, colonias y aún en pequeños poblados, muchos hombres, mujeres y niños vivieron su primer contacto con el arte de la música gracias a las orquestas y grupos musicales formados y dirigidos por este hombre feliz y visionario.

El testimonio gráfico de esta otra vida de Moisés Ordaz es un dilatado conjunto de papel impreso: desde programas lujosos de gran diseño, realizados en papel muy fino, hasta modestos folletos que anuncian un concierto en el templo de algún pueblo olvidado. El nombre de Moisés Ordaz aparece en los periódicos de Chihuahua desde los años cincuentas. Algunas de esas publicaciones ya desaparecieron, pero su registro queda en la historia. También en revistas mexicanas y extranjeras aparece como personaje este hombre trashumante que ha sido invitado de honor en muchas partes. Una multitud de personas fueron seducidas por el ministerio de su violín y de su oficio.

El escritor Mario Arras me dijo estas palabras: “Moisés Ordaz es uno de los grandes artistas de Chihuahua. Es el digno sucesor de Ernesto Talavera, en el mismo nivel. Y aunque es hoy nuestro mejor violinista, es un hombre afable, sencillo, comunicativo. Y es humilde, en relación a su valor artístico”.

Moisés Ordaz vive muchas otras vidas: en el recuerdo de quienes oyeron su música; en la amistad de sus colegas; en el talento desarrollado de sus discípulos; en la memoria de numerosas salas de concierto, salones de cámara, templos, auditorios; en las noches de gala, de bodas, de homenajes preparados para otras personas, en las que la presencia de este artista sencillo y grandioso ha ofrecido el lujo de su música.

Esta noche asistimos a un espectáculo magnífico: la conjunción artística que Moisés Ordaz y su amigo, el pintor y escultor Luis Aragón, llamaron Opus nigrum. Música y formas visuales. Sonidos y pintura. El lenguaje universal del arte, que tiene tantos cauces, nos comunica en estas horas pensamientos que no se nos habían ocurrido, imágenes que ahora se mezclan con recuerdos y nos revelan secretos que siempre fueron nuestros y que ahora salen a la luz gracias a los prodigios del arte, al oficio de dos artistas prodigiosos: Luis Aragón y Moisés Ordaz.

Junio 2000.

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