Pancho Villa y la leyenda negra

Por Pedro Salmerón Sanginés /I | LaJornada

Friedrich Katz escribió que la principal dificultad que enfrentó en el complejo trabajo de desentrañar el significado histórico de la vigorosa figura del Centauro del Norte, fue la de extraer la verdad histórica de las multifacéticas capas de leyenda y mito que rodean a Villa debido, por una parte, a que él estaba enamorado de sus propios mitos e hizo cuanto pudo por bordar sobre ellos. Katz identifica tres grupos de leyendas. Una es la leyenda negra, cuya versión más detallada fue escrita por Celia Herrera, miembro de una familia que llegó a tener enemistad clánica contra Pancho Villa y a muchos de cuyos integrantes mató. Celia Herrera lo pinta como un hombre sediento de sangre y un asesino sin escrúpulos, sin el menor rasgo favorable. En la otra gran biografía reciente de Villa, Paco Ignacio Taibo II desmenuza cómo se construye una calumnia atractiva.

Celia Herrera tenía razones personales para odiar a Villa, y las llevó a un libro en el que recoge todos los cuentos, incluidos los más absurdos e inverosímiles. No es extraño que así haya sido, lo curioso es que hoy día haya quién se crea las narraciones más esperpénticas para descalificar la formidable revolución social que llegó a su punto culminante en 1914 y 1915 y que fue vencida en los campos de batalla.

Sin embargo, sí hay hechos de violencia terrible perpetrados por Pancho Villa y sus hombres, fundamentalmente en los años de 1917 a 1919. Como explican Katz y Taibo, esos años fueron devastadores para Chihuahua (también el de 1916, pero la presencia de los soldados gringos de la expedición Punitiva le da un carácter distinto). Nunca como entonces se vivió la violencia ni azotaron el hambre y las epidemias a los pobladores del estado grande. Muchos de los soldados carrancistas llegados de fuera consideraban legítimos el saqueo y la violación. En cierto modo, esta espiral puede explicarse por la duración de la guerra, pero también por las características que esa violencia, ese creciente desprecio por la vida humana, adquirieron en Chihuahua en esos años.

En la edad moderna ha sido, es brutalmente común, normal, que ejércitos de ocupación o contrainsurgentes ejerzan un terror despiadado contra la población ocupada o resistente, lo que incluye la violación sistemática de mujeres y niñas (ejemplos a espuertas: los británicos en India, los franceses en Argelia, los estadunidenses en México en 1847 y 120 años después en Vietnam, los alemanes en la URSS… Iturbide en el Bajío, los porfiristas en Sonora y Yucatán, los huertistas y carrancistas en Morelos).

La respuesta también suele ser despiadada: no se discuten la crueldad de algunos siux, apaches, maharatos, argelinos y vietnamitas contra las tropas coloniales o aquellos de los suyos que colaboraron con el invasor; la ferocidad de los soviéticos en Alemania en 1945 también está fuera de toda duda. Pero los colonialistas y los contrarrevolucionarios sólo hablan de la brutalidad de los que resisten y los que se rebelan.

En casos como el que nos ocupa, arrasar pueblos y violar a todas las mujeres es política de un ejército de ocupación, no de un ejército guerrillero que necesita a los pueblos para vivir y resistir (como los villistas en 1917-1919, o 1916-1920), de modo que muchos de los esperpénticos relatos sobre maharatos, argelinos, vietnamitas o villistas se caen ante un mínimo ejercicio de crítica y confrontación de fuentes. Lo que, una vez más, no elimina la crueldad, la brutalidad. Si me permiten, mostraré en próximo artículo en qué consistieron esas acciones del Villa de los años oscuros y cómo las magnifican y tergiversan los contrarrevolucionarios de ayer y hoy.

Pero justo por esas razones terminé así mi libro 1915: México en guerra:

“Entre las muchas cosas que faltan en este libro, hay que contar el verdadero sentido de la violencia, a la que apenas nos asomamos: los fusilamientos de oficiales prisioneros en Celaya, la masacre de civiles en San Pedro de la Cueva, el hambre de la Ciudad de México. En este libro no se percibe cabalmente que las guerras, en las que generalmente matan y mueren hombres más o menos jóvenes –y en una guerra como esta, más o menos voluntarios– en el campo de batalla, trae consigo la muerte, la violación, la tortura, el sufrimiento de muchos seres humanos más, que no tienen posibilidad de defenderse del furor de los varones armados […].

“Pero que tampoco quede duda: esa violencia, esa sangría, la provocó un régimen que operaba en México los intereses del imperialismo, un régimen genocida que canceló todas las salidas no violentas a la miseria y la desesperación del pueblo. Y el recrudecimiento de la violencia lo provocó una conspiración de la derecha que ahogó en sangre a un régimen democrático, legítimo, que empezaba a consolidarse. Si algo quisiera con este libro, con estos libros, es recordar el significado de esa violencia, su origen y sus formas. Entenderlas, comprender sus resultados y contribuir a evitársela a la generación de nuestros hijos.

Que no se repita.

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