Puente de Independencia

Por Ernesto Camou Healy

Cuando niño había fiestas de la Independencia y, si nos favorecía el almanaque, “puentes” que coronaban esas conmemoraciones. Para nosotros un “puente” al menos favorable sucedía cuando un día de asueto se sumaba al fin de semana, lo que nos proporcionaba descanso de viernes a domingo, o sábado a lunes, si era el caso.

Había años especiales, cuando los festejos por la emancipación del imperio español atinaban a colocar dos días seguidos, antes, o después del fin de semana. En ese tiempo teníamos asueto desde el día 15, pues había quedado como reliquia pre revolucionaria el festejo del natalicio de don Porfirio Díaz, porque la Revolución cambió muchas cosas, pero no esa vacación, y se podía construir un puente de hasta cinco jornadas de recreo que se aprovechaba para salir a la playa, a veces con demasiados paseantes, mucho calor y un Sol abrasador.

En mi casa no salíamos, pero ya mayorcitos, nos permitían ir a la Plaza Zaragoza para asistir al Grito del Gobernador en turno. Había mucha gente, mucha juventud, cuetes y palomitas que tronaban a cada rato y “buscapiés” que nos hacían saltar un tanto angustiados. Pero nos divertíamos y sabíamos que, en caso de necesidad, teníamos refugio en la casa, en ese entonces contigua a Catedral, de los tíos González, cuñado y hermana de mi abuela, doña Laura.

Cerca de las once de la noche la multitud se iba acercando a Palacio, se abría el balcón central y salía el Ejecutivo en turno, acompañado de su esposa, a vitorear a los “héroes que nos dieron Patria”. La gente coreaba los “vivas” y a continuación venían los fuegos artificiales que iluminaban la noche y provocaban admiración en los niños, y también en muchos adultos.

Me tocó asistir a un “Grito” en el que algunos provocadores lanzaron naranjas a la pareja gobernante, lo que provocó una ceremonia un tanto deslucida que luego fue calificada como un ultraje a nuestra Bandera, que no parecía ser el objetivo de los tiradores descontentos. Desde entonces y hasta hace muy poco, una semana antes se cortaban los frutos de los naranjos que engalanan la Plaza.

Al día siguiente los escolares teníamos que desfilar precedidos por una banda de guerra junto a muchas escuelas y batallones de soldados, por las calles de Hermosillo hasta pasar por el Palacio y disolvernos entre bullicio y alivio unas cuadras al Sur, donde entonces estaba la cervecería y ahora la Plaza Bicentenario. Me fastidiaba un poco el remedo de la disciplina militar, en la que todos debíamos coordinarnos y llevar el paso acompasado: Era importantísimo, nos decían, no salirnos del ritmo generalizado.

Desde entonces, quizás antes, prefiero ir a mi aire y evitar las imposiciones conductuales de quienes dicen tener autoridad, sea colegial, civil o eclesiástica. Trato de pasar las órdenes por el tamiz de la crítica y sentido común, para no dejarme afectar por ellas, o para resolver el apuro sin demasiado conflicto, si es el caso. Consciente, eso sí, de que por lo general las leyes, órdenes y regulaciones tienen como propósito facilitar y organizar la vida en sociedad; sin embargo, hay ocasiones que quien gobierna considera su cargo como la facultad para ser arbitrario y hasta desalmado. Y uno tiene que saber sortear esas sinrazones sin exponerse demasiado.

Porque a veces en nombre de la Patria se hacen atrocidades, y no encuentro mejor forma de celebrarla que enfatizando en que lo que conduce a sanear la vida en común, fortalecer el tejido social, lograr que las mayorías tengan una buena vida en frugalidad, armonía y equidad, es patriótico y valioso; mientras que el engaño, la dilapidación de recursos, el robo a personas y presupuestos, el descuido en sus responsabilidades y la exclusión de los más desfavorecidos, o el mandar desobedeciendo y administrar para una élite es envilecimiento y también anti mexicano… por más vivas que hayan pregonado en aquellos “balconeos”.

Ernesto Camou Healy es doctor en Ciencias Sociales, maestro en Antropología Social y licenciado en Filosofía; investigador del CIAD, A.C. de Hermosillo.

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