El sueño de la voz

Por Hermann Bellinghausen

He sido ateo tanto tiempo que ya no recuerdo qué era no serlo. Alérgico en buena medida a las religiones, sin embargo dioses y milagros me gustan como piezas de cuento o rimas útiles, modos de decir otra cosa con las mismas palabras, a veces insuperablemente como Juan de Yépez o Teresa de Jesús. Como imágenes y esculturas fascinantes. Pero admito sin pudor que la buena música religiosa siempre me ha conmovido. Si un dios existe que no esté en los animales salvajes, es el que canta desde la gente.

Motetes, cantatas, misas, responsos, cantos gregorianos, oratorios o Magnificat, del medioevo al día de hoy, de Hildegard von Bingen y Palestrina a Penderecki, Pärt y Tavener, me elevan el cuero cabelludo. Otras religiosidades no cristianas me conmueven por igual, y en ocasiones más, como el qawwali islámico. ¿Quién no se ha sentido transportado ante los sones tzeltales en sus largas velas a lo sagrado, o las letanías mazatecas o wixaritari rogando y adorando? Las voces patéticas sumisas desde el dolor, con su bendito-bendito-bendito sea Dios, el versículo al señor Alá, el Kaddish en vivo. Y no lo considero cultura sino regalo de la existencia colectiva.

Pocas experiencias más sobrecogedoras que ingresar a un servicio evangélico o carismático en los barrios afroamericanos de Oakland, Nueva York, Luisiana o Alabama, donde canto, baile, júbilo y perfectos ritmos y entonación revelan de dónde vino todo ese jazz. El soul, el cántico electrizado, la catarsis que refrena cualquier sufrimiento. El blues en cambio es pagano, aunque sufre una deidad incontestable: el dolor, la pena umbría, el arrebato de un pecho herido.

No creo en lo que Bach, pero creo ciegamente en Bach. Admiro sin límite a Scarlatti padre. No me la acabo con los corales, salmos y cancioneros sacros de Mendelssohn, Brahms, Fauré, Poulenc, Haydn, Mahalia Jackson. Con el perdón del curita rojo Vivaldi, me arrodillo a las Cantigas de Santa María de Alfonso X, los oratorios de Händel y los Stabat Mater de algunos que ya mencioné, o de Pergolesi, Schubert, Verdi, Rossini, Boccherini, Dvórak.

Comparten el sueño absurdo de cantar a los padres-madres de la naturaleza con el espíritu de nuestra severa imaginación. En la voz humana cantándole a un dios respira algo que rebasa cualquier reticencia del yo.

Compositores laicos como Messiaen, o bien Mahler en sus sinfonías más que los ciclos de lieder, proponen una manera de cantar a qué divinidad desde instrumentos de materia inerte, con tan sólo interludios o apoteosis de viva voz. Del Titán a la fenomenal Novena de Mahler, recorre su espina un paganismo sagrado.

Los cantos chamánicos de las grandes madres de Huautla María Sabina y doña Julia, una vez escuchados en su lamentoso tono, quedan en la memoria como si las voces de la naturaleza y el firmamento lleno de las estrellas se juntaran en el sonsonete letánico de la voz. ¿A qué espíritus, deidades o fuerzas primordiales se dirigen que nosotros nunca lograremos barruntar?

Uno de los clásicos más secretos del rock de la edad de oro es Ceremony, una misa electrónica al alimón de Pierre Henry (uno de los creadores de la música concreta-electrónica) y la banda británica Spooky Tooth en 1969; la voz desgarrada de Mike Harrison hace verosímiles la Confesión y el Hosanna. Dicho sea sin ignorar que el rock, hijo directo del rythm and blues, muy rara vez se pone religioso.

Tampoco el jazz aspiró a lo religioso, si acaso en los episodios místicos estilo Orquesta Mahavishnu. Pero qué tal Coltrane con Love Supreme. Nos comparte su culpa de yonqui y mal marido implorando paz y perdón mediante el recurso de ese secreto colectivo que es cantarle a Dios, aquí con el aliento de su saxofón. Pero nada como la voz humana, el único instrumento acústico que proviene del interior.

Admito que somos minoría en el mundo los no creyentes. Quizás con la excepción de Islandia. En el fondo, me resulta un enigma la religiosidad variada y masiva de la humanidad. Soy de quienes no acuden a las creencias ni emplean de referente eso que llaman Dios y, con arrogancia tal vez, sentimos no necesitarlo. Bastante chamba da ser uno y hacerlo entre otros muchos que también son uno.

Además, yo no sé cantar.

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