Ciudad muriente

Por Hermann Bellinghausen

Víctima mía, nuestra, de todos los cada quién sin importar quién sea, te hollamos la orilla, ensuciamos, pudrimos, desecamos tu lago, hundimos tus chinampas y llevamos al naufragio tus islas incandescentes.

Chozas, pirámides, mercados de maguey y flor y pescaderías de obsidiana, multiplicamos tus muertos hasta que dejaste de verlos, hasta la ruina final de tu Tzompantli enterrado.

Desde tu principio sin gente, los volcanes fueron testigos mudos. Lo siguieron siendo en las guerras y en las paces. En inundaciones, emergencias, terremotos.

Somos lo que somos porque nos cagamos en tu pasado desde antes de cualquier Historia.

Primero patos y pumas, venados cola blanca, zenzontles y calandrias, pececillos como flores en los jardines subacuáticos.

Primero pies descalzos y barro fino para las chinampas. Nenúfares.

Primero balsas, primero grandes y atrevidas brazadas para poblarte, te nadábamos.

Primero desnudos, después ya no tanto. Vanidosamente, nos emplumamos. Armados vivimos y armados nos llegaron.

Primero con espadas y pocos caballos, con botas y arcabuces a lo largo de tus brazos.

Primero llegaron sus frailes y sus mujeres, y las nuestras se afantasmaron, dejaron de ser lujosas. Humildes quedaron.

Señores y señoras, bohemios y violadores de indias, comerciantes del trapo, patrones fuimos unos y otros fuimos esclavos.

Primero pusieron palacios sobre las plazas y recintos de antes. Primero volvieron canales, ríos y charcos al majestuoso lago, mar de todos los corazones del valle, ombligo de la Luna que se reflejaba redonda y completa en su azogue apagado.

Primero la Luna soñaba nuestros cielos, coqueta.

Primero tuvimos cielos.

Dejamos de adorar al Sol en el temor sagrado de nuestros muertos y adoramos el cadáver de madera de un hombre ensangrentado. Acogimos en nuestros corazones las uñas del dios del dinero.

Permitimos los lupanares, recibimos de altamar vacas y toros, burros, perros peludos y gatos mansos. Importamos los mejores paños. Con nuestros borregos tejimos mantas y sarapes hasta pa’ los indios. Nunca más se les permitió andar desnudas y desnudos.

Nadie volvió a nadar en el patio de su casa entre las aguas.

Empedramos las calzadas flotantes, partimos en rebanadas la ancestral unidad del lago y sus hermanos lagos, humedales y lagunas a la redonda. Todo se volvió duro y necesario. Calles, callejones, edificios, socavones, parques, baldíos, huizachales y nopaleras se convirtieron en un solo páramo.

Aprovechamos cada palmo del nuevo suelo, especulamos, lo apostamos, lo convertimos en moneda de cambio. Lo rellenamos de piedras y basura. Lo colapsamos como agua y como tierra, desapareció de nuestras manos, ya nunca más fuimos alfareros.

Llegó el chapopote. Los talleres se hicieron fábrica y desde entonces no dejamos de transformar las cosas del paisaje, hasta obliterarlo.

Los carruajes y las carretas dejaron de crujir al arribo del humo y el hule.

Primero los daños y los efectos, ciudad de profecías siempre se adelanta, invierte el orden cronológico de los hechos, comienza siempre por el fin del mundo, desde los más antiguos.

Los barrios anteriores y los que siguieron naciendo con o sin licencia de la Corona, los pueblos del valle fueron devorados por avenidas, unidades habitacionales, zonas residenciales erizadas de mansiones y jardines, colonias industriales, almacenes, terminales y deshuesaderos.

Iglesias y rascacielos. Aquellas venden perdón, salvación, consuelo; éstos hacen gratis el suicidio o sentir que subes, tu vida es arriba del resto.

Al fin que todos hemos muerto a diario, como tú morirás, lo haces cada día. Quisiera saber quién eres. Todos ellos y ellas, el superlativo apenas del nosotros.

Turistas van y vienen, banqueros interesados en prometedoras inversiones. Matarte es la mejor inversión del mundo. Como las guerras. A nombre del desarrollo, del bienestar, asesinamos tus espacios apresurada, atropellada, improvisadamente. Eres palimpsesto de adefesios y fugaces obras de arte.

Tus pobladores olvidaron pensar en el mañana, y sordos al ayer nadan un presente inestable que los odia. No dejan de llegar de todos los puntos del país para seguir olvidando.

Nunca dejas de ser tu cárcel, tu rastro de reses en cadena, la botella plástica para tus aguas de colores o de imaginaria transparencia, tu tiradero superlativo.

Tu muerte se mide en toneladas de concreto añadido, en vigas de hierro y ríos de fría lava gris.

Haces calor de ahogo hasta en los días más fríos, indistinguible tu verano de tu invierno. Esperamos el retorno de las tolvaneras que habíamos domado, el holocausto de nuestros vapores sórdidos. Alimentamos la pasión por los juegos y los himnos en una interminable agonía de los cuerpos.

Sobrevivirán por la eternidad nuestros síntomas, sin nadie ya que los sienta. Estaciones y panteones por igual desiertos. Habrá insectos, quizás reptiles y roedores. Como al principio, sin gente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *