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De un mundo moribundo

Por Hermann Bellinghausen

En octubre de 2021 culmina Hijos de hombres, novela de P. D. James. Quien haya visto la película del mismo nombre de Alfonso Cuarón (Children of Men, 2006) conoce lo fundamental de la historia, aunque la adaptación sea bastante libre y, entre otras cosas, cambie la fecha, empujándola a 2027 (el año también de Naranja mecánica, de Kubrick). La novela se publicó en 1992. Cuarón, quien admitió no haber leído la novela a propósito y trabajó sólo sobre los sucesivos tratamientos de guion, necesitaba fechar en un futuro creíble (apenas 1995 en la novela) el momento Omega, cuando la humanidad dejó de reproducirse en el mundo entero.

Una especie de inexplicable castigo divino hizo estériles a los hombres y, al parecer, infértiles a las mujeres. El relato comienza con la noticia de la muerte de Joseph Ricardo, la persona más joven del planeta, a los 25 años, dos meses y 12 días, en Buenos Aires. Theo, nuestro hombre, inicia su diario el primero de enero de 2021, en Londres. La aventura que lo aguarda será, y no, demasiado grande para él, pero en el libro primero, Omega, aún no lo sabe. En tramos y al final, la forma diario cede lugar al narrador omnisciente que no justifica su presencia.

Cuarón y los demás guionistas disimulan mejor que James el sentido religioso, cristiano y mesiánico del relato, pero pierden infinidad de detalles y digresiones importantes, como suele ocurrir en las películas hechas de novela.

El tema aquí es la extinción de la humanidad, una más entre los millones de especies que son y han sido sobre la Tierra. Con la conciencia de una culpa. Estábamos contaminando el planeta con nuestros cuerpos. Si nos reproducíamos menos, tanto mejor, se supuso al principio. Cuando se vio que no nacería nadie más, la gente comprendió que era el fin y se dirige lo mejor que puede al ocaso humano, que no del mundo. Los animales son vistos con envidia: heredarán la Tierra.

Para James, Dios es ineludible, incluso desde la razón: “La ciencia occidental ha sido nuestro dios… y nos hemos sentido en libertad de criticarla y rechazarla, como los hombres siempre han rechazado a los dioses”. El alto total de la reproducción humana provoca una senilidad y una indolencia progresivas, derrotadas. Los últimos en nacer, los omegas, son una especie de millenials pero totalmente echados a perder por la educación culposa y sobreprotectora de los mayores, que los veían como el último eslabón humano y los convirtieron en delincuentes, amorales, caprichosos, egoístas, a más de ignorantes y violentos. Son la juventud que queda, y también está condenada.

Gobierna Inglaterra un Guardián, con su pequeño consejo de Estado. Tiene bajo control al país en un mundo, se intuye, en peores condiciones todavía. Una sociedad manipulada, de buen grado casi siempre, por fatalismo, pereza o cansancio. Aparece un grupúsculo de inconformes (los Peces, más temibles en la película y, entre otras cosas, en favor de los migrantes, confinados como animales) que hace de Theo su puente con el Guardián, quien resulta ser su primo y crecieron juntos.

Hay en el poder un interés patético por las obras de arte y los objetos que dejará la humanidad para los arqueólogos que nunca llegarán, como no sea de otra galaxia. Londres nuevamente es escenario de un futuro terrible, como en las novelas de Doris Lessing, Anthony Burgess, China Mieville, George Orwell y la mismísima Mary Shelley.

Cuando por fin sale el peine y resulta que Julian (July Ann), la chica que lo contactó y por la cual pese a la indolencia que lo domina siente fuerte atracción, aunque es de otro, está embarazada, la novela se abre a su segundo libro, Alfa, y aunque P. D. James trata de matizarlo, tenemos a Theo en camino a convertirse en el carpintero José de una madre nada virgen, aunque tampoco prostituta como Kee, la madrecita ilegal y negra de la película.

El año de la peste triste es así también el año cero, resquicio de un futuro que parecía cancelado. Cuarón se pronuncia más por la esperanza rebelde que la novelista, quien acorta la promesa utópica con una conclusión no tan heroica.

Phillys Dorothy James, autora de culto de cierto género policiaco, nació en Oxford en 1920 y creció en Cambridge. Llegada la guerra europea sirvió en la Cruz Roja; en 1949 se incorporó al servicio social británico y en 1968 a la policía del Ministerio del Interior en el área forense, donde adquirió los conocimiento policiales y forenses que emplearía en sus exitosas novelas Sangre inocente, Mortaja para un ruiseñor, Sabor a muerte Mente criminal.

En Hijos de hombres (Ediciones B, Barcelona, 1994) asume la muerte, ya no de las víctimas específicas de uno o varios asesinatos, sino la de todas las personas, que se desvanecen entre crimen y castigo, xenofobia y autismo, abandono y suicidio. James no resiste la opción de cierta esperanza y, en un final menos abierto que el de Cuarón, pero con Theo vivo, imagina una salida del túnel inevitablemente en manos del Estado pero bajo la señal de la cruz.

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