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Corte de caja

Por Francisco Ortiz Pinchetti

— Mientras estemos en el vértice inferior de la “V” de la pandemia, antes de que se nos venga encima la tercera ola vaticinada por los que de este tema saben, me parece oportuno hacer un “corte de caja” en la difícil experiencia que ha significado esta desgracia que ha trastocado nuestras vidas, la de nuestras familias, nuestro país y el mundo entero.

El balance obvio de estos 15 meses de emergencia sanitaria se expresa en la cifra oficial de más de 234 mil muertes, a las que podrán sumarse casi otras tantas si se toman en cuenta mediciones llevadas a cabo por entidades nacionales e internacionales independientes, que develan un subregistro de fallecimientos relacionados con la COVID-19 en nuestro país.

Los números, los hechos y las perspectivas nos confirman que la opción gubernamental de manejar la pandemia con criterios políticos y no científicos, contradiciendo inclusive indicaciones de especialistas reconocidos por el propio Gobierno como el Consejo Nacional de Salud, ha tenido resultados desastrosos, de los cuales alguien tendrá que responder algún día. En el mismo sentido habría que inscribir las decisiones acerca de la campaña de vacunación, diseñada otra vez en función de intereses políticos y concretamente electorales y no de los requerimientos reales para asegurar la inmunización de las más personas posibles en el menor tiempo.

La coyuntura coincide por cierto con otro corte obligado, al llegar el calendario a la mitad del sexenio político. Pasó ya el proceso electoral intermedio, que marca un parte aguas. Justo al cumplirse el tercer aniversario del Gobierno de Andrés Manuel, dentro de poco más de dos meses comenzará la cuenta regresiva hacia su final, que por razones naturales se adelanta en términos prácticos al arranque de la contienda presidencial de 2024.

Así, en términos reales, a la presente administración que pretendió con sin igual soberbia llevar al país a una «cuarta transformación» histórica le quedan si acaso 32 meses para cumplir su ambiciosa pretensión, sin que por cierto haya hasta ahora un solo elemento que corrobore un verdadero cambio estructural en la sociedad mexicana. No lo es desde luego el reparto masivo y demagógico de limosnas entre los pobres, cuyo número por cierto va paradójicamente en aumento.

Durante meses, la pandemia nos obligó a un cambio de vida ciertamente radical, que implicó nuestras costumbres, hábitos, relaciones, vivencias. El encierro que en un principio supusimos pasajero, de tal vez un par de meses, se prolongó y prolongó en medio de un ambiente primero de tensión, luego de alarma y después de franca angustia a medida que nos enterábamos por los medios del incremento de contagios y sobre todo de hospitalizaciones y casos graves que requerían cuidados intensivos que incluían la intubación.

Llegó el momento, cuando menos en mi caso, en que las informaciones sobre la insuficiencia de camas y ventiladores hicieron que la posibilidad de que ese riesgo se convirtiera en obsesión.

Paralelamente a esos temores, y por ellos mismos, tuvimos que modificar nuestra forma de vida cotidiana. En mi caso, dejé de acudir a tiendas y supermercados, a restaurantes y cafeterías, a cualquier sitio que significara reunión de personas, así fueran una cuantas. Esto me llevó primero a depender de los apoyos logísticos de mis hijos para poder disponer del avituallamiento mínimo de alimentos, medicamentos y otros insumos indispensables y luego a los servicios a domicilios de los supermercados y, eventualmente, de restaurantes.

También fue necesario rediseñar mis espacios personales y mis tiempos, idear nuevas formas de trabajo y diversión, para lo cual dispuse de la herramienta maravillosa que es el Internet. Durante la primera etapa de la cuarentena, programé mis salidas al parque de enfrente para realizar caminatas con las más exageradas previsiones posibles, así como lecturas y audiciones musicales que incluyeron conciertos completos a cargo de afamadas orquestas internacionales.

Debo reconocer que en esa etapa la vida de encierro llego a fascinarme un poco, porque entre otras cosas me permitía llevar a cabo actividades que normalmente había ya abandonado. Podía «estar conmigo mismo”, como se dice. Era de pronto hasta divertido. La necesidad imperiosa de comunicarme con otros me hizo descubrir aplicaciones como el Zoom y otras para conectarme con familiares y amigos.

Así, pude tener reuniones semanales vía video por WhatsApp con mi pareja, varada en su Guanajuato natal por la propia pandemia. Cada domingo, mantuvimos durante meses nuestro encuentro virtual, para vernos, charlar y compartir alguna botana. También, gracias al Zoom, reencontré a un grupo de entrañables amigos chihuahuenses, los Carcamanes, a los que no veía en años, con los que cada viernes me reúno ahora en una rica tertulia.

El paso de las semanas y los meses fue gastando mi inicial entusiasmo por la vida diferente de la cuarentena, que empezó a hacerse interminable. Se me acabó el gusto por los paseos solitarios, aunque no dejé de hacerlos, y por mis conciertos sabatinos, mis lecturas y mis pláticas por Internet. Poco a poco el ímpetu inicial se convirtió en hastío y después en franco hartazgo, al grado que querer tirar por la borda todas las precauciones y entregarme al riesgo del contagio.

Afortunadamente no ha sido así. He mantenido la disciplina y me conservo a salvo. El saldo final de esta etapa es positivo: estoy vivo y sano. Sin embargo, me aterra un poco el futuro inmediato, por la reiterada inminencia de un repunte de la pandemia y una tercera ola que puede ser pavorosa, como ha ocurrido en otros países. El dato es de este jueves: el número de camas ocupadas por enfermos de COVID-19 en la Ciudad de México se incrementó en 90.4 por ciento en un mes. Casi el doble.

Por todo eso me parece importante hacer este “corte de caja” para replantear nuestra estrategia, antes de enfrentar con renovados ímpetus la eventualidad de una renovada catástrofe. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

¡EL GAAAS…! Seguramente la nueva empresa de Pemex que distribuirá gas LP en cilindros de casa en casa tendrá la misma eficacia que la Cofepris en la adquisición y distribución de medicamentos, la CFE en el suministro eléctrico sin apagones, la Conagua en el manejo del agua o el Banco del Bienestar para la entrega oportuna de los subsidios a los ancianos y los becarios.

@fopinchetti

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