Quitar los grilletes al 68

Por Francisco Ortiz Pinchetti

—Pasadas las conmemoraciones por el 50 aniversario, me parece que es tiempo ya de tener la serenidad necesaria para liberar al 68 mexicano de los mitos que lo agobian. No es justo tenerlo con grilletes. Los hechos del 2 de octubre en Tlatelolco han sido distorsionados y convertido en una leyenda negra que no corresponde a la realidad. La falta de testimonios periodísticos cabales dio lugar a versiones sesgadas o sin fundamento a cargo de algunos líderes del movimiento interesados más en perpetuar su heroísmo que en escudriñar la verdad y de escritores y activistas que rescribieron una historia inexistente, supuestamente basada en versiones dantescas de charcos de sangre y cadáveres apilados en plena plaza o transportados como fardos en camiones militares de redilas.

En la Plaza de las Tres Culturas no hubo aquella tarde una masacre perpetrada por el Ejército Mexicano. Eso es falso. Los soldados no dispararon contra los estudiantes reunidos en la explanada, que por cierto no eran más de seis mil. Llegaron a dispersar con su presencia a los concurrentes al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga (CNH), lo cual desde luego constituye un acto de represión, pero no una carnicería.

Durante todo el tiempo transcurrido desde entonces –cinco décadas ya— no he visto una sola escena fílmica ni una sola fotografía en la que se vean soldados disparando a los estudiantes y vecinos reunidos en la plaza. Ni una sola. En cambio, he constatado en filmaciones como las rescatadas por Carlos Mendoza en Canal 6 de Julio, que los militares ayudaron a muchas personas a escapar. Hay una escena en la que un soldado cubre con cuerpo a un niño tirado en plena explanada.

Los uniformados fueron recibidos con balazos: Contestaron los disparos de francotiradores que se identificarían como integrantes del Batallón Olimpia, instalados en edificios circundantes, particularmente el Chihuahua, en cuya terraza del tercer piso estaba yo, reportero novato. Algunos de los muertos fueron víctimas muy probablemente de la desbandada, que los arrolló.

Los militares, es cierto, barrieron piso por piso del inmueble con ráfagas de fusiles y ametralladoras en respuesta a los tiradores ahí apertrechados y eso pudo provocar un número indeterminado de víctimas en el interior los departamentos y en las terrazas. Sobreviví con un balazo en el muslo izquierdo. Afortunadamente pude salir por mi propio pie.

Estoy plenamente convencido de que todo fue una trampa “intencionalmente mal organizada”, como definió Luis González de Alba, urdida por el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz y operada por el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez. El intento de simular una provocación de parte de estudiantes armados se les escapó de las manos. La confusión resultante fue un acto criminal. Y ellos, Díaz Ordaz –que asumió públicamente la responsabilidad– y Echeverría Álvarez –procesado por genocidio en el gobierno de Vicente Fox Quesada–, fueron los principales culpables. También, según evidencias conocidas, el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial, que mandó a los francotiradores.

Hace un par de años, con motivo de la muerte voluntaria de González de Alba, escribí las coincidencias entre la versión de los hechos que tenía el ex líder estudiantil y mi propia y personal experiencia. Yo estuve, como he dicho, en el tercer piso del edificio Chihuahua aquella tarde infausta. Era entonces un reportero freelance y como tal colaboraba con una revista quincenal, Gente, y con el semanario Jueves de Excélsior. González de Alba, que tenía justo mi misma edad, era un universitario que terminaba la carrera de Piscología en la UNAM y figura prominente del CNH. Estuvimos en la misma terraza y vivimos la misma experiencia, quizá separados apenas por tres o cuatro metros. Nunca sin embargo nos conocimos personalmente.

Luis y yo compartimos tres datos que me parecen centrales. Uno: Inmediatamente que un par de cohetones sale por detrás del edificio de la Cancillería –y no desde el helicóptero que efectivamente sobrevolaba la plaza– y dos luces de bengala verdes descienden lentamente frente al templo de Santiago, individuos vestidos de civil armados con pistolas toman la terraza del tercer piso y someten a estudiantes y periodistas que ahí nos encontrábamos. Era clara su intención de aprehender a todos los líderes del movimiento, que supuestamente estarían presidiendo el mitin, lo cual no era así. Tal fue, pienso, el objetivo central del operativo montado.

Dos: Los primeros disparos fueron hechos desde la propia terraza del Chihuahua por esos individuos vestidos de civil que portaban un guante o un pañuelo blanco en la mano izquierda y que después sabríamos eran integrantes del Batallón Olimpia. En la crónica que escribí, convaleciente, apenas dos días después de los hechos (http://www.sinembargo.mx/01-10-2018/3478843), relaté: “Los hombres armados nos ordenan acostarnos sobre el piso, con las manos en la nuca. Al hacerlo veo cómo uno de ellos, armado con una pistola escuadra, dispara hacia abajo varias veces. Hacia el gentío, supongo. Son los suyos los primeros balazos”. Después de eso se desató la balacera.

El tercer dato esencial es el evidente pánico que se apoderó de nuestros captores ante la respuesta del Ejército, cuyas ametralladoras barrían el edificio, piso por piso. “Me vuelvo y observo que varios de ellos, sin dejar de apuntarnos, agitan una mano, mostrándola hacia el exterior a través de un trozo abierto de la terraza. “¡Blanco!, ¡blanco!, ¡blanco!”, gritan y vuelven a gritar”, escribí. “Vuelven a escucharse disparos, aunque lejanos y aislados. Los sujetos armados vuelven a gritar ‘¡Somos Batallón Olimpia!…’ La desesperación, pone mi texto, “se apodera de nuestros captores. Muchas veces gritan que son ‘Batallón Olimpia’. Nos hacen gritarlo a todos, a coro: ‘Una, dos, tres, ¡somos Batallón Olimpia!…’ Todo en vano. Siguen las balas”.

Acerca del número de muertos no hice ninguna conjetura en mi texto original (que no fue publicado en su momento por la revista Gente, cuyos editores me lo habían solicitado) porque no tuve oportunidad siquiera de ver la explanada de la plaza al salir del edificio. Con el tiempo el tema se ha distorsionado a tal grado de que se afirma que hubo “centenares” y hasta “miles” de muertos o se precisa sin ningún sustento que fueron “más de 500”. Es también falso. Por los relatos de testigos presenciales a través de los años, incluido el propio González de Alba (que habló de entre 30 y 80 víctimas mortales), mi convicción es que no pasaron de 40, incluidos cuatro soldados.

Carlos Ferreyra Carrasco, colega y amigo admirado, vivió como corresponsal de la agencia Prensa Latina el episodio debajo de una camioneta y a la sombra de una tanqueta “que disparaba su cañoncito contra las ventanas de los edificios”, en las inmediaciones de la plaza. Pudo ver cómo soldados protegían a los estudiantes y vio caer herido a un uniformado, que resultó ser el general José Hernández Toledo, comandante de paracaidistas. Carlos estuvo luego con el fotógrafo Armando Salgado Salgado en la Tercera Delegación, donde fueron llevados los cadáveres. Y escribió que, “por testimonio personal puedo aseverar que sólo hubo algunos más de 30” muertos. Salgado tomó las fotos de esos cuerpos, las que se han reproducido en todas partes –sin darle crédito al autor– y que han sido manipuladas sin rubor. La lista de víctimas inscrita en un monumento colocado en la propia plaza luego de convocar a los familiares, sólo incluye 28 nombres.

Sobre la naturaleza y los alcances del llamado Movimiento Estudiantil y Popular de 1968, comparto las apreciaciones del también fallecido Marcelino Perelló Valls, a quien entrevisté 10 años después en Barcelona, donde estaba exiliado. Sus opiniones en buena parte contradicen también los mitos tejidos a través de cinco décadas por quienes no vivieron aquellos acontecimientos.

“El movimiento murió por asfixia, por aislamiento: por su incapacidad para involucrar a otros sectores de la población”, me dijo Marcelino en aquella larga charla, en casa de su hermana Edelmira. Reconoció sin rubor que los estudiantes fueron manipulados por sus líderes, “como éstos lo fueron por entes desconocidos”. Y enfrentó de pronto un tema polémico: “Es una exageración hablar, como se hace, de un movimiento ‘estudiantil y popular’. El nuestro no lo fue nunca. Precisamente la carencia del componente popular fue lo que lo condenó a muerte, como les ocurrió a otros movimientos estudiantiles en el mundo”.

Sin embargo, y lo dijo también con vehemencia, “políticamente, el movimiento triunfó. Su gran victoria fue haber quebrado los instrumentos políticos del Estado mexicano, que tuvo que recurrir a la pólvora. El movimiento de 68 se auto disolvió y eso lo salvó: impedimos que fuera institucionalizado, usado. En ese sentido, el acto más revolucionario del movimiento fue su propia disolución”. Más tarde, ya al despedirnos, me dijo a manera de conclusión, ya de madrugada: “En un momento dado nos encontramos con una gran fuerza en las manos y no supimos qué hacer con ella: fuimos incapaces de vencer. Tres meses después, aprendimos a perder y perdimos bien”.

Pienso que poco abona a la valoración cabal del Movimiento y su trascendencia histórica el mantenimiento de mitos que convierten los hechos del 2 de octubre en una “matanza” de estudiantes indefensos. Es necesario, ya, rescatar al 68 de esas ataduras. Sólo así podrá hacerse un análisis cabal de su verdadero significado y sus alcances. La represión de la protesta juvenil, que incluyó además de muertos y heridos la persecución y cárcel para muchos de sus líderes, fue suficientemente grave como para tener repercusiones a través de años y décadas. No hace falta agregarle adjetivos. Válgame.

@fopinchetti

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