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Letra impresa

Por Jesús Chávez Marín

― Les voy a contar, para ver si queda como lección que guarden los siglos, tres momentos cumbres en las vidas ejemplares del periodismo chihuahuense:
Primero. En los anales de la tradición oral, vigorosa en las cantinas y los cafetines del centro, donde periodistas y escritores era habituales, la leyenda registra que, una mañana de mal humor, la planta entera de redactores y reporteros de El Heraldo de Chihuahua llegó atropelladamente y penetró en masa a la oficina del director. Aquellos redactores bárbaros le anuncian a su regordete jefe que, si no les aumentaba a todos y a cada uno en ese mismo instante el desnutrido salario que para entonces recibían cada quincena, la edición de la mañana siguiente no saldría. Es más: que si allí mismo no les subían el sueldo, simplemente se negarían a seguir trabajando. Y a ver cómo le hacían en adelante para redactar, formar, diseñar, investigar, fotomecanografiar y todas las tareas y trabajos con los que se producía un matutino. A ver cómo carajos le iban a hacer.
Cuentan las historietas, las cuales jamás fueron documentadas ni llegaron a constar en libros, que el director dijo:

―Má, cómo no. A huevo. El periódico sale porque sale. Brincos dieran, bola de haraganes. Van a ver si no. Para empezar, quedan todos ustedes despedidos y lléguenle, pero rapidito, a la Caja por su liquidación.
Entonces el director salió a la calle y, a los transeúntes que pasaron ese día frente al edificio de aquel periódico, les iba preguntando:

―¿Quiere ser usted periodista?
A quienes contestaron sí, los contrató allí mismo, les enseñó según él a redactar en tres patadas y, claro, el periódico salió a tiempo la madrugada siguiente para que los niños y los demás voceadores lo vendieran oportunamente.

Aquellos transeúntes neoperiodistas eran: el nuevo periodismo de Chihuahua.

Segundo. Una fotonovela algo más posmoderna sucedió en otra de nuestras gandallas y pintorescas empresas periodísticas: se cuenta que, ya muy cansados por el salario miserable y por los malos tratos del neurótico director, en la atmósfera oscura y asfixiante de tal ambiente de trabajo, uno a uno fueron renunciando los reporteros de aquel matutino, en cuanto conseguían algún otro empleo donde fuera. Llegó un día, cuando el problema en la sala de redacción fue ya grave, la empresa empezó a contemplar la posibilidad de contratar nuevos redactores.

Pero como ya no consiguió en la ciudad de Chihuahua quien quisiera trabajar para ellos, los jefes se fueron a la graduación de una universidad al sur de la patria, Veracruz para ser exacto, y contrataron completita a la nueva generación de licenciados en ciencias de la comunicación de aquel año, para que se vinieran a reportear en las resolanas y en las nieves del norte mexicano.

Aquellos neolicenciados eran: el siguiente nuevo periodismo de Chihauhua.

Tercero. El director fundador del periódico Novedades de Chihuahua fue el escritor José Fuentes Mares: uno de nuestros héroes civiles más respetados, lo mismo por su vida llena de pasión como por su muerte, de valentía y honor, lección alta dignidad y estoicismo al enfrentar a la leucemia.
Fuentes Mares inauguró en Chihuahua una costumbre que en aquellos años era extraña y hasta exótica: pagar sus textos a los escritores que Novedades publicaba en sus bien diseñadas páginas.

Aquel año de feliz memoria Novedades de Chihuahua llegó a tener la mejor sección editorial que se recuerda en la historia no oficial del periodismo chihuahuense y además, un suplemento dominical que sí pagaba los textos a sus autores: Tragaluz, aventuras y leyendas dominicales, a cargo del poeta Luis Nava Moreno.

José Fuentes Mares fundó la dignidad laboral para los escritores de Chihuahua.

Pasaron varios meses. Al año y medio Eloy Vallina, dueño de aquel periódico que había fundado y dirigido Fuentes Mares, empezó a dar lata con la tacañería monumental que lo caracteriza. Entonces el director renunció.

El funcionario que llegó para sustituirlo mandó de inmediato una carta a los 53 escritores de la ciudad para anunciarles que, desde ese instante, los honorarios “quedaban cancelados”, pero también que, si lo querían, el espacio seguía disponible para ellos donde podrán seguirse expresando libre y gratuitamente. Por supuesto: nadie aceptó. De todos modos la sección editorial siguió apareciendo. La hacían otros escritores, que también los hay, quienes llegaron a sus páginas sin pretender ni un dólar de honorarios.

Los neoeditorialistas que llegaron para quedarse eran: los improvisados de siempre.

Bueno, ya dejémonos de historietas y contemos de inmediato quienes son hoy, en 1992, los redactores de letra impresa:

Los articulistas de partidos políticos con buen presupuesto que se transforman en jilgueros para cantar alabanzas a políticos e instituciones, presentes o futuras. Ellos no cobran su trabajo de escritura, porque en oficinas y dependencias se ven favorecidos por otro tipo de fueros y recompensas.

Los ya escasos idealistas que no cobran su trabajo de escritura porque son víctimas del chantaje sentimental de candorosos sueños de justicia.
Los moralistas y pregoneros de religiones, quienes jamás pretenden cobrar por su trabajo de escritura, porque sería muy feo, ofenderían sus ansias apostólicas y/o romanas y en un descuido hasta pudieran irse al infierno.

Los poetas y cuentistas que no cobran por su trabajo de escritura con tal de pasar a la modesta inmortalidad en revistas que, créanlo o no, resultan buen negocio para sus mafiosos dueños.

Los articulistas que cuentan charras o chascarrillos de su natal Camargo, Jiménez, Parral, Delicias o cualquier región de románticas historias que de tan románticas y color de rosa resultan un asco, quienes jamás cobran su trabajo de escritura porque su comadre lo lee allá en el rancho y les manda decir que qué bonito los echaron en el periódico y cuán famosos han llegado a ser.

Los miembros de una raquítica institución llena de socialités llamada Sociedad de Escritores Chihuahuenses A.C. quienes, con tal de que los publiquen en algún lado, entregan gratis sus más sentidos sonetos, sus crónicas masculaises y las anécdotas chistosas que todos llevamos dentro.

Los profesores eruditos en algo que escriben grandes rollos con notas a pie de página y se los dan gratis a los editores, con tal de engordar hasta el fastidio su currículum académico.

Los teatristas metidos a críticos que publican gratis y con seudónimo sus textos venenosos y rencorosos, con tal de agredir a colegas que recientemente hayan trabajado en algo, por ejemplo: en una puesta en escena.

Acabemos con esta situación. Atrevámonos a llamar a nuestro oficio por su nombre: somos escritores, somos escritoras. Sin falsos pudores de señorita de rancho, digámoslo con toda sencillez: soy escritor, soy escritora. ¿Qué tiene? También es una profesión. Anotémosla sin pena en los hoteles donde preguntan –indiscretos como ellos son– ¿profesión u oficio al que se dedica?: escritor. Punto. ¿Vieron qué sencillo es? No se trata de presumir nada ni de sentirse ridículo: o somos o no somos.

¿Por qué creen ustedes que en ciudad Juárez, por ejemplo, los periodistas y los escritores ganan el doble de salario que los de esta ciudad de Chihuahua? ―Porque hacen ellos valer su trabajo.

¿Por qué en Juárez, como en Monterrey, la prensa es más fuerte, más cercana a su sociedad y de mejor calidad comparada con la prensa de aquí?

―Porque a los escritores les pagan su trabajo.

¿Por qué existe en México un periódico de buena calidad como La Jornada?

―Porque ese periódico contrata escritores profesionales.

―¿Y por qué son profesionales?

―Porque cobran.

No porque sean mejores o más sabios que los escritores aficionados: pueden serlo o no serlo. Pero lo que les da su condición de profesionales, técnicamente hablando, es el salario, los honorarios.

Solo eso.

Igual que los futbolistas: los amateurs no cobran, los profesionales sí. Los primeros son profesionales; los segundos son aficionados y, si no se ponen listos, pueden seguir así la vida entera.

Escritores: sugiero que se decidan, desde hoy, a ser profesionales. Negocien duro, peleen, exijan el valor económico de esa mercancía que ustedes producen: el texto.

(Nota de 2018: Con el advenimiento de los medios electrónicos y las redes sociales, el ambiente de trabajo para los articulistas es ahora bien distinto al que se describe en esta crónica de 1992. Para bien y para mal).

Junio 1992

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