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La educación indígena peligra seriamente

Por Ojarasca/ La Jornada

La educación que ofrecen la federación y los estados a los pueblos indígenas siempre ha quedado a deber. Hasta los más ambiciosos programas de “educación indígena” reproducen la desigualdad y el centralismo. No obstante, a un siglo de las cruzadas alfabetizadoras vasconcelistas, aparece como trascendental lo logrado en materia educativa para los pueblos originarios de México, no pocas veces por obra y lucha de ellos mismos, mas sobre todo por las acciones del Estado, limitadas e ideologizadas pero significativas para millones de niños (y con el tiempo muchos adultos) en millares de comunidades y no pocas ciudades.

A partir del “nacionalismo revolucionario” de Lázaro Cárdenas, que incluso se atrevió a declarar “socialista” a la educación pública y gratuita, la atención a los pueblos originarios encontró vías reales, en buena medida inspiradas en la doctrina indigenista consolidada aquí en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

En una compleja historia de claroscuros y cambios sexenales, la educación indígena ha servido como motor y estímulo de conocimiento y mayores ambiciones formativas para los jóvenes, y a la vez ha operado como factor de aculturación, estandarización cultural y limitante de las lenguas originarias y los pensamientos colectivos. Además de la vocación campesina propia de la civilización indígena, lleva un siglo de que la profesión de maestro se naturalizó en los pueblos y muchísimos jóvenes se hicieron normalistas rurales o urbanos para dedicarse a la enseñanza.

Demasiadas veces errática por descuido institucional o intencionalmente, la red de profesores indígenas (o no) trabajando en las comunidades se extendió por el país. Su misión de fondo fue con frecuencia la castellanización de los indígenas, y gran daño cultural ha causado esto. Pero también significó un factor de cambio, de conciencia política nueva, así que la educación indígena oficial fue, al mismo tiempo, homogenizante y emancipadora. Tanto las luchas magisteriales como las resistencias de los pueblos participaron, y aún lo hacen, en el despertar indígena iniciado en los años setenta del siglo pasado, y potenciado grandemente en el lustro final del siglo XX.

Todo esto para subrayar la importancia de la educación para el siempre desfavorecido México indígena. La crisis desatada por la pandemia del Covid-19, que plantea formidables dificultades a todo el sistema educativo, para los pueblos originarios significa un problema serio que la podría liquidar. Esta preocupación es continental, pues en toda América Latina son los indígenas los primeros que podrían quedar fuera de la educación escolar.

La UNESCO ha alertado que la suspensión de las clases presenciales, ocurrida por la crisis del Covid-19, pone en riesgo “el acceso a una educación inclusiva, equitativa y de calidad para millones de estudiantes, en particular para los grupos menos favorecidos como los pueblos originarios de América Latina y el Caribe… Más allá de la conectividad, el confinamiento ha significado un quiebre en la relación de los pueblos indígenas con sus tierras, la cual es de fundamental importancia para sus culturas, sistemas de creencias y valores espirituales”.

Desde Chile, la alcaldesa de Putre, en el extremo norte de Chile, Maricel Gutiérrez Castro, expuso para la página de la UNESCO el sentir de las comunidades aymaras: “Nuestras vidas han sido restringidas con el fin de evitar las movilidades entre territorios […] una medida necesaria que visibilizó que la forma actual de ocupar los territorios ancestrales es vulnerable”. Al mudarse de la escuela y sus espacios aledaños (talleres, parcelas) a las pantallas de televisión, y con menor facilidad a las computadoras personales, la educación para menores y jóvenes indígenas está entrando en un callejón ¿sin salida? De acuerdo al Diagnóstico de Cobertura del Servicio Móvil en los Pueblos Indígenas 2018 del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas y el Instituto Federal de Telecomunicaciones, “el 64 por ciento de la población indígena identificada tenía cobertura garantizada móvil o internet en al menos una tecnología de acceso (2G, 3G o 4G)”.

El educador y experto totonakú en Papantla, Veracruz, Cecilio Morales, expresó recientemente: “No es lo mismo una educación presencial a una educación a distancia cuando tenemos a una población desprotegida que no cuenta con estos medios digitales” (en el medio electrónico poblano Leviatán, 17/8/2020). Lo mismo podrán suscribir educadores en comunidades de todo el país, del Valle de San Quintín a Oaxaca y la península de Yucatán. La desigualdad ataca de nuevo. ¿Ahora la escuela radicará en el celular?

Hay que insistir en que muchas de las limitaciones y deficiencias que enfrentan las comunidades y barrios originarios se originan en el sistema educativo previo, en un país neoliberalizado donde la educación pública va a contracorriente de la educación “de paga” que se adueñó del sistema, convirtiéndolo en “mercado educativo”. Los desequilibrios, la desigualdad, la dificultad de acceso y promoción se acentúan hoy enormemente para los educandos.

El problema es general. Al discutir el Programa Sectorial de Educación 2020-2024, anunciado a menos de dos meses del inicio del ciclo escolar 2020-2021 y en medio de la pandemia ocasionada por el Covid-19, la investigadora de la Universidad Iberoamericana y coordinadora del Faro Educativo, Arcelia Martínez Bordón, señaló a fines de agosto: “Se ha desvanecido la idea de la escuela como unidad de cambio donde confluyen varios actores en un trabajo coordinado y colaborativo”. Al poner en manos de las televisoras privadas la escolaridad en tiempos de desmovilización absoluta de la escolaridad “presencial”, el Estado parece tomar un atajo fácil que también puede derivar en la entrega de la escuela a sus proverbiales enemigas: Televisa y Televisión Azteca. Teniendo como titular de la Secretaría de Educación Pública a un directivo menor de una de estas empresas de entretenimiento y publicidad, es posible que la transferencia resulte natural desde las instituciones mismas. Sea o no reversible, representa una desgracia, que se suma a la de Internet como única herramienta alternativa.

Más allá del problemático acceso a las señales de televisión o Internet, en los pueblos quedarían desterradas la escuela y sus funciones convivenciales y de experiencia colectiva, de diálogo, deporte y hasta diversión (que no es lo mismo que entrenamiento). Ciertamente las herramientas tecnológicas son un recurso extraordinario en manos de quien sepa o pueda aprovecharlas, pero dadas las condiciones actuales, la educación a distancia en sus distintas modalidades funciona como nueva andanada aculturizadora.

Más que nunca, es indispensable que las propias comunidades construyan y alimenten la educación, en sus lenguas y códigos culturales, con carácter autónomo y renovada vocación liberadora.

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