Gustavo Esteva

No lo quisimos creer. Nos lo advirtió el finado subcomandante Marcos hace más de 20 años. Pero no lo quisimos creer. Nos pareció una metáfora útil para el análisis, no lo que era, una advertencia. Estamos ante una guerra. No podemos seguirnos comportando como si no lo fuera o no nos tocara directamente.

Tiene aspectos abiertamente criminales. México es ya el país más violento del mundo, en particular para ciertas categorías de personas, como periodistas, dirigentes sociales y defensores de derechos humanos. En esta administración se producen ya cuatro asesinatos por hora. Zonas cada vez más amplias del país están controladas por la fuerza. En algunas son los llamados cárteles, que distribuyen despensas o imponen toques de queda. En otras está la Guardia Nacional, que tiene ya efectivos tres veces superiores a los de la guerra de Calderón, junto a fuerzas paramilitares y grupos de choque. Algunos de éstos son una metamorfosis grotesca de organizaciones sociales, como quienes acaban de atacar a bases de apoyo zapatistas; otros son desprendimientos aguerridos de sindicatos cetemistas, que controlan lo mismo obras públicas que sistemas de transporte. Nada de eso, por cierto, se considera corrupción. Lo consiente o promueve el gobierno.

La guerra modifica las relaciones sociales y los patrones de vida. Reduce las modalidades clásicas de la condición obrera y margina el sindicalismo, que en Estados Unidos regresó ya a los niveles de principios del siglo XX. En México desmanteló nuestras capacidades productivas, mediante el libre comercio que pactó Salinas y se profundizó el año pasado con gran entusiasmo de Trump. Los trabajadores del sector manufacturero se encuentran sobre todo en maquiladoras, en las cuales predominan las mujeres, muchas de ellas indígenas.

Desde los años 90 la guerra creó una nueva clase social: los desechables, los que nunca querrá contratar o usar el capital. Los desechables empezaron a ser desechados. El Banco Mundial diseñó, para los que quedaran, programas que los mantuvieran bajo estrictos niveles de subsistencia y les permitieran cumplir funciones como consumidores. En esta administración se llaman programas sociales.

En 2003, el finado parecía anticipar la forma pandemia de practicar la guerra, cuando describió la nueva forma del complejo industrial: “Algunas ovejas se trasquilan y otras se sacrifican para obtener alimento, las ‘enfermas’ son aisladas, eliminadas y ‘quemadas’ para que no contaminen al resto”. En esta guerra, la dignidad, la resistencia, la solidaridad, estorban. No se destruye físicamente al género humano, pero se le destruye en cuanto ser humano. No sólo pierden esa condición los sicarios o los funcionarios etnocidas. También la pierden quienes se enchufan a dispositivos electrónicos que los formatean y controlan. En 2011, poco antes de morir, en una carta a don Luis Villoro, el finado hacía ver que se impone el miedo, la incertidumbre y la vulnerabilidad, una imposición que desde enero tomó la forma pandemia y provocó el ejercicio de obediencia pasiva más grande de la historia humana, para imponer conductas que disuelven lo humano. El confinamiento exacerba todos los individualismos. El cubrebocas impide ver sonreír.

La guerra ha transformado en enemigos a personas del mismo sector social, en el cual compartían intereses y hasta podían ser amigas y compañeras. Son ante todo los desaparecidos que se ven obligados a actuar como sicarios, o quienes no encuentran más opción de vida que alguna forma de delincuencia. Son también quienes cuelgan sus ilusiones de algún mesías y convierten en enemigos a quienes no comparten su fe. Otros forman las olas antagónicas de lo que hoy se llama polarización y en países como Estados Unidos toma ya formas de guerra civil.

Desde 1997 el finado abría la puerta a la esperanza. El imperio de las bolsas financieras enfrenta la rebeldía de las bolsas de resistencia, decía. Y agregaba: Si la humanidad tiene todavía esperanzas de supervivencia, de ser mejor, esas esperanzas están en las bolsas que forman los excluidos, los sobrantes, los desechables. (Para ésta y todas las citas anteriores: Siete piezas sueltas del rompecabezas mundial).

En 2019 esas bolsas se multiplicaban ya por todas partes. Extensas movilizaciones sacudieron a muchos países. Se formaron colectivos cada vez más autónomos, que pronto se consolidaron como núcleos muy sólidos de resistencia. El 8 de marzo de este año la esperanza tomó un sentido nuevo, de peculiar radicalidad. Las mujeres dieron el paso al frente. Quebraron valientemente la pretendida normalidad patriarcal, la que por miles de años naturalizó la jerarquía varonil y su ejercicio violento y destructivo. Con ellas, desde abajo y a la izquierda, se teje todos los días el límite de la guerra y se crean islotes de vida, en que caben aún el goce y la esperanza, aunque alrededor sigan acechando la pandemia y la violencia, en esta guerra abrumadora que parece sin fin.

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