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El espejo de Tezcatlipoca

Por Javier Sicilia/ Proceso

— Tezcatlipoca, el Señor de la Fatalidad y de la Noche, llevaba en su pecho un espejo humeante de obsidiana donde el ser humano debía escrutar su destino. En un espléndido reportaje para The New York Times,­ “La tierra en préstamo: una gramática de la violencia en México”, Juan Villoro tomó ese espejo, encerrado en libros y museos, y lo puso de nuevo ante nuestros ojos para preguntarnos si aún podíamos vernos reflejados en él.

La imagen es aterradora. En el fondo del espejo se delinea el rostro más brutal y sobrecogedor del imperio azteca: El huey tzompantli: un altar en el que se colocaban, unidos con argamasa, los cráneos de los prisioneros de guerra sacrificados a Huitzilopochtli, el dios de la guerra.

“Andrés de Tapia –recuerda Villoro–, soldado de Cortés, creyó distinguir allí 136 mil cráneos, y el fraile Diego Duran 88 mil”; 75% de hombres y 25 de mujeres y niños. Recientemente, en 2015, seis años antes de que conmemoremos la caída de Tenochti­tlán, los arqueólogos lo descubrieron en el número 23 de la calle República de Guatemala, la antigua calzada de la muerte, donde se encontraba el juego de pelota, en el que los perdedores eran también sacrificados. La excavación, en proceso, no puede aún precisarnos su número, pero nos recuerda las más de 3 mil fosas clandestinas que hemos hallado a lo largo de estos últimos años, “la peor violencia –dice Villoro– después de la Revolución”.

Conforme nos acercamos a la imagen más inmediata del espejo, la misma escena continúa apareciendo, como si a lo largo de 500 años México no hubiera dejado de alimentar el siniestro altar. Más que Cristo –en cuyo nombre se han cometido un sinnúmero de atrocidades semejantes, para vergüenza del Evangelio–, son Huitzilopochtli y la muerte quienes parecen determinar nuestro destino. Su imperio surge en cada episodio de la llamada historia patria. Despojado de su mítico origen, el Himno Nacional, pleno de sangre, sacrificios y muerte, resguarda en su exaltación demencial la guerra desatada por el dios contra sus hermanos para vengarse y enaltecer a su madre Coatlicue, ceñida en su cintura con un cráneo. Las decapitaciones, los desmembramientos, los feminicidios, que en los últimos años se han recrudecido, evocan el descuartizamiento y la decapitación de Huitzilopochtli a su hermana Coatlicue, cuyo cráneo es la luna. Hablan también del tzompantli enterrado en el número 26 de República de Guatemala. Las calaveras, que el cristianismo endulzó y que acompañan nuestros altares de muertos, son un tzompantli domesticado. Los narcos rinden culto a la Santa Muerte, cuyos ojos vacíos nos escrutan y reactualizan el destino que guarda el espejo de Tezcatlipoca.

Como en la época prehispánica, el huey tzompantli está allí, cada vez más grande. Es del tamaño de los mil 973 kilómetros cuadrados del país. Vivimos con él. Lo desenterramos en cada fosa hallada, en cada hombre, mujer, niño asesinado, y como Andrés de Tapia y Diego Durán, imaginamos su número, que contabilizamos en 300 mil en estos últimos 13 años. Nadie, sin embargo, le pone fin. Calderón lo promovió; Peña Nieto intentó ocultarlo, hasta que las calaveras de los 43 muchachos de Ayotzinapa fueron puestas en él; López Obrador lo consiente y, mientras agrega más cráneos al tzompantli, lo exhibe como la innoble obra de un pasado que ya concluyó: a ninguno de los grandes capos y funcionarios corruptos que su administración persigue se responsabiliza de esas atrocidades. Se les persigue por delincuencia organizada, lavado de dinero, conspiración… a veces por venganza o cálculo político; nunca por asesinato y desaparición. Nadie pregunta por su contribución en la pared inmensa y aterradora de ese huey tzompantli en que se ha convertido el país. Lejos de ello hemos incorporado a su construcción una nueva modalidad, el linchamiento.

Mientras desde lo más puro y exquisito de su tradición las comunidades mayas del sureste mexicano nos dan una hermosa lección de vida y dignidad, en el espejo humeante de Tezcatlipoca que Villoro puso ante nosotros, Huitzilopochtli avanza con su cuchillo de obsidiana vuelto sierra eléctrica, metralleta y desprecio. Los poetas prehispánicos, recuerda el escritor, repudiaron esa sumisión a la muerte en su poesía, cargada, como algunos salmos, de “angustia, tristeza” y nostalgia. “¡Soy desdichado!/ he quedado abandonado/ al lado de la gente en la tierra”, escuchamos aún a Netzahualcóyotl. Sus herederos también resisten. “Allí vienen/ los descabezados/ los mancos,/ los descuartizados”, escribe María Rivera en “Los muertos”, el poema emblemático de estos años atroces. “Esto es el país de las fosas/ […]/ de los aullidos/ […] de los niños en llamas/ […] de las mujeres martirizadas/ Este es el país que ayer apenas existía”, responde David Huerta.

Pero el poder es sordo. No sabe de poesía. Sabe de la dominación arcaica o de la retórica que la encubre bajo el manto protector de una democracia vacía. En ella el rito atroz del tzompantli se transforma en un show macabro que alimenta las series televisivas, el horror, la violencia y la dominación de la muerte. “En el año más violento de nuestra historia reciente –dice Villoro desde el espejo humeante de Tezcatlipoca– resuena la voz del poeta náhuatl: la vida es incierta en la tierra que nos fue prestada”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

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