Por Gustavo Esteva

— Llovió en mi milpa electrónica…

No me fue bien. Los correos expresaron sobre todo disgusto y rechazo. Molestó que mostrara la confesión etnocida del gobierno. Me atuve al viejo principio legal: a confesión de parte, relevo de prueba. Pero no fue suficiente. Se quieren pruebas de que este gobierno no es tan bueno como él dice. Los críticos estaríamos en algún cajón dogmático o alguien pagaría nuestra ceguera e incomprensión. Nos mezclan con quienes tratan de salvar los restos de lo que tenían, como los tres ilustres compadres –PRI-PAN-PRD–, o con opositores de extrañas ideologías de derecha.

El gobierno confesó que el Tren Maya incurrirá en etnocidio, tomando la definición de Rodolfo Stavenhagen: “El proceso mediante el cual un pueblo…pierde su identidad debido a políticas diseñadas para minar su territorio y la base de sus recursos, el uso de su lengua y sus instituciones políticas y sociales, así como sus tradiciones, formas de arte, prácticas religiosas y valores culturales. Cuando los gobiernos aplican estas políticas, se vuelven culpables de etnocidio”.

Tanto las autoridades como sus defensores afirman que ese etnocidio se habría transformado en etnodesarrollo, la capacidad social de un pueblo para construir su futuro, utilizando para ello las enseñanzas de su experiencia histórica, y los recursos reales y potenciales de su cultura, de acuerdo a un proyecto que se adapte a sus propios valores y aspiraciones futuras, según la definición que tomaron de Guillermo Bonfil. Afirman que esa notable metamorfosis se habría logrado con la consulta del año pasado.

Lo sostiene, por ejemplo, un comité municipal de Campeche, que dice representar a 64 comunidades mayas, tzeltales y choles de Calakmul. Le parece veladamente racista pensar que por nuestra condición indígena fuimos engañados, o no tenemos capacidad de decidir lo que mejor nos conviene. Advierte que justo cuando abrazaron una esperanza de progreso al aceptar por consenso la implementación del Tren Maya, personas ajenas afirman que no entendieron lo que aprobaron ( La Jornada, 7/7/20, p. 11).

El argumento es diferente. No decimos que esas comunidades y otras, que comparten esa posición, no entendieron lo que se les presentó. Afirmamos que aceptaron otra cosa. La famosa consulta no fue previa, ni libre ni informada. No se planteó a los pueblos lo que ahora se está revelando. Las comunidades, por ejemplo, no aceptaron su desaparición como pueblos mayas, tzeltales y choles, de Calakmul y de todo el sureste. Se les informó sobre ciertos elementos del plan y se ocultaron otros. Ante lo que hoy se presenta, los pueblos seguramente dirían, con Pedro Uc Be: No queremos colaborar en nuestro asesinato. Queremos luchar para evitarlo. Eso es lo que está en nuestro corazón. Saben bien qué es eso de abrazar el progreso.

Fue un despropósito decir que los funcionarios actuales son peores que los rufianes que los antecedieron, como me acusaron. La frase permite pensar que éstos habrían sido mejores. Hay que aclarar. No creo que los funcionarios de hoy sean más corruptos que los de Peña. Ni siquiera pienso que sean lobos con piel de oveja. Los lobos que están en el gobierno siguen exhibiéndose como lo que son. Lo que quise decir, pero no dije, es que el camino del infierno está lleno de buenas intenciones. Que estos funcionarios pueden cometer cualquier atrocidad, incluso un etnocidio, pensando que le hacen bien a la gente y que eso es lo que ella quiere en el fondo, aunque no lo sepa.

Muchos críticos no tenemos empacho en celebrar buenas intenciones, como la de eliminar glifosato y otros plaguicidas, prohibir transgénicos o combatir refrescos embotellados y otros alimentos chatarra ( La Jornada, 30/6/20). Esperamos que se realice el programa que anunció al respecto Víctor Toledo, secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Que entre el plato y la boca no se caiga esa sopa.

Celebramos el triunfo de Sin Maíz no Hay País, al detener la legislación que amenazaba las semillas nativas. Nos preocupa que pueda resultar efímero. El Presidente fue a Washington a celebrar el nuevo tratado de libre comercio, que continuará el desmantelamiento de México que empezó con el que firmó Salinas en 1993. Son dispositivos que subordinan al país a intereses ajenos y convierten la soberanía nacional que el Presidente cree haber ido a defender a Estados Unidos en pieza de museo. Ese viaje fue enteramente innecesario e inoportuno ( La Jornada, 7/7/20, p.2).

El afiliado ideal de un régimen totalitario –dijo alguna vez Hanna Arendt– no es el nazi convencido o el comunista fanático, sino la gente para la cual la distinción entre hechos y ficciones, lo verdadero y lo falso, ha dejado de existir. Me temo que muchas de esas personas andan sueltas por el mundo. En México las tenemos tanto en el gobierno como aquí al lado, entre personas de todos los colores ideológicos. Si bien podemos aún esperar lo mejor, debemos prepararnos para lo peor.

gustavoesteva@gmail.com

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