Los pájaros del encierro

Por Hermann Bellinghausen

— Nuestra reclusión les dio libertad. Todos nos dimos cuenta, hasta quienes no prestan atención a esas cosas. Como si la ciudad se hubiera llenado de pájaros. Algo temporal de seguro. Por lo regular su asfixia es nuestro barómetro de la contaminación. Pero ante la soledad del encierro y el limitado paisaje de ventanas, balcones y azoteas, no importa que tan industrial, residencial o comercial fueran nuestra cuadra, sus esquinas, postes, maraña de cables, alféizares, alambradas, los árboles que hubiere, jardineras, banquetas, estacionamientos y hasta el sagrado asfalto, en todas partes las pequeñas aves del Valle de Anáhuac que sobreviven la urbanización sin freno donde alguna vez dominaron ríos ligeros, grandes lagos y patos, islotes, bosques y magueyales, salieron a recobrar a nuestros ojos sus existencias, el color de sus cantos, sus plumajes al detalle y sus riñas, sus horarios específicos, su continuo apetito por semillas y migajas.

Protagonistas de nuestra única opción de paisaje, se adueñaron imperceptiblemente de oídos, ojos y pequeños pensamientos. Hubo quien se quejara de la alondra que despierta a muchos antes de la aurora, como gallo en los ranchos. Antes lo hacían los tráileres. O del tonito chillón y pendenciero del gorrión gris, que reclama derecho de antigüedad, pues siempre estuvo, reinó las calles humosas y aplastantes de la vieja normalidad compartiendo con palomas y zanates el hostil territorio demasiado humano acá abajo. Y ahora de pronto se hacen aparentes y abundantes las tortolitas, el ojilumbre, el pinzón, el zorzal cantor, el cui-tlacoche común, chepes, perlitas, verduguillos, mosqueritos, en los campos de la periferia huilotas y con suerte calandria y cardenal.

Como en todo, capítulo aparte ocupan los aguerridos colibríes, chupamirtos o picaflores. En el concierto de los pájaros son mudos. Va su pequeñez nerviosa, incesante, a donde encuentren miel o néctar. Cuántos balcones urbanos los atraen con vasijas colgantes de agua edulcorada para que adornen la vista sin necesidad de flores en maceta. Inmóvil como un colibrí quería ser Henry Miller. Y en general los contemplativos, los devotos de la belleza que no dejan de pensar y envidian al colibrí los músculos de acero que sostienen su vuelo estático. Plantea un koan con sus colores. Rubrica un haikú y desaparece.

Creció mucho el prestigio de la fauna interior, la doméstica, que consiste sobre todo en perros y gatos. Los primeros resultan demandantes y ruidosos, sean gran danés o chihuahua ocupan más espacio que los gatos, que se las dan de ingrávidos. A los caninos hay que sacarlos a satisfacer curiosidad, vejiga y vientre. Los felinos se las arreglan solos, tampoco para eso nos necesitan, hasta cierto punto, pues no perdonan comida ni rincón exclusivo; sin arenero salen a la zotehuela; pasean sin correa.

En mi calle se dejan ver ahora inmensas palomas tornasoladas o inmaculadamente blancas del tamaño de una gallina. Dominan a nivel suelo, aunque lo suyo proverbialmente es cagar monumentos. En las alturas de edificios y árboles reinan las especies compactas. Bastó poner alpiste en la tapa de un frasco en el balcón para que acudiera una pareja de tórtolas, Deivid Martha, él por Bowie y ella por Tom Waits; al principio también se llamó Matilda. Tras unos días de idilio vespertino llegaron los gorriones cabeza roja o mexicanos a reclamar la plaza, y, aunque pusieron controles en el barandal, se les colaron los gorriones vulgares. Una pareja de cabeza roja se volvió tan conspicua como las tórtolas prechilisas (también las hay pechipunteadas, rojizas, azules y oscuras) Deivid Martha.

Como cualquier ornitólogo urbano sabe, los diferendos aviarios son inevitables tratándose de alpiste, migajón, maíz troceado y agua, renovados cada mañana entre dos florecientes geranios, uno rosa y el otro carmesí. El cotidiano concilio de pájaros transcurre con algarabía rijosa, pero cada especie tiene horario, canto y maña. La querella constante de los gorriones rojos y los grises data de antes del imperio azteca, uno sale huyendo y el otro a perseguirlo en un trajín rutinario.

Deivid Martha reclaman su derecho, son más picudos y si los importunan abultan el vasto pecho. Lo que tienen los gorriones es que son montoneros. Llega Deivid al pretil, observa el escenario y si lo ve tranquilo, emite un dulce zureo para que venga Martha a despacharse las semillas. A veces Deivid debe mantener a raya a los gorrones.

Así se pasan los días, las semanas. Las cifras de contagios y muertos humanos siguen creciendo. Impacientes, preocupados por una cosa o por otra, más evasivos que antes, desconcertados, quizás irresponsables, ya salimos y estamos arrinconando de nuevo a los pájaros del Anáhuac. Una golondrina no hace verano.

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