En la ciudad ininterrumpida

Por Hermann Bellinghausen

— Cada día amanece como a la mañana siguiente de algo tupido, no queda claro si una catástrofe, una catarsis colectiva, una particular alteración del clima, un sueño inquieto. Sin necesariamente habernos emborrachado anoche, nos internamos con tremenda cruda en los días calurosos. A la sombra la primavera no se siente, será por el poco tráfico, porque no tenemos prisa o tenemos la ropa floja. Grupos reducidos de personas deambulan, rondan, desconfían, aguardan, pasean al perro (actividad esencial contemporánea). Se avistan chiquitos empujados en carriola, pero no niños de los que caminan, porque como en toda resaca, la infancia permanece guardada y descuidada. A los chavitos les gusta que los descuiden a ratos, pero no todo el tiempo. ¿Cómo saber qué pasa con niños y niñas si los patios de las primarias y los kínder están desiertos y en sus jardines domina la maleza? Y los bachilleratos públicos, todos pintarrajeados, algunos vandalizados. En resumen, la escuela está muerta.

Los parques parecen cementerios visitados sólo por los pájaros. Transeúntes y despistados con bocas y narices tapadas nos sofocamos. Nos suda el bigote. Quienes añaden careta de mica ven un mundo borroso, rayado, viscoso. Como que nos falta el aire, habiendo tanto. Los que enferman por el virus batallan el resuello y no librarla significa morir asfixiado. Ese miedo nos lleva por las calles conteniendo el resuello. Inspirar cerca de otros se volvió peligroso. Como diría Miguel Hernández, por doler, nos duele hasta el aliento.

Las centrales camioneras lucen desoladas. En la de Norte resiste un enjambre reducido y tenaz. La del Sur en Taxqueña nunca fue más triste. A la Tapo no alcanza para calentarla la irradiación hoy apagada de la Candelaria de los Patos, Tepito, la Merced, la Lagunilla, el Centro Histórico, el pretencioso y siempre decepcionante Congreso de la Unión. De los puestos multicolores y abrumadores quedan sus jaulas y varillas en despobladas hileras entre las que pululan teporochos y una floreciente variedad de nuevas situaciones de calle, otra epidemia, que se desborda hacia los cruceros y mendiga hostil o patética a la luz de los semáforos.

Se ha vuelto difícil vernos a la cara. Las muchachas y los muchachos ya no saben si se gustan o si se sonríen. El rostro parchado intenta hacerse el chistoso con flores o calaveras, inútilmente. Peor aún las caretas acrílicas de las cajeras y los adultos mayores, esas opacan el brillo que pudiera existir en los ojos.

Un malhumor disimulado aqueja a quienes tienen miedo, y más a los que alardean de no tenerlo. Sin cara somos indistintos.

Se ha podido constatar que una necesidad vital de los chilangos es comer tacos al pastor contra viento y marea. Sitiadas por clientes dispuestos a desenmascarse, las bolas de carne anaranjada se cuecen y fríen por las esquinas de los cuatro rumbos. En Chimalhuacán, el Olivar de los Padres y los ejes de Iztapalapa, los trozos de fiambre para el hambre caen en su tortilla al ataque diestro del taquero. Por la Villa no tanto. Muchos se juegan la vida por un taco con todo y una Coca, aunque en escasez de cervezas la última estación sea el Tonayán, antesala del alcohol adulterado y la ceguera metílica, otra epidemia de la hora (sepultada por los otros datos).

Algo hay de insultante en las tétricas tiendas-banco de usurero que, contra la ley y el decoro, no cerraron ni en la cresta de la cuarentena (en primera y proletaria línea Elektra y Coppel, cuyo éxito es abusar del pobre). Nos internamos en una edad geológica de filas interminables, peor que antes y sin socialismo que las justifique, por más que chillen en contrario los sepulcros blanqueados de colonia rica cuando salen en convoy para insultar a los plebeyos. Al pirruris lo ahogan los sucios, los nacos y los prietos.

Repartidores como moscas zumban en todas direcciones y tocan timbres como antes los carteros y los aboneros. Me lleva la que me trajo, nos quejamos los buenos, los feos y los malos. Mientras las clases media y semialta bromean de cuánto las engordó el encierro, la gente de la calle se nota cada día más flaca.

Mucha banda encerrada saquea su nostalgia buscando en You Tube y Vimeo una banda sonora que las desaburra y les recuerde que fueron jóvenes, aunque para tanto desasosiego permanente no hay música ni series que rindan. Pienso al azar en los susurros de Libro de los días, de Meredith Monk, con su hipnótica fluidez que abarca amaneceres y ocasos, cuevas, ceremonias quietas y hasta una Plaga. Cantos sofocantes, guturales, preverbales, en el umbral de la Nada según la mirada de una niña asombrosa.

La ciudad está como ausente. Volverá cuando hayamos recuperado la cara.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *