La marcha, en marcha

Hermann Bellinghausen

— Como fenómeno mediático y asunto de discusión pública y privada, la aún no efectuada movilización femenina del 8 de marzo, y la desafiante no-movilización del día después muestran alcances históricos. Batalla ganada de antemano, una batalla en sí misma. No hay conversación en los diversos estratos sociales y sectores ideológicos que ignore la marcha, o la lucha, o la cuestión de las mujeres aquí y ahora, la explotación, los abusos, las abducciones, las violaciones y los feminicidios, en conjunto, una epidemia peor que los manipulados miedos al coronavirus. Causa más daño, aunque los mercados no sean sensibles. No hay vacuna contra una ni otra epidemia, pero mientras el virus pasará, la feminofobia seguirá hasta donde nuestra sociedad lo permita. El flagelo mexicano es grave, deja secuelas profundas y llega a ser letal de maneras espantosas. No hay una sola voz que lo desmienta, aún entre la vocinglería que promueven las redes sociales y los vientos políticos. O casi ninguna.

Sorprendentemente, el gobierno federal adoptó posturas de reticencia, pasó de la suspicacia ante la ola de protestas, exigencias y razones de peso, a una confrontación de escasos matices. Detectó niveles alarmantes de conservadores (conservadoras) entre las etiquetas convocantes, pues el llamado se expandió imparable y nadie quedó indiferente. La reacción de Andrés Manuel López Obrador pareció más de un candidato en pugna que de un jefe de Estado, se sobresaltó en vez de poner el peso de su investidura (y si se quiere, de sus famosos 30 millones de votos) al servicio de todas las mexicanas, mostrar empatía incondicional con las demandas expresadas y por una vez abarcar a todos, incluyendo a los oponentes que apabulló en las urnas y permanecen hundidos en las encuestas. Cuenta con el gabinete y las estructuras de gobierno más paritarias de la historia. Qué le costaba asumir el clamor, anunciar medidas extraordinarias a la altura del problema, enfrentar a fondo la descomposición feminicida, las discriminaciones, los estigmas del machismo y la violencia contra el sexo opuesto (como se llamó por siglos al también sexo débil). AMLO y sus cajas de resonancia arremetieron contra figuras menores como la señora Zavala de Calderón y la derecha provida de pronto feministas, que también se manifestarán, y regateó reconocimiento a las encapuchadas que manchan monumentos y hacen travesuras. Pudo ser pedagógico, no moralista.

Prefirió destacar la mano negra, a pesar de que los empresarios, los rectores y hasta su secretaria de Gobernación apoyan las protestas. Puede aún anunciar medidas de seguridad excepcionales y sensibles ante las acciones que se anuncian en el país, atender como jefe de Estado las candentes exigencias que pueblan el aire desde hace rato en universidades y centros de trabajo. ¿Qué le impide ser un presidente que empatiza, además de con sus millones de seguidoras y seguidores, con las chicas radicales, las monjas que anunciaron su participación, las maestras, amas de casa, trabajadoras domésticas, empleadas que son madres, esposas, hermanas e hijas de todo mundo? Hoy, quién que es no vive en riesgo sólo por ser mujer.

Las marchas no son en contra suya. Sí, lo interpelan. ¿Qué esperaba? Es el Presidente. Las evidencias saturan estadísticas, nota roja, la vida cotidiana familiar, laboral, callejera, escolar. Ahora queda la sensación de una oportunidad perdida, quizás única, pero en fin.

Vivimos las horas de un México rijoso, polarizado. Por todos lados asoman moros con tranchete, oscuros intereses, complots de unos contra otros. Eso qué tiene de raro. ¿Para qué dividir entonces el clamor, adjetivar facciones, satanizar oportunismos de quién sea, si es uno de los pocos asuntos a los que no cabe ningún reparo?

En otro orden, resulta patético ver al mundo del sexo fuerte dar permiso, palomear y autorizar la marcha y el paro del día siguiente. Como si las mujeres pidieran permiso. No obstante, el avance hacia una nueva mentalidad comienza a ser palpable. Se expande en comunidades originarias y campesinas, clases trabajadoras, usuarias y usuarios del Metro. Se decantan las coordenadas para definir el abuso. Hay diferentes enfoques (muchas activistas indígenas se deslindan de la etiqueta feminista urbana), pero en lo esencial escriben la misma página. Nunca antes fue tanta la conciencia, ni tan abierto el descontento contra la ignominia estructural que padecen niñas, jóvenes y adultas. Los días reales de millones de ellas siguen siendo infernales. Las marchas y los paros son apenas el comienzo.

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