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Veracruz, 500 años

Por Francisco Ortiz Pinchetti

—Regresé nuevamente a Veracruz atraído por la añoranza que ejerce sobre mi ser, diría el maestro Agustín, el Cuatro Veces Heroico puerto del Golfo de México. Esta vez mi llegada coincidió un tanto de manera fortuita con los prolegómenos de la celebración de los 500 años de la fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz, ocurrida el 22 de abril de 1519, un Viernes Santo como hoy.

Se trató del primer Ayuntamiento de la América continental, creado por el conquistador Hernán Cortés y sus compinches, Francisco de Montejo y Alonso Hernández de Portocarrero, apenas arribaron a las playas frontales del islote de San Juan de Ulúa. Y también de la primera ciudad fundada por españoles en tierra firme del Nuevo Continente.

La afortunada efeméride, que se cumple precisamente el próximo lunes, alentó por supuesto mis nostalgias, de por sí recurrentes siempre que estoy en el entrañable Puerto de las palmeras borrachas de sol, originadas en mis años infantiles cuando con mis padres y hermanos viajaba en el ya desaparecido Ferrocarril Interoceánico (llamado así por ser parte del frustrado proyecto porfirista de comunicar por vía férrea al Pacífico, desde Acapulco, con el Atlántico, en Veracruz), que inauguró con un viaje en él el presidente Sebastián Lerdo de Tejada el 1 de enero de 1873.

Era un tren nocturno que partía de la vieja estación de Buenavista, en la capital, a eso de las ocho de la noche y cumplía el trayecto de unos 500 kilómetros para arribar a la hermosa estación Veracruz de afrancesada fachada, construida en 1911, alrededor de las nueve de la mañana, oficialmente…

Viajábamos en localidades de los carros dormitorios Pulman, ya fueran literas individuales, camerinos o alcobas familiares, según anduvieran las finanzas paternas. Había un carro comedor, al que por costumbre acudíamos para cenar apenas arrancaba el convoy y el conductor de filipina y gorra blancas hacía sonar una pequeña marimba para anunciar el inicio del servicio. “¡A cenar!”, invitaba por los pasillos, “¡a cenar!”.

Los retrasos del tren, atribuidos a maniobras mañosas del personal para cobrar horas extras, eran tan frecuentes que se convirtieron en parte de la diversión. No olvido la emoción de levantar un poco la cortina de la ventana del vagón para mirar de madrugada el paso por las diferentes estaciones del trayecto, Cardel la última. El primer viaje que recuerdo lo hicimos tal vez en 1951, hace 68 años, cuando tenía apenas siete años de edad. Conservo la imagen de nuestro arribo, la alharaca y la rebatiña en el andén de los maleteros que se ofrecían a cargar nuestro equipaje. Durante los cincuentas y los sesentas Veracruz fue nuestro destino vacacional anual más permanente, alternado sólo ocasionalmente con Guadalajara –también por tren— o Tuxpan.

Nos hospedábamos invariablemente el hotel Castelán, una construcción de dos niveles ubicada en la avenida costera justo enfrente de la Playa Hornos –donde ahora se ubica el Acuario de Veracruz—por los rumbos de Villa del Mar. Sólo teníamos que atravesar la calle de asfalto ardiente para estar sobre la arena oscura sobre la que se deslizan las olas del mar. Mis padres gustaban de pasar las tardes en una mecedora de la terraza superior del modesto alojamiento, donde lo más grato además de la vista marina era la suave brisa del norte.

He de contarles que pocas veces he disfrutado mi estancia en el puerto jarocho como en esta ocasión, sin duda influenciado por la conmemoración del quincentenario. Sobre todo al constatar que a través de las décadas se han conservado lugares, costumbres y características fundamentales. Una pérdida irreparable en este lapso fue desde luego la del tranvía eléctrico, que luego de recorrer las calles del Puerto durante 73 años –a partir de 1908— hizo su último viaje el 15 de junio de 1981. Era parte del paisaje urbano y de la naturaleza misma de la ciudad, pero la modernización del transporte no lo perdonó. Se conserva uno, el 001, en una vitrina frente al Parque Zamora, donde íbamos sin falta a tomar nieves de frutas.

La desaparición imperdonable del icónico Gran Café de la Parroquia, fundada en 1808 frente a la iglesia de la Virgen de la Asunción, hoy Catedral de Veracruz, fue parcialmente mitigada por el surgimiento de La Parroquia de Veracruz y el nuevo Gran Café de la Parroquia, hace respectivamente 40 y 25 años, en el Malecón del Puerto. Ambos establecimientos, contiguos, que ahora cuentan con sucursales y franquicias dentro y fuera del estado, son sitio de reunión de parroquianos locales y visita obligadísima de turistas.

Se conservan en cambio los portales, donde los parroquianos ven transcurrir cerveza en mano las tardes desde las terrazas del Regis o el Bar Palacio. En el Prendes todavía le pueden servir un Mint julep veracruzano auténtico (con yerbabuena, brandy, jerez seco, angostura, azúcar y hielo frapeé), que era la bebida preferida de mi madre, Emily, siempre que visitaba Veracruz. Y cada martes, jueves y sábado tienen lugar como siempre las tardes de Danzón, en el zócalo, frente al histórico Palacio Municipal, de siete a ocho.

Sobreviven también las nieves del Malecón, con sus gritones (“güero, güera, güero, güera”), los puestos de puros de San Andrés Tuxtla en la plaza, y la esencia de vainilla, los veleros de manera a escala y las artesanías en concha del mercado “Miguel Alemán Valdés” (que luego uno no sabía qué hacer con ellas), los volovanes de jaiba y jamón con queso en las esquinas, la marimba y los jaraneros jarochos, contaminada lamentablemente su música por grupos dizque “norteños” y mariachis desentonados. Siguen en pie –y en servicio— hoteles tan emblemáticos como el Diligencias, el Veracruz y el Emporio. Y desde luego el fuerte de San Juan de Ulúa, con todo y su leyenda de Chucho el Roto.

Y todavía puede uno disfrutar pese al explosivo desarrollo urbano de la zona, de las playas lejanas de Mocambo, mucho mejores que las del mero Puerto, e ir a comer mariscos a los numerosos restaurantes de Boca del Río. En Mandinga permanece algún restaurante rústico en el que pueden todavía degustarse ostiones en su concha recién sacados de la laguna, aunque francamente ya es poco recomendable.

En suma, en mi personal Veracruz 68, enmarcado por los 500 años de la fundación, perduran los recuerdos de tantos años y tantas vivencias, enriquecidos por mi reciente visita, que seguramente me habrán de llevar algún día nuevamente a este puerto de mar, que definitivamente vibra en mi ser… Aunque suene así de cursi. Válgame.

@fopinchetti

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