El obispo y el represor

Por Ernesto Camou Healy
Rolando Álvarez es el obispo de Matagalpa, al Norte de Nicaragua, y administrador de la diócesis de Estelí. A los 44 años, en el 2011, fue ordenado obispo y desde entonces sirve al pueblo en una región norteña del país centroamericano.

Él sabe que su misión es proclamar la Buena Nueva y hacerlo desde una perspectiva enraizada en la realidad del pueblo al que vino a servir. Tiene conciencia también de que la salvación que anuncia es espiritual y encarnada, personal y comunitaria.

No parece un clérigo radical, sino un pastor que quiere vivir su fe en compañía de su grey. Pero vive y trabaja en un país hondamente perturbado: Durante décadas, desde 1937, Nicaragua fue controlada por una dinastía dictatorial: Anastasio Somoza el primero, luego su hijo Luis y finalmente su otro vástago, también Anastasio, y conocido un tanto despectivamente, como “Tachito”.

A principios de la década de 1960 un grupo de revolucionarios fundó el Frente Sandinista de Liberación Nacional para luchar contra la dictadura de los Somoza. Daniel Ortega se le unió desde muy pronto, y participó en varias acciones en contra del Gobierno opresor.

En 1967 cayó preso y pasó siete años en la cárcel. Cuando un comando sandinista tomó la residencia del presidente del Banco Nacional de Nicaragua, José María Castillo, donde se realizaba una fiesta en diciembre de 1974, los rebeldes lograron cambiar a los rehenes, la crema y nata de la sociedad en la que se apoyaba “Tachito”, por ocho miembros del Frente que estaban en la cárcel. Así salió de prisión Daniel Ortega, que se refugió en Costa Rica, donde conoció a la poetisa Rosario Murillo, también sandinista, y formó pareja con ella.

Los sucesivos gobiernos han sido marcados por una deriva hacia la represión contra sus opositores y aquellos que no muestran simpatía por suGobierno. En las últimas elecciones, será su quinta vez, encarceló a varios de los candidatos rivales, y hostigó a antiguos correligionarios del sandinismo.

El obispo Álvarez, como otros prelados nicaragüenses, comenzó a defender los derechos humanos de sus paisanos y vecinos. Ya antes, otro obispo, Silvio Báez, fue obligado a salir del país mediante una negociación con El Vaticano. El nuncio apostólico, Waldemar Stanislaw, también fue expulsado.

A Ortega le molesta sobremanera cualquier asomo de crítica a su Gobierno: Reprimió manifestaciones cuando cambió la ley de seguridad social y provocó más de 400 muertos. Monseñor Álvarez y otros comenzaron a criticar y defender los derechos de manifestantes y pueblo en general.

Eso no lo acepta la pareja presidencial: Le armaron una acusación de haber participado como impulsor de un golpe de Estado en 2018 en un intento de criminalizar su actividad pastoral. En las últimas semanas la Policía nicaragüense ha hostigado y acosado a donde quiera que vaya el obispo Álvarez.

Cuando fue a visitar a sus padres y a una sobrina las patrullas tomaron las calles y agredieron a sus familiares. Les fastidia que se critique su Gobierno autoritario y deshonesto, se dice que su fortuna ya rebasa la de Somoza. Ortega ya pasó a la historia como un émulo más del tirano contra quien luchó.

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