Hugo Hiriart y el laberinto

Por Hermann Bellinghausen

No seré el primero en clasificar como inclasificable a Hugo Hiriart, pero es que lo es. Con meticulosa mente filosófica ensaya decir las cosas de manera no sólo literaria sino, en lo posible, perfecta. Amante con toda su inteligencia de la poesía, escribe sólo prosa. En cuestión de géneros puede dejarnos perplejos, pero de contenidos nos deja iluminados y divertidos. Acaba de cumplir 80 años.

Entre novela, ensayo, cuento y prosa dramática, no siempre queda claro dónde estamos parados. Su sello original es la miniatura, la cuartilla perfecta a la Julio Torri. Como buen maestro, supo ser respetuoso alumno de los suyos: Arreola y los pensadores griegos, Schwob y Borges, Wittgenstein y Felisberto Hernández, Aristófanes y Alejandro Rossi. Frecuentó la biología y la zoología, tanto científicas como fantásticas. Y es sin duda un gran geógrafo imaginario.

Escarmentó en la abundancia indiscriminada de Alfonso Reyes, su maestro antimaestro, y optó por la literatura pura, de modo que su obra es una, aunque compleja, y ella misma se pone puentes (aunque de Piranesi) y sin caer en la complacencia de Breton abre vasos comunicantes donde uno menos los espera.

Conocí a Hugo Hiriart dos veces. De la primera no creo que se acuerde, nunca se la mencioné. Yo era un mocoso preuniversitario que, en su novatez, peregrinó por primera y única ocasión como espontáneo a una publicación profesional, El Diorama de la Cultura de Excélsior en plena época de Julio Scherer. El director, Pedro Álvarez del Villar, amablemente me envió a seguir tratando. Esa tarde lo acompañaba Hugo, quien acababa de compartir sorpresivamente el premio Villaurrutia 1972, ¡con Sabines y Mejía Sánchez! (y Zaid, y García Ponce) por su novela de caballerías Galaor. Él lleva más tiempo aprendiendo pontificó el editor del Diorama. En Galaor, su inquieto caballero medio medieval meditaba: Puede ser que nuestros sueños sean individuales trabajos, pero la vigilia sí es un laborioso y vasto sueño compartido por todos los despiertos, una rapidísima sucesión de hechos deshilados, sin estructura, sin lógica, sin sentido.

Luego escenificó la mítica Ginecomaquia en el teatro Orientación, con sus iniciales actrices favoritas: su hermana Berta, hoy dramaturga, Ludmila Olhovich, Norma del Rivero y Ángeles Necoechea.

La segunda vez que lo conocí, más avanzada la década de los 70, nos hicimos amigos y por una temporada irregular mas no corta me adoptó como pupilo en su escuela peripatética y, justo es decirlo, bebedora. Más de una ocasión me citó en la cantina La Providencia en San Ángel para escuchar a Emilio Uranga, el genio maldito del grupo Hiperión, quemadísimo por su triste papel en el 68 como propagandista de Díaz Ordaz. A diferencia de Elena Garro, Uranga nunca fue perdonado de su participación nefasta contra los estudiantes. Su lucidez era temible, y casi alemana la estructura de su pensamiento.

Poco antes, o por entonces, Hugo había montado Minotastás y su familia, un espectáculo neogriego que combinaba títeres grandes y pequeños con las actuaciones reales de un grupo emergente de actrices liderado por Jesús Rodríguez Carranza, a quien él admiró de inmediato; ellas venían de una radical experiencia callejera: Arde Pinocho. Aquel Minotastás fue teatro total, pero de juguete.

Dio en publicar fantasiosos ensayos en su columna Balumba, en Sábado de unomásuno, algunos de los cuales reuniría en Disertación de las telarañas (1980). También para el Sábado de Fernando Benítez escribió la novela por entregas Dódolo, que en forma de libro tituló Cuadernos de Gofa (1981). Aceptado y admirado por el establishment literario como un raro de calidad indiscutible, cortejado por Vuelta Nexos, recibió la bendición de Octavio Paz. Es la fecha que escribe para Letras Libres.

En esos años lo frecuenté bastante, así como a sus padres, su desdichado hermano Humberto y en particular sus hermanas Marcia y Berta. Familia llena de contradicciones como todas (ya ven su Minotauro), pero de gente estupenda, incluso extraordinaria.

Quiso hacerme su discípulo, pero nunca le obedecí lo suficiente (y supongo que es mi pérdida). Combatía su excepcionalidad profesando culto a la vida normal y sencilla. Para ello aprendió a manejar, convencido de que había que saber cosas prácticas y resolver los asuntos más profanos, nada de encerrarse en una torre de marfil o creerse especial.

El alcoholismo, que sus amigos confundían con genialidad, lo estaba destruyendo. Poseía la disciplina y el carisma del autor borracho. Lo recuerdo escribiendo de malas sus entregas de Dódolo en horas de cruda antes de la una, cuando pasaba del cuaderno al primer trago. Lector ávido de biografías de autores y filósofos, apasionado observador de los secretos humanos, consideraba tener buenos modelos en materia etílica. Parte de su curación sería su sincero manual Vivir y beber (1989), un libro para los que beben y las esposas, esposos, padres, hijos, abuelos, nietos, tíos, sobrinos, cuñados y amigos de los que beben. (Continuará.)

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