Las otras violencias

Por Gustavo Esteva

Para sobrevivir y crear una opción, debemos tomar seriamente en cuenta la metamorfosis grotesca que sufrió el patriarcado capitalista y democrático que teníamos al instalar en su lugar el régimen que ahora padecemos.

Lo que se empieza a llamar agonía patriarcal por la rebelión de las mujeres está llevando a su extremo los peores rasgos del patriarcado. No sólo es una violencia que parece ilimitada. Es la centralidad de su evangelio de muerte, conforme al cual se intenta sustituir todo lo vivo por productos del hombre. La tecnología para dar órdenes desde el cerebro a todas las cosas que nos rodean simboliza bien lo que ha sido siempre la pretensión del varón. Por eso la lucha antipatriarcal pone de nuevo el cuidado de la vida en el centro de la preocupación personal y la organización social.

El nuevo régimen lleva aún más lejos la degradación moral de las élites propia del capitalismo. Nuestros 100 asesinatos diarios son terribles. Pero esa contabilidad no toma en cuenta que toda la gente está continuamente expuesta a productos que la matan, lenta y silenciosamente, y a condiciones como la contaminación atmosférica, que causa cada año más muertes que las atribuidas al covid desde que empezó.

La mayoría de la gente ha caído ya en una forma de dependencia del estómago que es, literalmente, mortal. Cada vez más, debe buscar en el mercado sus alimentos. Los que ahí encuentra no sólo son poco nutritivos; muchos de ellos son claramente tóxicos y quitan lentamente la vida a quienes los consumen.

El primer lugar mundial en el consumo de refrescos por persona y que México tenga la tasa más alta de obesidad infantil en el mundo son dos hechos interrelacionados que ilustran bien el estado de cosas. Los bebés reciben alimentos azucarados muy pronto y poco a poco se les programa para que rechacen los que no tienen la dosis de azúcar a la que se les ha acostumbrado. Casi todos los refrescos, muchos otros alimentos e incluso las medicinas utilizan fructosa, en vez de azúcar de caña, que es más barata, pero muy dañina.

Nada de esto es secreto. Toda la información pertinente está en Internet, al alcance de todos. De vez en cuando se desliza en los periódicos algo especialmente escandaloso. Pero nada lo detiene. Necesitamos asumir con entereza lo que enfrentamos: una mafia criminal y cínica alimenta a la mayoría de la población y su actividad irresponsable causa inmenso daño ambiental.

Hay organizaciones que por décadas han estado denunciando esta situación. Se han realizado innumerables gestiones ante todos los gobiernos para que actúen, pues resulta claro que podrían remediarla en poco tiempo si emplearan para ello sus facultades y la legislación apropiada. Sería posible, por ejemplo, emitir leyes que prohibieran la producción y distribución de muchos productos; que limitaran drásticamente las cantidades de azúcar y otros ingredientes que pueden incorporarse a los alimentos y bebidas; que vetaran la propaganda que induce el consumo de alimentos tóxicos o dañinos, y muchas cosas más.

Nada de esto es novedad. Se han ofrecido abundantes argumentos y buenas fundamentaciones de todas esas medidas. Pero hace tiempo sabemos que los gobiernos no lo harán. No es tanto porque serán medidas muy impopulares, lo cual podrían enfrentar con la difusión oportuna y adecuada de sus motivos y propósitos. Es sobre todo porque los gobiernos carecen de la voluntad y el poder político que se necesitan para enfrentarse a las élites económicas a las que se subordinan y que son las que realmente conducen el rumbo de la sociedad y del gobierno.

Se ha comentado que podría estarse dando un viraje a la izquierda en los gobiernos de América Latina. Así parece. Pero eso no modifica la situación. La incapacidad evidente de los gobiernos de actuar en función de los intereses de la gente en cuestión tan fundamental como la comida se observa por igual en todo el espectro ideológico, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha.

La pandemia agravó el problema, pero también fue un despertar para mucha gente. Más y más personas se unen ahora a quienes desde hace muchos años actúan como se requiere: aumentan paso a paso la capacidad autónoma de producir lo que comen y tejen redes que unen a los consumidores urbanos con productores rurales.

Esta línea de acción, que escapa abiertamente del mercado y para remediar sus males confía en sus propias fuerzas, no en las del Estado, desafía abiertamente al régimen dominante y lo desmantela desde abajo. Aunque enfrenta grandes dificultades, está al alcance de casi todas las personas y grupos, incluso y especialmente de las más pobres. Para muchas de ellas empieza a ser fórmula de supervivencia. Hoy, además, quien empieza poco a poquito a hacerlo tiene la ventaja de que se multiplican por todas partes los ejemplos de quienes llevan ya buen rato transitando por ese camino y se muestran dispuestos a compartir su experiencia. No hay ciudad, en el país o en el mundo, en que no haya algún caso de ese tipo. Y en muchas ciudades hay una efervescencia espectacular… que alienta la esperanza en medio del desastre.

gustavoesteva@gmail.com

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