Cuento: Belinda Bar

Por Jesús Chávez Marín

Mi mamá nos paró bien temprano, creo que era viernes porque fui cuatro días a la escuela. Nos dijo que nos teníamos que portar bien y obedecerla en todo lo que nos dijera, porque íbamos a un lugar bien bonito. Agarró algunas cosas y a dos de mis hermanos más chicos; los otros se quedaron dormidos. Allí los abandonó.

A unos bolillos les metió muchas pastillas y nos subió a un carro que viajó kilómetros. Todavía no me despertaba cuando sentí que me arrastraron de las greñas, nos aventaron a una caja negra donde olía a cosas pudriéndose. Alguien prendió una vela y pude ver que iban como doscientas personas.

Cuando la luz del día les iba alumbrando la cara, pude ver a mi mama y a mis dos hermanos arrejonados en una esquina. Ella se arrimó y habló conmigo.

―Cuando el tren se pare, quiero que les des los bolillos a tus hermanos para que se duerman un rato. Cuando despierten ya tendrán otros papás que los van querer bien y los van a traer bien arregladitos. Ya no pasarán hambres.

―¿Pero má, qué van hacer con ellos? Son mis hermanitos.

―¡Cállate y obedece! Ellos hoy cenan y duermen en cama limpia; además ya no puedo mantenerlos, otra vez estoy panzona. Tampoco voy a devolver la lana que me pagaron por ellos.

Belinda sollozó en silencio y miró cómo su madre se empechugaba el rollo de billetes que le habían dado. Pensó: “Pinche vieja, cómo no se muere”.

A medio día llegamos a la frontera de Durango; por el camino se subió un hombre al tren. Venía herido, arrastraba una pierna porque traía una bala adentro. Le ayudé a apretarse los vendajes, ni el nombre le pregunté, pero su rostro se me quedó grabado.

Me advirtió que el camino era peligroso, dijo que allá todos perdían la vida. Y fue donde mi amá dejó a mis hermanitos; no les esperaba una mejor vida, de seguro solo querían sus riñones. Allá lejos escuché llantos, gritos de terror; todo se confundía en medio del dolor. Y el más grande era el de no poder hacer nada por mis hermanos.

Obedecí a la mujer, les di el pan con las pastillas; pensé que después de todo, si ellos iban a quedarse allí, más valía que estuvieran dormidos cuando nos fuéramos.

Lo que yo no sabía es que a mi mamá todavía le quedaba otro negocito. En la siguiente estación nos bajamos con mucho cuidado para no despertar a los pobrecitos abandonados, me dijo que a ellos los recogerían al llegar a la frontera, pero que nosotras tendríamos que pasar por el río, hacia El Otro Lado.

Cruzamos de noche, llegué toda empapada a un rancho que estaba cerca del río; el viento era helado y hacía un airecito que disparaba filos contra todo el cuerpo. En la madrugada llegó una troca grande y nuevecita, se bajó un rufián espantoso.

―¿Esta es la muchacha?

―Ella es ―dijo mi madre.

―Oye pero está re flaca, todavía ni agarra forma. ¿Pos cuántos años tiene?

―Doce. Está bien bonita, tiene los ojos verdes, mírala.

―Está bueno pues. Tratos son tratos.

Le dio un rollo de dólares que ella se guardó sin contarlos. Me dijo:

―Belinda, te vas a ir con este señor a donde él quiera. Pórtate bien con él. Aquí nos despedimos.

No había nada qué hacer, mi futuro se había torcido por completo y a pesar de eso todavía me había tocado mejor suerte que a mis hermanos, creo.

Esa noche no dormí; el cerdo que me había comprado me toqueteaba a cada rato, me decía que ganas no le faltaban, pero que ya me tenía vendida a una señora de categoría, ella tenía un bule para puros viejos adinerados y uno que otro político. El trato era que llegara virgencita, así les gustaban a esos.

Lo que mi madre no sabía es que yo cogía con el Fredy, un chavo a todo dar que se traía loquitas a todas pero yo fui la mera mera. Me quise embarazar para quedarme con él, pero ahora no sabía lo que pasaría conmigo ni con mi hijo. Lo mejor era contarle la verdad al cerdo para que me dejara ir, al cabo que ya ni virgen era.

En aquel cuarto había otras chavas, algunas ya grandes, otras bien chiquitas. Me porté lo mejor que pude para que no me castigaran, a lo mejor ese traficante no era tan malo y me dejaba libre. Pero lo que me esperaba fue peor. Cuando le dije que ya no era virgen y que estaba de encargo, me hizo abortar a punta de patadas, me dejo botada desangrándome sin comer ni beber agua. Días después me dijo:

―Báñate y ponte este vestido, hoy vienen por ti. Te voy a vender como ramera de bar; no me dieron gran cosa, pero es lo que vales.

El tipo que vino por mí no era tan despiadado y hasta medio se enamoró de mí. Me llevó a Las Cruces, en una boutique me compró ropa carísima, perfumes finos, cremas, maquillaje, una bolsa Chanel. En un salón de belleza me arreglaron el pelo, las uñas, los pies; cuando salí de allí parecía súper modelo.

A pesar de que no me salvé del trabajo sucio de la prostitución, Ferni jamás me puso en el refuego de la movida pesada, me metió de cantinera en la barra del Bennigans, un bar muy fresa que frecuentaban estudiantes y profesores de la Universidad. Allí los arreglos eran discretos y sobre todo con gente limpia y en lugares higiénicos. Eso porque él me amaba y siempre fui su favorita; además no quería infecciones ni sorpresas.

Puedo decirte que esos años fueron los más felices; algunos domingos Ferni no salía con su familia, o sea con su señora y sus chamacos, y nos íbamos al cine como si fuéramos novios de manita sudada, o a bailar al Tropicana, un salón de baile muy alegre. Allí me compraba flores, me pedía copas de coñac, me trataba como reina. Yo lo quería mucho. Me tenía trabajando en el ambiente pero nunca me trató mal. Así pasaron tres años, hasta que un día me lo mataron.

Él andaba metido hasta el cuello en negocios raros, giros negros que les dicen. Varios se la tenían sentenciada y aunque se cuidaba mucho, le tocó la yuca. En cuanto lo supe, agarré mis chivas y me fui rumbo a México; a tres cuartos de hora estaba la salida, mi escapatoria. Pero no tenía ni un dólar; aunque no lo creas y a pesar del trabajo y de la movida, nunca me tocaba tener ni un guardadito. Ellos por precaución pagaban de sobra todos mis gastos, pero jamás me soltaban dinero.

Como Dios me dio a entender me las arreglé para llegar a México; allí me quede un tiempo, pero no se me quitaba de la cabeza cruzar para el otro lado, sabía que acá me iría mejor.

Pero lo de irme para el gabacho no era toda la bronca, yo me traía otro bisne entre manos: alguien me dijo que vio a Valentina, esa jodida vieja me las debía. Igual y ni mi mamá era, a lo mejor me robó de bebé la cabrona, porque yo ni me le parecía. Pero ya llegaría el momento de verla a la cara, hacía rato que le seguía la pista.

Seguía de coyota, ya ganaba mucha lana. Sabes, Jessica, cuando la tenga enfrente le haré mucho daño y muchas preguntas. Ella es fría como el hielo, pero yo me la voy a quebrar.

No sé por qué hago lo que hago. Nunca lo supe. Es un maldito misterio para mí, pero tengo agallas. Estoy aquí por Ferni, gracias a él aprendí a no tener miedo a nada. Por lo pronto me voy a buscar al Chueco, necesito un poco de metanfetaminas.

―Tienes que pensarla mejor, Belinda, ahora las cosas son diferentes.

―Ya es tarde para mí, Jessy. La gente hace lo que sea para sobrevivir y yo hice muchas cosas malas. Tal vez, algún día, algo me librará de esta pestilencia.

―Qué no haría yo para mantenerte a salvo. Lo que estás a punto de hacer, Dios no te lo perdonará.

―Ya me hartaste. ¿Y sabes qué, Jessica? Yo no tengo problemas de arrepentimiento. Seguiré con esto adelante, para eso regresé, para hacer el trabajo sucio que tengo pendiente.

―Puede que lo consigas, pero yo en tu lugar no lo haría, Belinda.

―Jajaja. He matado a siete hombres desde que empezó esto. Bastardos como ella a nadie le hacen falta, y siempre han existido. Cuando me vendió, no sabía lo que me esperaba; ahora ya lo sé lo que cuesta mantenerse con vida. Nunca sé si viviré esta semana, pero tengo la chanza de vengarme y es lo que voy a hacer.

Belinda seguía absorta en su monólogo frente a Jessy.

―Ya no puedo ser diferente ¿no logras entender eso? No puedo, sé que nadie llorará mi muerte porque en esta perra vida todos elegimos irnos, o todos elegimos quedarnos. Yo no elijo: a lo que me toque le pondré mi cuerpo entero.

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