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En el ocaso de las palabras


Por Hermann Bellinghausen

Las nuevas palabras, las formas en que se escriben y se inscriben, acomodan y fijan en las páginas ya no parecen palabras ni necesitan pronunciarse, son gestos. La tensión ideológica de género gramatical se dispara hacia la reiteración rudimentaria y el abuso de tinta y espacio, pero los nuevos signos del lenguaje hacen más ruido, sus contraseñas abren sésamos extraordinarios, epatan al burgués y al proletario, se les considera universales y quizá lo sean, pero no hacen verdaderas palabras.

La palabra está sobrevalorada con el pretexto de que la hay sagrada, de honor, empeñada, en acción o torturando a los poetas. Pero también y sobre todo la hay dilapidada, mentida, traicionada, destrozada, vacía, vendida u olvidada. La hemos inflado con pompa bíblica o de otras fuentes esclerosadas, declaraciones históricas con letras de oro en recintos de prestigio colmados de gente ciega.

Las palabras, como las entendíamos hasta hace poco, quedaron agotadas, no daban para más. Las nuevas palabras, las nuevas páginas, los nuevos textos, carecen de densidad, de gravedad, de sonido verbal. ¿Será que no son propiamente palabras, ni páginas, ni textos, ni cargan sentidos que podamos sentir antes de diluirnos en un algoritmo y callar para siempre en la dispersión de un no lugar, La Nube, entidad ésta (como la página) sin existencia física?

Los idiomas, que no son otra cosa que palabras y sus artes combinatorias particulares vueltas caleidoscópicas, se deforman y desarticulan en dialectos bárbaros, o desaparecen al morir sus últimos hablantes, aplastados por otra lengua de otro más poderoso. Como la vieja colonización del verbo, violenta y no violenta pero letal contra las lenguas de los vencidos. Sólo que ahora el vencedor no es un idioma, y las suyas no son palabras.

Las nuevas páginas, los signos que las pueblan, no se parecen a los idiomas de antes, pues no apelan al habla, su pronunciación resulta imposible y tal vez innecesaria. Son algo nuevo. Muchos investigadores lo estudian. Que la senda digital resulte buena o mala, progresiva o regresiva, constructora o destructora, no le quita lo irreversible. Si nos ponemos fatalistas, como el escritor británico Will Self, intuiremos vivir en un mundo donde se puede decir cualquier cosa porque nadie escucha, no como antes. La atención se fragmentó y el mensaje se redujo al medio que lo contiene, como previó Marshall McLuhan.

Letras, signos e ideogramas migraron al universo de los dibujos animados. Los conceptos son caricaturas impronunciables o abreviaturas y garabatos colectivos, libres de gramática, sintaxis, lógica, retórica y otras antiguallas predigitales. Nuestros mensajes, mero arco reflejo, ¿representan el ocaso de las palabras? Muy a tono con el deterioro en curso de la naturaleza y las bases de la vida como agua, aire, alimento, espacio vital.

Con que lo nuevo no se haga obsoleto demasiado pronto y nos deje con las manos desnudas, la memoria borrada y una energía que ya no responda a la necesidad humana.

Todo lo que se navega y lee a través de los dispositivos crea la percepción de estar ocurriendo ahora mismo. Es excitante, y da un sentido de importancia al hecho de que lo estemos leyendo. Interactuamos, y nos parece muy democrático. Creemos participar.

Ante un libro es todo lo contrario. Ocurrió siempre antes, o sucede ininterrumpidamente (eso hace a los clásicos: Odiseo es un eterno contemporáneo). La persona lectora no tiene importancia más que para sí misma (si es el caso), a solas, en silencio, en el espacio de páginas que nadie monitorea ni alimentan estadísticas de marcadeo. La lectura se adueña de ti, te conmueve en primera persona sin más recurso que la magia combinatoria de las palabras. Con ellas se puede retratar sin restricciones un hecho, una persona, un percepción, un paisaje. La buena literatura sugiere, inventa Países de las Maravillas o mitologías donde las cosas vuelan o desaparecen y los duendes y seres fantásticos significan, es incomparable al cine, la foto, la gráfica o el holograma porque nunca se repite. Cada lectura es única, y la metáfora, su mayor tesoro, sólo si es verbal conecta con el pensamiento.

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