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Tras las puertas del campo

Por Hermann Bellinghausen

— Desde el principio estuvieron Trucutú y Guzigú. Encabezaban la sección proletaria del grupo 16 de scouts. Ya los apodos, y sus apócopes Trucu Guzi, por unos trogloditas allá por los tiempos de Chanoc, tenían algo de burla clasista. Pero es que Trucu sí estaba grandote, y Guzi era bien malicioso, ellos y su banda eran temibles. No rehuían al choque físico, al contrario, era su medio natural. Igual recuerdo al Topo Tapia, nuestro sufrido guía un tiempo. Y de mis lobatos, a los Migoya, los Núñez, los Borás y el ironista Pablo Boullosa. Hubo hijos de empresarios, franceses del Liceo, hermanos de niñas del Merici (los cuñados). Uno tenía papá dueño de boutique en la Zona Rosa y otro papá mecánico en Bondojito. Otro, publicista.

En el Clan pronto se instituyó la participación de mujeres. No muchas, pero sí las suficientes para tener interesados a los chavos. En esa época no creo que hubiera grupos así. En el territorio de testosterona fresca que es la Tropa, puede decirse que hacíamos lo que nos daba la gana, aunque tratábamos de ser ordenados en el caos. Por eso echábamos chispas en las actividades y marchas del movimiento scout, campamentos y competencias nacionales. Hasta en el Jamboree de Japón dimos lata. Cayó un tifón tremendo, caliente, huracanado, barrió con todo cuando acampábamos en las faldas del Fujiyama, y nos evacuaron los marines gringos para refugiarnos en la base militar de Yokohama gracias a que desobedecimos a la delegación mexicana, también naufraga en aquel tifón que hasta salió en las noticias en México.

Ahora que lo pienso, hacíamos cosas estúpidas, pero con método. O más o menos. Al tono de improvisar o morir, vimos eclipses de Sol a orillas del Pacífico, eludimos crecidas de ríos arrastrando vacas y casas en Morelos y Guerrero, descendimos la cañada congelada del Ventorrillo y trepamos palmeras para huir de una piara de jabalíes en La tierra pródiga de Agustín Yáñez. De camino cantábamos: Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralalá, vamos a contar mentiras; por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas tralalá, y así.

Nuestro local de Tropa merece mención aparte. Como otras cosas inexplicables del grupo 16, contábamos con una sede increíble. Una cabaña amplia a orillas del último confín de la tercera sección del Bosque de Chapultepec, en el arranque de la carretera solitaria y curvilínea de Sebring, estupenda para probar los autos correlones, y para nosotros los carritos de baleros, que todavía hacíamos a mano; no habían llegado las Avalanchas a las tiendas. Teníamos, pues, un bosque a nuestra disposición que terminaba en las remotas fosas comunes del Panteón de Dolores y en el semiabandonado cárcamo del río Lerma, con su fuente de Tláloc, de Diego Rivera, seca y cubierta de maleza.

Nos prestaban la cabaña los fines de semana, aunque de hecho era nuestra todos los días, pues nunca había nadie. Cerca, en una zona más prohibida, y por ende apetecible, pasaban los tubos del servicio de agua de la ciudad, en una de cuyas tomas, al meter la mano un día montado sobre los gordos ductos, supe del poder de un enjambre de avispas incrustado en mi mano derecha, una guayaba reventada que dolía de aquí a la Luna. Las barrancas eran nuestras, en ocasiones robábamos huesos y calaveras ahí regados nomás en la fosa de Dolores. Creo que ni barda había. Por años tuve cráneos en mi recámara (uno trepanado lo usaba de candelero) y los deseché al entrar a Medicina.

Yo creo que estábamos locos, y nuestros padres mal enterados apechugaban, lo cual era una proeza, pues teníamos padres y madres controladores y obsesivos. También para eso servía ser scout, para esquivarlos. Sólo una vez acabamos en el hospital, cuando Checo se quebró gacho una pierna echándonos en carrito por Sebring.

Mi peor susto: en día que, siendo Akela, se nos perdió un lobatito en los bosques de la Marquesa. Mi primera experiencia de muerte y vuelta: en los arrecifes del Pacífico en Jalisco el día que conocí el mar; una ola masiva me cubrió y jaló al vacío y vi negro. Huesos rotos: uno, cuando Charly, retozando, me fracturó la muñeca derecha. (Mi mayor impresión: muchos años después, en una reunión de las Naciones Unidas de los Pueblos en Peruggia, Italia, donde la delegación de Sierra Leona eran dos jefes scouts, la única institución que quedaba en la guerra civil. En uniforme, lloraron en público al contar sus trabajos con los niños en el horror.)

Al final desbordamos la Tropa como tal y dimos en recorrer el país por la libre, en un grupo constante con Nariz (mi hermano Karl), Mula, Gar, Checo, los gemelos Kurt y Kurt-Kurt, Teto Raya (Eugenio). Recuerdo la vez que quedamos de vernos todos en Tingüidín, Michoacán, a causa de un chiste y una apuesta. Con Teto y Eugenio haría más viajes, nos obsesionamos, no pasaba fin de semana o puente que no saliéramos, y con Eugenio se volvió parte de nuestro asunto. Viajábamos en tren, vivíamos a la intemperie. De ese entonces data mi afición por los amaneceres.

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