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Eso de jugar a la vida

Por Hermann Bellinghausen

— La semana pasada se hablaba en este espacio de la experiencia scout, a partir de sus orígenes, y su desarrollo en México concretado en grupos de derecha confesional, así como de los escándalos por abusos que colapsaron financieramente a los otrora poderosos Boy Scouts de Estados Unidos. Ahora bien, estas historias, con un dejo de leyenda negra bien ganada, nos son lo único y para millares de chamacos (con el tiempo se crearon grupos de chamacas y hoy algunos grupos pueden ser mixtos, cosa antes impensable) el escultismo ofrece una experiencia estimulante, alegre y formativa.

Para cuando entré a los lobatos del grupo 16 a los nueve años, había en la Ciudad de México un centenar de grupos. En mi escuela, que era de curas, había un grupo, el 19; para mi fortuna y de chiripa fui a caer en otro, el 16, que con el tiempo descubrí como excepción en muchos aspectos, empezando por su pluralidad. Despegaban los años 60, el escenario del tránsito a la adolescencia y la mayoría de edad en una ciudad en efervescencia y un mundo de pronto acelerado.

Quede dicho: un dogma triple cimenta a los scouts: Dios, Patria y Hogar. De ahí se deriva la indispensabilidad de una creencia. En principio, cualquiera; de preferencia cristiana, aunque había grupos de judíos muy religiosos. Bueno, pues en el 16 eso no rifaba, y menos cuando pasé de la Manada a la Tropa, a eso de los 13. Allí nadie rezaba, aunque cualquiera podía hacerlo. En Manada y Tropa me tocaron jefes veinteañeros siempre dignos de ser seguidos, gente que no he vuelto a ver pero sé o supongo que hicieron bien la vida.

Ya desde la Manada. Allí al jefe se le llama Akela y el que me tocó era un tipo estupendo, de origen un tanto difuso. En la vida real le apodaban La Araña. Lo acompañaban otros personajes de Rudyard Kipling como mentores de los Mowglis que éramos. Los jefes gorditos eran Baloo. Siempre hubo mujeres y fue una Bagheera el primer crush que recuerdo, una muchacha lindísima, educadora, con problemas de cutis. Las presencias femeninas bajaban la tensión masculina típica, y vistas hoy, fueron una garantía saludable contra cualquier abuso. A mi vez, yo sería con el tiempo Riki Tiki Tavi y luego Akela, con una Bagheera sensacional al lado, hoy arpista de fama internacional, amiga por el resto de la vida.

Era excitante salir en camiones de segunda hacia los Dinamos y los incontables bosques del estado de México. Nos colgábamos del estribo de camiones atestados de campesinos a su paso por Las Flores de Chapultepec, la gran parada hacia Toluca. Para las salidas, nos adiestrábamos los sábados de junta en un inmenso baldío donde ahora está el Instituto Nacional de Pediatría. Mi hermano y yo veníamos de una casa muy encerrada y temerosa, así que bastó un terrenote para expandirnos el mundo, que se pintó de verde.

El escultismo es un juego, o mejor, un sistema de instancias y prácticas lúdicas, deportivas, de ingenio, agilidad física, fuerza y sobrevivencia. Hacer nudos de marinero o ballestrinques es lo de menos, el chiste es usarlos donde resultan eficaces.

Como decía, el 16 era un grupo muy raro. Las creencias religiosas estaban lejos de importar, toda vez que había católicos, protestantes, judíos y ateos confesos. Por motivos que desconozco, prevalecía un pluriclasismo casi de muestrario. Burgueses, clases medias, wanabí y franjas de Peralvillo (eran los protestantes) compartían una lectura muy libre de los manuales de Canon Powell. Aprendí que hay gente educada para ser inteligente desde que nace, en particular los judíos, competitivos, cultivados y avispadísimos, muy dispuestos a afirmarse como mexicanos, comer garnachas y hablar como ñeros. Fueron mis primeros amigos judíos, lo que, dada mi casa, constituía una provocación revolucionaria.

En la patrulla Castores, donde fui a caer con Eugenio Bermejillo, pues siempre nos tocaba juntos, el guía fue un judío de esos: güero de chinos con la boca más lépera que había yo conocido, un cínico sabio en relaciones públicas, una mente veloz que dominaba los albures. Sus lugartenientes, dos tipos de cuidado, uno de origen español y el otro mero mexicano, resultarían nuestros amigos y compañeros de lucha en la edad adulta. Hablábamos del nuevo rock, de política, leíamos. Los tres eran buenísimos escultistas, montaban campamentos amueblados de bosque con la ayuda del ixtle, descifraban las constelaciones, las veredas, los acertijos. Un lugarteniente dejaría la universidad para hacerse obrero metalúrgico en Ciudad Sahagún. El otro se volvió camarógrafo y reportero de guerra; cubriría la guerra sandinista del lado de los guerrilleros y siempre reconoció que los scouts lo prepararon para vivir a salto de mata y con todo en contra. (Continuará.)

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