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Dame una señal, chiquita, oh mi vida

Por Jesús Chávez Marín

— [Septiembre 2017].– Ir a un concierto de Roberto Jordán fue el antiguo sueño de un montón de jovencitas chihuahuenses desde los años setentas, cuando él cantaba en el radio Amor de estudiante y era una de las grandes estrellas de la televisión bailando sus pasitos fresas al ritmo de sus grandes éxitos discográficos.

Y como los sueños jamás nos abandonan hasta que se cumplen, la noche del viernes primero de septiembre aquellas mismas jovencitas, cincuenta años después de la antigua ilusión, llegan con su boleto en la mano al Teatro de los Héroes para mirar a uno de sus más platónicos amores, Roberto Jordán, quien ahora tiene 74 años y luce como nuevo, alto, delgadito, con su voz ensoñadora y su sonrisa bondadosa.

Claro que ya nada es lo mismo, la vida pasa aunque el entusiasmo siga. Muchas de esas mujeres ya fueron antes a conciertos del cantante, en otras ciudades, y de todos modos regresan, fieles a la comunicación artística que pactaron con él desde hace tantos años; sin embargo, para la mayoría este es su primer encuentro en vivo.

En el doble play de la noche, también se presentaron Los Teen Tops, el legendario grupo mexicano de rock que tuvo su época gloriosa de 1960 a 1965. Esos 5 años fueron suficientes para ganar para siempre la gloria y la inmortalidad en la música popular en todos los territorios de habla hispana.

Hay que decir aquí a nombre de la hoy tan obligada igualdad de género, que la otra mitad del público la formaban hombres que a su vez también cincuenta y sesenta años antes fueron jovencitos ilusionados, audiencia reverente de los años dorados del rock, y que, cómo no, también querían cantar a coro Confidente de secundaria, Presumida, Quién puso el bomp, y otros himnos de su generación que sonaron y siguen sonando en el arte de estos excelentes músicos que son Los Teen Tops, que además traen un equipazo de instrumentos y sonido.

Por mucho que hayamos visto en videos, y alguno que otro afortunado haya ido a conciertos en vivo, a Mick Jagger de 80 años brincando con energía juvenil por toda la pista, o a Paul McCartney cantando su fina música a una edad semejante, de todas maneras resulta raro mirar al señor que toca el bajo con su pelo canoso y su mueca de anciano bailar los pasitos de antaño. Escuchar que el requinto glorioso que suena tan fresco lo toque un señorcito calvo que parece jubilado de todos los sistemas. O que Roberto Jordán ya no sea el galanazo que salía en películas y daba conciertos en Rusia, sino un viejo flaco y correoso con un arete de oro en la oreja izquierda.

Pues todas estas consideraciones salen sobrando, porque a los diez minutos de tocar, Los Teen Tops ya tenían en un puño a todo el público con el grande, el hermoso rito del rock. Cuando el vocalista decía bailen, todos bailaban con gracia y el estilo, sin importar cuántos años hubieran pasado por el cuerpo, las venas y las penas. Cuando decía, canten, se escuchaba impresionante el arte colectivo de la voz humana. Los Teen Tops dieron un concierto de una hora y media, Roberto Jordán fue igualmente generoso, otra hora y media.

Eran dos generaciones, con la diferencia de una década. Los Teen Tops firmemente arraigados en los sesentas, el rock clásico. Roberto Jordán instalado azucaradamente en los setentas. Pues resulta que el público respondió con más entusiasmo al llamado de los Teen Tops, y un poco menos al canto bastantito más fresa de Roberto Jordán.

 Fueron dos conciertos plenamente disfrutables, para un público cuyo promedio de edad era, en un cálculo visual, el rango de los 65 años de edad. Todos los asistentes salieron felices y un poco más jóvenes de cómo llegaron, que es lo que siempre sucede con el milagro del arte.

Septiembre 2017

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