Eterna cuarentena

Por Francisco Ortiz Pinchetti

— Percibo desde la bohardilla en la que me escondo del maldito virus que la relativa y sobretodo peligrosa euforia que provocaron los otra vez fallidos pronósticos del doctor Hugo López-Gatell y el anuncio de la Jefa de Gobierno sobre una “inminente” transición del rojo al naranja en el Semáforo de la pandemia se diluye poco a poco.

La reactivación parcial de actividades económicas esenciales, como la construcción, anunciada por Claudia Sheinbaum Pardo la semana anterior, tuvo un efecto absolutamente negativo para la estrategia del quédate en casa que tanto ha pregonado el Gobierno federal.

Y es que, como era de suponerse, no sólo quienes se dedican a esas actividades, sino muchos otros ciudadanos agobiados por el desempleo o simplemente hartos del encierro tomaron el anuncio como un grito de ¡arrancan! y se lanzaron en tropel a las calles, atiborraron mercados y saturaron el transporte público.

Sheinbaum Pardo tuvo que meter el freno y  ante la contundencia de las dramáticas cifras sobre contagiados y difuntos en la Ciudad de México y en el país detuvo la supuesta transición… y dispuso que seguimos en Semáforo rojo. Pero millones difícilmente regresarán al encierro.

La verdad es que esto va para largo. Como se ven las cosas, honestamente, no hay visos de un cambio en la tendencia de la pandemia y menos la anhelada terminación de la emergencia, hacia la mal llamada “nueva normalidad”. El tiempo parece detenerse mientras el coronavirus avanza y continúa su trayecto ascendente, lejos de los cálculos de los científicos del Gobierno, cuyas mentiras no son sólo resultado de errores matemáticos y pronósticos epidemiológicos fallidos, sino evidentemente de mediciones políticas y más concretamente electorales dictados desde Palacio Nacional. Obvio.

Este jueves 25 de junio, por cierto –y por ejemplo de lo anterior–, habría ocurrido el fin de la pandemia en el Valle de México, según auguro hecho hace dos meses por López-Gatell. En efecto, el 16 de abril, el subsecretario de Salud, presentó muy serio la proyección que fijaba entre el 8 y el 10 de mayo el pico de casos en la región.

“El primer ciclo de la epidemia se puede proyectar que se extendería hasta agotar cerca del 95 por ciento de los casos esperados el 25 de junio”, dijo entonces el funcionario en la conferencia matutina en Palacio Nacional. Hace un par de semanas, el 11 de junio, el funcionario admitió que sus proyecciones habían sido rebasadas y que la epidemia llevaba “estancada” y sin patrón descendente más de dos semanas.

Y ni a quién reclamarle.

Por otro lado, las noticias internacionales no son nada alentadoras. Apenas este jueves,  la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que hay  en Europa un resurgimiento importante de casos de COVID-19 y podría saturar los sistemas sanitarios. Dijo que la semana pasada, el Viejo Continente registró un incremento en los casos semanales por primera vez en meses. La aceleración de la transmisión ha llevado a un resurgimiento significativo de casos que, si no se atiende, volverá a llevar a los sistemas sanitarios al límite. Se suponía que la mayoría de países europeos iban ya de salida, pero las cosas cambian.

Ante esa realidad, no veo otra opción que tratar de acostumbrarse a la cuarentena, cuyo fin ni siquiera se vislumbra. Me temo que vamos a permanecer en una suerte de cuarentena eterna. Lo malo es que paulatinamente hemos ido agotando los recursos propios de un encierro temporal, como la lectura de los libros pendientes, el escombrar la casa, poner en orden los papeles y el archivo, ensayar nuevas recetas de cocina, escuchar los conciertos completos de música clásica, sacar el viejo ajedrez y los juegos de mesa, reparar los aparatos descompuestos y a lo mejor hasta darle una manita de pintura a las paredes de la casa.

Según las cuestionadas estadísticas oficiales, cada vez menos confiables, anoche habremos llegado a los 200 mil contagiados del coronavirus en el país, en una tendencia que no mengua un ápice. Y los fallecimientos superan los 25 mil, con el agravante de que hace apenas cuatro días se registró el segundo mayor número de muertes en 24 horas, con mil 44 defunciones registradas. El máximo hasta ahora fue el 3 de junio, cuando llegó a mil 92.

La verdad cruda y pelona es que no hay motivos para el optimismo.

Ni el desgraciado COVID-19 por testarudo ni menos nuestros incapaces funcionarios encargados de atender los efectos de la pandemia, para al menos mitigarla, parecen estar dispuestos a liberarnos del encierro, que según mis cálculos ha durado ya 12 semanas. Y no tiene para cuándo. No le llamaría resignación al hecho de asumir como irremediable la nueva vida que nos tocó. Le diría “adecuación”, que suena cuando menos más digno. Válgame.

@fopinchetti

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