Tiempos de pandemia (II)

Por Leo Zavala Ramírez

Cuando me jubilé-por cierto, luego de dudarlo mucho-, creí haber tenido el cuidado de crearme varios proyectos de vida que, según yo, contribuyeran a dignificar mi nueva situación. Pero entre los tales proyectos nunca presupuesté, por inimaginable, una pandemia como la del covid 19. Para esta no tenía previsto un plan B, ni un C, simplemente porque nunca tuve ni siquiera el plan Apara lo inédito.

Pero la pandemia llegó y, llanamente, me forzó a reconsideraciones y reestructuras prácticas y existenciales en mi nuevo estatus de trabajador en retiro.

Claro que había que reconsiderar todo, si a la tal pandemia, según se afirma, le gustan para blancos preferidos de su ataque, los adultos mayores y,mayoritariamente, los varones y más si estos resultan achacosos. Con esos argumentos, ni hablar; a los ya de edad se nos puso un más que convincente freno, y nos vimos obligados a confinarnos, sometidos a una inesperada reclusión domiciliaria.

En los primeros días, los viejos habíamos sido, primero, desterrados de los cafés, de los bares y de los parques; más tarde, los supermercados y el transporte público nos pusieron limitantes para usarlos, y en un lapso de dos semanas ya nos tenían, a muchos, replegados. Y digo a muchos, porque no todos podían autoconfinarse si dependían de un trabajo para comer o no tenían quién les supliera a ir por sus alimentos o medicinas.

El acecho no solo de la posible enfermedad, sino también de la muerte, nos obligó, instintivamente, a un repliegue que desnudó la contingencia de nuestro ser y exhibió nuestra muy extensa debilidad, exponiéndonos a frecuentes episodios de incertidumbre e incontrolada ansiedad o temor.

Si de por sí el ser humano es un ser contingente, más lo es una persona que transita la última parte de su existencia terrenal; este se sabe eminentemente vulnerable, reo de achaques, enfermedades, olvidos y soledades.

Este repliegue obligado, para muchos adultos mayores ha tenido dificultades, pero también algunas ventajas.

Si no hay auto-oposición, el confinamiento le posibilita a uno mirar hacia su interior; entrar a ese espacio pocas veces explorado de la intimidad, del yo profundo, y recorrer, acompañado de uno mismo, los caminos de la imaginación, los valles de la creatividad, los senderos de la autocrítica y las veredas que posibilitan el desandar de rutas inconvenientes. 

Otra ventaja del confinamiento domiciliario obligado es el reencuentro con la familia: estar tantas horas y días juntos, posibilita el profundizar en los anhelos y frustraciones del otro, y descubrir caminos de empatía en las luchas cotidianas de cada quien. El encierro da acceso, si lo permitimos nosotros, a la genuina expresión de afectos y a una mirada profunda al interior de los integrantes de la familia. En el seno de esta se prodigan, entonces, actividades y actos propios de una comunidad de esfuerzos y de riquezas al servicio de los otros miembros de clan, que no suelen suscitarse en tiempos de normalidad, cuando cada uno atiende sus ocupaciones preferentemente externas.

Una ventaja más del encierro obligado, es la posibilidad de atender aquello que desde hace años venimos postergando: clasificar archivos y fotos, limpiar espacios, deshacernos de objetos no utilizados, escribir memorias, leer libros o artículos guardados siempre para una mejor ocasión. Atender esto conlleva una ventaja extra, porque desempolvar lo físico posibilita desempolvar lo espiritual y lo emocional, y se enseña uno a relativizar el uso de objetos como el automóvil o las visitas a restaurantes, por ejemplo.

Este encierro, si es activo y abierto al espíritu, posibilita cobrar conciencia de las diferencias entre las personas, y rechazar la falsa especie de que todos vamos en el mismo barco, pues mientras unos experimentamos un confinamiento más o menos confortable, hay quienes -la mayoría, por cierto- no pueden quedarse en su casa, y tienen que desafiar los riesgos propios de la pandemia, pues la sobrevivencia de los suyos depende de la productividad diaria, o lo que es peor, hay a quienes la suspensión de actividades económicas los está llevando a ser despedidos de su trabajo, sin esperanza de conseguir otro, y sin ingresos para alimentar a los suyos.

Y qué decir de otro sector, no siempre visible, y que es el de los adultos mayores que viven en soledad, luchando contra enfermedades diversas y falta de movilidad e autonomía.

El encierro activo permite visibilizar, además, una realidad llena de carencias frente a los privilegios de unos pocos, y tomar conciencia de qué lado estamos y con quién nos solidarizamos y cómo. Permite también ponderar la lucha de quienes están en primera línea de combate para mantener la vida, como son los médicos, enfermeras, paramédicos, químicos, radiólogos y demás personal de salud, incluyendo al personal de limpieza, vigilancia y mantenimiento de hospitales y centros de salud.

En fin, que en mi recién estrenado estatus de jubilado y con esta situación inédita que ya amenaza con volverse normal, he tenido que apresurar algunos de mis iniciales proyectos y reestructurar otros, incorporando ahora entre mis diversos quehaceres cotidianos, el de aprender a esquivar el contagio, no solo por mí, sino para no transmitirlo a los otros.

Distanciarme y ser esquivo de algo invisible como este virus, ha sido, por casi 75 días, parte del sinnúmero de novedosos ejercicios y actividades que he podido realizar en este encierro, con el que he logrado, hasta ahora, burlar la acechanza de la enfermedad y de la muerte, y que me ha sugerido integrar un nuevo proyecto -¿de vida?- que me permita esperar con dignidad la enfermedad o la muerte,para que, cuando alguna de estasdecida llegar a mí, recibirlasprofundamente agradecido con Dios, por la vida que me concedió vivir.

3 Comments

  • Mario Hermosillo

    Indudablemente valiosa tu postura ante una actitud presuntamente autoritaria con la que muchos no estuvimos de acuerdo Leo, pero en la que tú supiste plasmar un valioso tesoro para disfrutarlo y además obtener un bonito aprendizaje cuando vanalmente creemos que todo lo sabemos.
    Muchísimas gracias!

  • Francisco Trevizo Ochoa

    Que buena aportación mi Leo, me has hecho sentir una empatía con los jubilados en la que no hay otra mejor expresión que la de tus palabras; Gracias Amigo.

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