Por Leo Zavala Ramírez

— De pronto, el destino nos alcanzó: como salido de una obra de ciencia ficción, ocurrió que las ciudades del mundo entero fueron quedando semiparalizadas por la pandemia; se fueron resquebrajando planes, proyectos y presupuestos oficiales, y un ambiente de incertidumbre y temor inundó a todos, especialmente a los trabajadores y pequeños empresarios de la economía convencional y de la informal.

De una semana a otra llegó lo que nunca habíamos imaginado. Esas rarezas ocurrían en China,en la India, en Italia o en España; aquí no. Y nada, que nos sucedió: de pronto llegó a México y luego a Chihuahua, y nos obligó a confinarnos.

Para muchos, de un día a otro se acabó la movilidad cotidiana.Ciertamente no por decreto, pero, sí de facto, se impuso un estado de excepción al menos a la libertad de tránsito, que obligó a muchos a quedarse confinados en su casa.

Digo, a muchos, porque no todos podían darse el lujo de quedarse en su casa. La pandemia visibilizó, por ejemplo, a nutridos grupos de adultas y adultos mayores formando largas filas en farmacias, tiendas, bancos y oficinas públicas de asistencia social.

Mientras los estudiantes, los burócratas y muchos empleados de empresas privadas se sometían a un cómodo confinamiento en casa, centenas de adultos mayores tuvieron que tomar las calles en busca de la sobrevivencia. Hay cientos, miles, que no pueden encargar la despensa a la comodidad de su domicilio, o que no tienen para pagar comida llevada asu casa, o que requieren de medicamentos imprescindibles para su salud; todos ellos han tenido que seguir saliendo a las calles, desafiando al contagio, a la enfermedad, a la muerte.

Estas ancianas o ancianos sin apoyo, sin atención, sin rostro, se pueden observar, en estos tiempos de pandemia, por las semivacías calles de la ciudad, ycon frecuencia alternan con otras personas tan desfavorecidas como ellas: por un lado, los hombres y las mujeres que tienen que ir a trabajar, porque si no trabajan no comen; por otro lado, los indígenas, o los sin trabajo, o quienes viven en situación de calle o de la caridad pública.

Esta pandemia nos clasificó en dos:los de adentro y los de afuera: aquellos, cómodamente confinados, y estos, poniendo el pecho a las balas, sin opción para dejar la calle, bajo el riesgo de no comer o de no poder dar de comer a los suyos.

Para los de adentro, al confinamiento pudo encontrársele su parte de confort: leer, escuchar música, practicar nuevas recetas culinarias, disfrutar películas o series de televisión; chatear o hacer sesiones de zoom con los amigos y familiares; discurrir a cerca de las causas y los efectos de la pandemia, hacer memes o divulgar rumores o fakenews. Para todo ha habido tiempo.

Para los de afuera, todo ha sido diferente: no hay más que subirse al transporte público y acudir al trabajo entre múltiples limitantes, discriminaciones, riesgos y hasta explotaciones de parte de sus empleadores. Los ancianos, por su parte, sufriendo el mal trato de funcionarios bancarios, de empleados públicos o de trabajadores de los supermercados.

Y en el ojo del huracán, los trabajadores de la salud, empezando por los empleados y empleadas de limpieza, los paramédicos, las enfermeras y los médicos. Este grupo de hombres y mujeres sí que han enfrentado en primera línea al enemigo mortal de la pandemia.

Muchos creen y afirman que este mal es producto de un castigo de Dios; otros, que ha sido una respuesta de la tierra al maltrato que recibe de nosotros.  

Lo cierto es que ahora estamos viviendo una situación inédita y extremadamente difícil e inesperada no solo para nuestro entorno cercano; es un asunto que está impactando en todo el mundo: se trata de una pandemia como no existía desde hace unos 102 años con la gripe española de 1918; es este virus, que apareció en diciembre de 2019 en China y se propagó con especial rapidez y letalidad hacia Europa, y que, a mediados de febrero, llegó a México, y en la tercera semana de primavera entró en Chihuahua, obligando al confinamiento cuarentenario, sin clases presenciales en las escuelas y con miles de personas enviadas a trabajar en línea, desde sus hogares.

No sabemos las dimensiones de este mal, pero parece que serán mayúsculas y ya se advierte que difícilmente volveremos a la normalidad de antes y tendremos que crear una nueva normalidad.

Ignoramos cuánto dure la contingencia, aunque podemos adivinar que tardará meses o años, y será recordada por mucho tiempo como algo nunca vivido por la colectividad de las generaciones actuales, que quizá hablarán del antes o del después de la pandemia covid 19.

Tampoco se pueden adivinar los daños a la economía colectiva e individual, pues millones tuvieron que parar de trabajar y, cuando regresen, ya no podrán más que hacerlo en condiciones nuevas y muy distintas.

Sin duda, en el ojo del huracán conocido como covid 19, todos estamos en riesgo y se supondría que tratamos de evitarlo con inteligencia, disciplina y serenidad, aunque no sin angustia y temor.

Si salimos de esta, no podríamos –o no deberíamos– volver a ser iguales, ni individual ni colectivamente. La llamada de atención ha sido lo suficientemente grave como para ignorarla. La tierra requiere de cuidados y nuestras relaciones precisan de urgente humanismo y de cuestionar la vieja normalidad de nuestros valores consumistas y de mercado. ¿Cómo hacerlo? ¿Habremos aprendido esta lección? ¿Desafiaremos al destino esperando la debacle final?

2 Comments

Tiempos de pandemia (I)

  1. De acuerdo con todo, menos con la aparente comodidad de quienes nos quedamos a trabajar en casa.
    De verdad, trabajar desde casa es un modelo de esclavitud moderna. Si en un modelo tradicional el trabajo te demandaba 7 horas, se duplicó o triplicó, la adaptación de trabajar desde casa te demanda estar disponible las 24 hras y sin ninguna paga extra.

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