Ser maestro y/o estudiante desde la trinchera sin privilegios

Por Lourdes Díaz López*

Chihuahua—Este mes de mayo en el que se festeja a la madre, al maestro y al estudiante, es inevitable no reflexionar sobre estas tres responsabilidades cuando vives siendo las tres cosas y de las que definitivamente, ser madre es la más compleja de las tres.

Este 15 de mayo, Día del Maestro, podemos sin duda afirmar que todos los maestros nos hemos enfrentado a retos tecnológicos que jamás habríamos imaginado, debido a la contingencia sanitaria que nos obligó a adaptar nuestras clases a un modelo a distancia. Algunos, con facilidades tecnológicas que les ha permitido impartir clase en tiempo real por medio de video conferencia, gracias al acceso de plataformas como Zoom, Google meet, Webex, u otras múltiples opciones que hay, incluso por las tradicionales redes como Whats App y hasta faceeboock que con motivo esta contingencia sanitaria, proporciona la opción de enlazar hasta 50 personas a la vez en videoconferencia y de forma gratuita. 

Pero no todo es tan perfecto ni se ha resuelto de forma sencilla, este acceso a la educación en línea, es una prueba más de las enormes desigualdades en la educación en México, pues mientras que en la universidad pública les han proporcionado opciones para impartir sus clases con video conferencia con un límite de 200 estudiantes conectados por facultad, en la universidad privada, cada profesor tiene un límite de 300 estudiantes conectados simultáneamente.

En ninguno de los casos las instituciones ni públicas ni privadas proporcionan a los docentes apoyos para que tengan acceso a un internet eficiente en casa, computadoras y mucho menos ha sido tema si cuentan con espacios físicos que les permitan dar con privacidad sus cátedras. En ambos casos, cada profesor lo ha resuelto como mejor ha podido, incluso, aunque se trate de una ciudad capital, dependiendo de la zona donde cada quien vive, su internet es fibra óptica y por ende más eficiente que otras zonas donde la tecnología no se ha actualizado y simplemente no es lo suficientemente buena para sostener videoconferencias e impartir clases sin que la señal se vea interrumpida.

Queda claro que hasta para los servicios y empresas, en México somos tratados como ciudadanos de primera, de segunda o de tercera, como si a todos no se nos cobrara por igual, las compañías proveedoras de internet, le dan más prioridad a unas zonas que otras en la calidad de su servicio, pero cuesta lo mismo a quien le llega una buena señal que para quien le llega una pésima señal.

En el caso de la educación básica, las condiciones son aún peor, considerando que quienes llegan a la universidad, de una u otra forma, se ven obligados a buscar y tener a su alcance internet, pues como una regla no escrita, gran parte de los contenidos se consultan en línea, mientras que, en la educación básica esto no ocurre.

De acuerdo con datos del INEGI, en México el 56 por ciento de los hogares no tiene una computadora en casa y el 44 por ciento de la población no tiene acceso a internet. Lo que hace prácticamente imposible sostener la educación a distancia con calidad, aunado a que las tareas que se siguen de acuerdo a los contenidos oficiales, deberán explicarlas los padres a sus niños, y que, en muchos muchos casos, éstos no entenderán lo que se les ha dejado para trabajar a sus hijos, los cuales se quedarán en blanco a la hora de preguntar, pues no todos tienen la fortuna de tener padres que han recibido educación. Estamos en medio de una contingencia en la que los padres de familia o familiares hacen la mitad del trabajo del profesor.

Pero, además de la adaptación de la enseñanza a distancia ¿qué otros retos enfrenta un profesor y un alumno?, en este mes en que también se festeja a los estudiantes, es importante hablar desde uno de ellos.

Mi testimonio como profesora, estudiante y madre, creo que me da una perspectiva completa del asunto, pues mi día cotidiano empieza como madre, le sigo como profesora y lo cierro como alumna y así ha sido los últimos tres años. Estoy en una etapa en la que estudio un doctorado, soy profesora y madre de dos hijas además de esposa. Preparar las clases, revisar trabajos, dar asesorías, diseñar exámenes, hacer la comida, lavar trastes, mantener limpia una casa, ropa lista, ser chofer de dos hijas, acomodar mis horarios a los suyos y estar pendiente de los estados de ánimo de los miembros de la familia que pueden o no estar en sintonía con los míos, creo que es suficiente para construir una opinión sobre el tema.

¿Quién se ve inmerso en una triple responsabilidad? sin duda solo quien nace sin privilegios, algo que para muchas personas ni siquiera existe en su mapa conceptual. Sin embargo, las mayorías saben de qué hablo, sobre todo aquellas madres, esposas y profesionistas o no, pero trabajadoras.

Nacer sin privilegios, es conseguirte un lugar laboral sin ayuda de nadie, vivir en la permanente competencia demostrando que eres capaz de hacer con excelencia lo que te corresponde hacer, y sin que muchas veces ni eso sea suficiente. Trabajar 17 horas al día, empezar tu día a las 5:00 am y terminarlo a las 11 o doce la noche. Interrumpir esas pocas horas de sueño por tu niña que tiene pesadillas u otras situaciones de la cotidianeidad de una familia.

¿Cómo lograr algo en la vida cuando no tienes privilegios?, ¿qué representa estudiar un posgrado, ser profesora, madre y ser esposa?, aunque nos duela el orgullo decirlo, pero realmente representa aceptar años de un modelo de esclavitud moderna en el que estás para servir a todos y nadie a ti, pues para lograr una vida medianamente decente en México, se traduce a demasiado esfuerzo.

En enero que comencé el semestre escolar en esa ya rutinaria presentación del primer día de clases, un alumno me dijo que no le daban las cuentas, que cómo podría tener tantos años de vida laboral si me veía joven, lo cual me obligó a recorrer mentalmente mi línea del tiempo y ver cómo empecé a trabajar desde los 14 años, primero como niñera, después, como profesora en una secundaria abierta para adultos, a  mis 15 o 16 años ya tenía alumnos madres y padres de familia.

A los 18 años ya tenía un historial de empleos, pasando por despachos de abobados o médicos, tiendas y maquiladoras, como estudiante de licenciatura llegué a tener tres empleos: profesora en una preparatoria, secretaria en un despacho por las mañanas, asistir a la universidad por las tardes y fines de semana de obrera de maquiladora. En maestría, tenía dos empleos, uno como reportera y otro como consultora de comunicación en la industria minera, además de acomodar la responsabilidad materna.

Hoy estoy en el sexto de seis semestres del doctorado, con una tesis pendiente, pasar un examen de inglés, preparar el siguiente artículo, atender a las hijas, sacar los proyectos del trabajo y solventar las demandas familiares. ¿Qué recompensa viene después de un sacrificio de esta naturaleza? realmente ninguna, todo es incierto, solo sé que dentro de dos meses me quedaré sin beca y la tensión por conseguir un empleo de tiempo completo va en aumento.

Pero, ¿qué hay detrás de esas decisiones que son de muchas madres, esposas, profesionistas que buscan un posgrado para brincar un escalón porque no tienen el privilegio de que nadie los brinque por ellas?, existe una verdadera búsqueda por alcanzar una vida digna, es embarcarte en un crucero de esclavo académico 22 años de tu vida (6 de primaria, 3 de secundaria, 3 de preparatoria, 5 de licenciatura, 2 de maestría y 3 de doctorado), con la esperanza y solo la esperanza de alcanzar una vida decente. Porque lo académico no te da la certeza del éxito laboral, profesional ni económico. Es solo una pequeña posibilidad por la que apostamos.

Esto jamás lo entendería uno de esos tantos estudiantes que lo tienen todo y encima sus padres andan insistiendo para que suban un poco sus notas, otros simplemente con la esperanza de que pasen en la escuela, en tanto que muchos otros, dentro de esa abundancia económica y afectiva se sienten huecos y andan en las drogas sin saber ni lo que quieren.

Qué triste es ver personas que con tantos privilegios no vean lo afortunados que son de poseerlo todo sin el menor esfuerzo. Siempre me dije orgullosa de hacer lo que sea que haya hecho en la vida pero por mérito propio. Un orgullo que se ve interrumpido cuando experimentas que por más méritos, esfuerzos y desvelos, difícilmente se sale de esta “clase media”. En un modelo de país, un sistema mexicano hecho para los que nacen con privilegios y que no veo si pueda ser burlado por los que alguna vez creímos poder hacerlo, al  no estar rodeados de compadres en los cotos de poder.

Aun así, reconozco que mi clase media en estos tiempos es una clase privilegiada frente a los más de 50 millones de mexicanos en pobreza, y que, todas esas decisiones descabelladas han depositado su esperanza en aportar un pequeño y dimitudo grano para la solución, si es que el sistema permite colocarme en un sitio en el que lo pueda hacer, pues hay tantos y tantos profesionistas desempleados que lo incierto del panorama va en aumento.

Esos estudiantes que todos los días luchan por sus buenas notas, por aprender algo, por involucrarse más allá de lo que dice un programa académico, los que llevan una sed por saber,  son los estudiantes por los que un profesor desea y regresa a las aulas, es en ellos en quien se deposita la fe y la esperanza de que estas desigualdades cambien. Repruebo esa dignidad perdida de muchos que acuden a las aulas universitarias a engañarse a sí mismos copiando en exámenes, pagando por que les hagan la tarea, o simplemente, perdiendo el tiempo porque llegan y se conectan a ver redes en lugar de poner atención en una clase. Son ellos los confiados en los privilegios y que, desgraciadamente, quienes en muchas ocasiones llegan a gobernar este país.

Aplausos a esos profesores que con los menores privilegios salariales y sin prestaciones dignas en su trabajo, esos denominados “profesores por horas”, tanto en instituciones públicas como en privadas, son los pilares de la educación de todo este país y es en ellos donde mayormente se halla una gran vocación docente. Una vez más, mexicanos educados pero sin privilegios, en medio de una desigualdad laboral y económica que ojalá y algún día cambie.

*Periodista chihuahuense. Académica egresada de la Universidad Autónoma de Chihuahua

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