Viernes de Dolores

Por Ernesto Camou Healy

— Ayer fue viernes de Dolores. En mis tiempos de escolar tenía un doble sentido: Era el último día de clases antes de la Semana Santa y por lo mismo traía un gozo singular; pero en mi entorno familiar era, y sigue siendo, el onomástico de las Lolitas, el día de santo de mi bisabuela doña Dolores V. Escalante de Noriega y de su hija, la tía Lolita Noriega de González, ambas muy queridas y muy cercanas.

El doctor Noriega, mi bisabuelo, y doña Lolita, tuvieron nueve hijos y esta fecha constituía un excelente pretexto para una buena pachanga. Alguna vez nos trasladamos toda la familia extensa, una verdadera tribu, a Miramar, a celebrar a la bisabuela con una fiesta espectacular, al menos así la recuerdo a mis 6 ó 7 años. La memoria de mi abuela, doña Laura y el resto de sus hermanas bailando con su madre, doña Lolita, y acompañadas por “las muchachas”, o sea mis tías, primas de mi madre, mientras los tíos y los “muchachos” platicaban, cerveza en mano frente al mar reposado y calmo, es uno de los primeros recuerdos de mi infancia.

La fiesta de la Virgen de los Dolores conmemora el sufrimiento de María durante la pasión de su hijo y en muchos lugares se realiza una procesión de penitentes que acompañan la imagen de la Dolorosa por las calles de la ciudad o villa. En tiempos modernos la Iglesia trasladó la fiesta al 15 de septiembre, que era otro día para recordar esa advocación mariana. Había una duplicación de festejos y los concentraron en uno solo; pero eso no obsta para que el día de santo de las Lolitas siga siendo este viernes previo al Domingo de Ramos.

Para nosotros era un día especial: Teníamos nueve días de tregua y vacaciones por delante.

Muchas familias se iban a pasarlos en la playa, ya fuera Bahía Kino, Miramar o el Cochorit, cerca de Cajeme. Nosotros tirábamos más bien hacia un rancho. Por lo regular nos trasladábamos al rumbo de Querobabi y nos instalábamos en una casa de ladrillo junto a unos añejos corrales de leños entreverados, al lado de un “papalote”, o sea, un molino de viento que extraía agua del pozo y la depositaba en un tinaco para surtir bebederos y casa.

No había electricidad, nos alumbrábamos con lámparas de gas, y llevábamos un radio de baterías para no aislarnos demasiado del mundo. La casa contaba con un viejo refrigerador de gas, nunca he visto otro funcionando, que daba muy buen servicio, y para los refrescos y chelas se ocupaba una amplia nevera enfriada con barras de hielo que traíamos desde Hermosillo y se resguardaban cubiertas con “guangoches”, sacos de ixtle que ayudaban a conservar por varios días aquel hielo indispensable.

Los días se nos iban en caminar por los alrededores, buscando observar un conejo, alguna liebre o, con suerte, unos jabalíes o un venado bura cuando nos llevaban en palomilla amontonados en la caja de un viejo pick up. Por las noches dormíamos en catres, al cielo raso frente a la casa y me distraía viendo pasar, a la luz de la luna, a los coyotes que iban a tomar agua en los abrevaderos del ganado. Mi padre me contaba que cuando era niño, en el mismo paraje, veía arribar rebaños de berrendos a saciar la sed. Ya casi no hay esos antílopes originarios del Norte de México: Los cazaron indiscriminadamente; incluso hubo un Gobernador, un generalote rústico y bruto, dos décadas después de la revolución, que para no aburrirse se iba en un jeep con chofer y una ametralladora a matarlos mientras corrían, sólo por el estúpido placer de verlos caer en manada.

Ahora nos aprestamos a pasar la Semana Santa en aislamiento, practicando una solidaridad recluida, resignados y pacientes, a la espera que la contingencia sanitaria siga su curso y decline. No hay de otra y al mal tiempo, buena cara.

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