La negación

Por Francisco Ortiz Pinchetti

GUANAJUATO. Regresé a esta ciudad por muchas razones entrañables justo el día en que sus habitantes se encontraban impactados, literalmente consternados por los acontecimientos ocurridos en esta capital y en diversos puntos del estado la víspera por la noche y la propia madrugada del miércoles pasado.

Según la crónica puntual de mi querida amiga y colega Verónica Espinosa, en el portal de Proceso, “las ciudades de corredor industrial y la capital del estado amanecieron oliendo a terrorismo”, tras la serie de ataques incendiarios a 25 tiendas Oxxo, farmacias, incendios de vehículos, los cuales continuaron después de la medianoche y todavía por la madrugada. Instituciones educativas, incluyendo a la Universidad de Guanajuato, anunciaron desde las últimas horas del martes la suspensión de sus actividades presenciales en sus diversos campus y sedes, por seguridad y prevención para su personal y alumnos.

Encontré en efecto un ambiente enrarecido, tenso. Acostumbrados a una ciudad generalmente tranquila, en la que a diferencia de otras zonas de la entidad en los últimos años registra pocos incidentes de violencia, los capitalinos despertaron entre el asombro y el temor. Parecieron dejar las calles, plazas y lugares públicos al gozo exclusivo de los no pocos turistas que visitan por estos días de vacaciones escolares la llamada Capital Cervantina de América, que por cierto se apresta a celebrar en octubre próximo el 50 aniversario del Festival Internacional Cervantino (FIC).  Y los atentados se convirtieron en el tema único de conversación en las casas y centros de trabajo.

Y es que no fue poca cosa menor lo ocurrido en esas horas de espanto, sobre todo por la irracionalidad de los ataques a bienes particulares, a la sociedad misma, en ciudades como Celaya, Irapuato, Silao, Salamanca, León y hasta San Miguel Allende, además de la propia capital. No se trató de atentados contra cuarteles, edificios públicos o vehículos oficiales. Se afectó directa e intencionalmente a establecimientos comerciales, vehículos particulares, autobuses de pasajeros en los que viajaban ciudadanos comunes. Los delincuentes mostraron organización, capacidad de reacción y presencia simultánea en gran parte de la entidad.

Habitantes de la capital no recuerdan haber escuchado nunca, como ahora, el retumbar de las ráfagas de rifles de alto poder a los largo de la cañada que arropa a la ciudad. El susto se manifiesta en un relativo enclaustramiento de los capitalinos, mientras los turistas, generalmente insensibles a las calamidades locales, disfrutan más holgadamente del cada día más popular destino: el desayuno en El Truco 7, su visita al museo de las Momias y a la escalinata de la Universidad de Guanajuato,  y el ascenso al monumento al Pípila, así como sus paseos por la plaza de la Paz, el Jardín de la Unión, el Callejón del Beso y otros sitios emblemáticos para los fuereños.

La más grave de todo, pienso yo, es otra vez la reacción de las autoridades estatales y federales frente a estos sucesos, que debieran ser de verdadera alarma nacional. No se trata de crear pánico, sino de valorar con realismo y atacar con firmeza un asunto verdaderamente preocupante, serio. La actitud del Gobernador Diego Sinhue Rodríguez Vallejo es otra vez de negación. No pasa nada, dice. Todo está bajo control. Padecemos el rebote de lo que pasa en otros estados, como Jalisco. No es un problema local. No, no, no.

Llama la atención que en este sentido el mandatario guanajuatense parece seguir fielmente la línea presidencial de minimizar una y otra vez un problema que va en aumento y que cada vez adquiere características más alarmantes. Nada raro que lo hagan Claudia Sheinbaum Pardo o los ya numerosos gobernadores emanados de Morena, incondicionales de su guía y protector. Lo que sorprende más es que en este caso el imitador sea un militante del PAN, el partido que gobierna al estado de Guanajuato desde hace más de 30 años.

Diego Sinhue aseguró otra vez que su administración trabaja para devolver la paz al estado. “Les reitero, la seguridad es mi prioridad y no descansaré, junto con todo mi Gobierno, para lograrlo. Somos más la gente trabajadora y honesta que buscamos el bienestar de Guanajuato y sus familias”, dijo muy seguro.

La promesa central del mandatario desde su llegada al Palacio de Gobierno de La Presa hace casi cuatro años, fue en efecto abatir la violencia, pacificar el estado. El fenómeno del huachicol  y las pugnas entre bandas criminales derivadas en gran medida de ese tema han mantenido al estado, particularmente a la zona del Bajío y el corredor industrial, en permanente zozobra. Guanajuato lleva meses y meses encabezando la lista de las entidades con mayor número de homicidios. Y no, no pasa nada: todo bajo control. No, no, no, no, no… Válgame.

DE LA LIBRE-TA

BANDO DOSBien que se descubran y castiguen las tropelías cometidas por ex funcionarios involucrados con el llamado “Cartel Inmobiliario”, que presuntamente se coludieron con desarrollares de vivienda para violar las normas y obtener grandes ganancias. Ahora hace falta, además de la consignación de los responsables si se les comprueban esos ilícitos, que también se investigue y castigue a los empresarios que participaron en esos obvios actos de corrupción, mediante sobornos en efectivo o en especie. Y desde luego, a las autoridades del gobierno capitalino que se beneficiaron también con esa práctica, desde que en el año 2000 el “Bando Dos” del entonces Jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador, detonó el llamado “boom” inmobiliario no sólo en Benito Juárez, sino en las entonces cuatro delegaciones centrales de la capital… y auspició la corrupción consecuente. No es ningún secreto que los desarrolladores inmobiliarios han sido los grandes patrocinadores de las campañas electorales… en todos los niveles.

@fopinchetti

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