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Cuaresma

Por Ernesto Camou Healy

— Hace semanas que inició la Cuaresma, ese lapso destinado a prepararse para el misterio de la Pascua. Eran unos 40 días en los que se pedía austeridad, algún tipo de penitencias, ayunos y reflexión para esperar adecuadamente la Semana Santa. Se trataba, aún se intenta con menos fervor popular, de dedicar una cuarentena al recogimiento y a la conversión de costumbres para orientar la vida hacia la celebración pascual.

En mi lejana infancia acudíamos al templo el Miércoles de Ceniza, a que nos impusieran en la frente una cruz cenicienta y nos mencionaran que éramos polvo y a él retornaríamos. Íbamos obedientes al salir de la escuela para que nos recordaran la mortalidad. Este año de pandemia no resulta necesario rememorar el peligro en que estamos y padecemos: Han sido tantos los amigos, parientes y conocidos que fallecieron por el Covid, que tenemos muy presente la amenaza que se cierne sobre nuestra comunidad, y el mundo en general.

En aquellos años tranquilos nos empujaban, en el catecismo sabatino, a hacer promesas un tanto insensatas, sobre todo para niños incautos, que nos movían a prometer en el fuero interno que durante esas semanas no comeríamos postre o dulces, no tomaríamos “sodas”, incluso no iríamos al cine. Afortunadamente no había televisión en Hermosillo, pues nos hubieran exhortado a taparla con un paño morado, o alguna otra barbaridad.

Los dichos de alguna veterana catequista de buena voluntad sin duda, ataviada de pies a cabeza de negro y tapada con un velo azabache, nos querían mover a dedicar aquella cuarentena a pensar en una muerte que no entendíamos y en una condena horripilante, cruel y absolutamente desesperanzadora, que sólo podríamos esquivar “portándonos bien”.

A esa estampa alarmante que iba y venía por el barrio de su casa a la iglesia, como una figura tétrica y amenazante, se añadían los “ejercicios” de cuaresma que organizaban en la parroquia vecina: Venía un orador sagrado desde el Centro del País, que se encargaba de tronar y asustar a niños, jóvenes, damas y señores, una hora al día durante una semana. Asistí a varios ejercicios para niños y jóvenes: El recuerdo más persistente es, de nuevo, la amenaza de castigo eterno si no se actuaba bien. El infierno que nos prometía resultaba aterrador y angustiante; las posibilidades de evitarlo nos parecían casi nulas y ciertamente cuesta arriba…

Manejaban una concepción de la religión como un manual de comportamiento conductista, en el que se alternaban las sanciones espeluznantes con premios o estímulos más bien abstractos y lejanos en demasía. No recuerdo mucho que insistieran en el amor, seguramente lo mencionaban, pero se perdía entre tanta reprimenda cuyo fin, sospecho, era quebrantar la voluntad para que no cayéramos en la tentación de ser libres y pensar por nuestra cuenta.

Con los años me inclino por interpretar aquellos sermones como producto de una tremenda desconfianza en la humanidad; eran peroratas maniqueas en las que postulaban que los individuos estábamos divididos irremisiblemente en cuerpo y alma, que aquel tendía a la maldad y ésta a la bondad; y que desconfiaba de todo lo que fuera material y nos causara placer o satisfacción. Nos trataban como esquizofrénicos escindidos entre el bien y el mal, desde el interior del individuo.

Afortunadamente en casa contábamos con un antídoto eficaz: Mi madre, que era cumplida en cosas de la Iglesia, poseía también un sólido sentido común que suavizaba las aristas y, a base de cariño, limaba las asperezas de aquellos “peritos”, relativizaba las reglas y exigencias extremas, al mismo tiempo que ponía el énfasis en la capacidad de cada uno para decidir rectamente.

De alguna manera ese ejemplo y algunos comentarios de mentores sabios me fueron permitiendo encontrar una forma de vivir más libre y menos constreñida, más humana y terrenal, más preocupada por la cordialidad y la solidaridad, que por reglas rígidas y sanciones impías. A descubrir que el sentido del vivir es ser amoroso…

Correo: e.camou47@gmail.com

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