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La visita del colibrí

Por Francisco Ortiz Pinchetti

— Hoy he decidido ocuparme de cosas verdaderamente importantes. La idea me la dio mi querido amigo Tribilín, un diminuto colibrí de plumaje tornasol que hace unos días decidió pasar la noche en mi departamento.

Debo platicarles que soy muy aficionado a las aves, particularmente admirador de esas que son capaces de volar de manera horizontal, vertical, en reversa y en zigzag y que mueven sus alas hasta 90 veces por segundo.

De hecho, de no haber heredado la incomparable vocación por el periodismo, habría sido tal vez ornitólogo, aunque en aquellos test vocacionales que nos hacían en la prepa siempre salió la carrera de ingeniero agrónomo como primera opción.

Como quiera, deduzco que de no haberme dedicado a juntar letras, como diría el clásico, y andar de metiche por todos lados, habría optado seguramente por algo relacionado con la Naturaleza, con el campo. Como la observación y crianza de las aves, precisamente.

Tiene ya años que me hice amigo de los colibríes, esos pajaritos asombrosos.

Hace unas semanas, por cierto, encontré en el portal de la UNAM un texto harto interesante. Se refería precisamente a la importancia de los colibríes en una función ecológica clave para la conservación de los ecosistemas por tratarse de una especie polinizadora. Como las abejas y los murciélagos. Y advertía que aunque por fortuna las pequeñas aves del largo y afilado pico no se encuentran en peligro de extinción, ¡están perdiendo su hábitat! Esta situación se presenta de manera particular en las grandes ciudades, por la urbanización masiva que provoca desequilibrios naturales.

Me enteré que en la República Mexicana existen más de 50 especies de las cuales 19 se aprecian en la Ciudad de México, en particular en los jardines artificiales que la UNAM instaló en algunas entidades universitarias, así como en diversas escuelas de la capital mexicana y del Estado de México, con el apoyo de la especialista en la conservación de aves, María del Coro Arizmendi Arriaga, promotora del proyecto “Jardines de Colibríes”, del que yo no tenía ni idea.

La bióloga Arizmendi Arriaga, actual directora de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala, explicó que la función de estos espacios naturales es promover la educación ambiental entre los ciudadanos y que participen en labores de restauración del hábitat de esas aves, además de contribuir a preservarlas. Hasta antes de la pandemia, se habían creado 90 espacios naturales en la Ciudad de México.

Indica la nota aludida que el proyecto universitario, ejecutado con la colaboración del gobierno capitalino, ha dado ya buenos resultados. Resalta que la iniciativa incrementó el número de especies de colibríes, incluso el arribo de algunas que no venían a la ciudad. Recomendó colocar diversas plantas que aseguren la floración a lo largo del año, además de fuentes o un plato hondo con agua, para que la beban y se bañen; además colocar bebederos, de preferencia de vidrio –porque los plásticos de baja calidad liberan sustancias tóxicas cuando se exponen al sol– con azúcar estándar o blanca diluida.

“Es cierto que estas aves van a todos lados, comen en tu jardín, en tu bebedero, pero necesitan también de árboles y hábitat para reproducirse; entonces, debemos conservar el hábitat natural y esa es la educación ambiental que estamos intentando hacer con la sociedad que nos pide información para realizar bebederos y jardines”, dijo la investigadora. Y, por supuesto, me apunto.

A Tribilín lo conocí hace unos dos meses. Bueno, eso supongo, porque no es sencillo identificarlos cabalmente. Creo reconocerlo por el desparpajo con el que suele reclamarme que el bebedero está ya vacío, para lo cual se me encara en pleno vuelo a menos un metro de distancia.

Y bien, una tarde fría de estas que hemos vivido recientemente, a punto del crepúsculo, mi amigo colibrí se apersonó sin más en mi cocina, donde me aprestaba a preparar algo para la cena. Como si quisiera supervisarme, volaba de un lado para otro, pasaba sobre mi cabeza y se detenía unos instantes agarrado ya de la alacena, ya de la lámpara, ya en el refrigerador, ya del escurridor de los trastes.

Me sorprendió nuevamente su decisión de acompañarme cuando me pasé al estudio para escribir algunas cosas en mi laptop. Supuse que lo atraía la luz cálida de los focos. El caso es que permaneció más de una hora en la lámpara que cuelga del techo, como si me esperara sin ningún asomo de prisa.

Y sí: aunque lo dejé en su mirador cuando me dispuse a dormir y me cambié a mi cuarto, no tardó ni tres minutos en alcanzarme. Ahora se instaló muy orondo en un móvil que tengo en la habitación del que cuelgan cinco colibríes de vidrio soplado, regalo de mi hija Laura. Ahí pasó la noche. Se despertó con la aurora y revoloteó un rato mientras yo me levantaba. Entonces fue a desayunar en el bebedero, reposó un rato y sin despedirse ni darme las gracias, se fue. Válgame.

DE LA LIBRE-TA ESPERANZA

Como que provocó un sentimiento mundial de alivio la salida de Donald Trump de la Casa Blanca. Personalmente me reconfortó ver cómo con 17 decretos Joe Biden revirtió en su primer día como Presidente otras tantas atrocidades de su antecesor. Hay esperanza.

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